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La TV digital: ¿beneficio para todos? 

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El fenómeno de la televisión digital, llega a Chile, de eso no hay duda. En un espectáculo publicitario, con bombos y fiesta, se anuncian “promociones” de televisores de alta definición, y paquetes de servicios digitales, destinados a ese tipo de consumidor que nunca falta, aquel que gusta estar a la vanguardia tecnológica.

Las estrategias publicitarias y comunicacionales para productos existen para identificar públicos y simplificar mensajes propuestos para ellos. Simplificar, significa hacer la vida más fácil a grupos de personas con características homogéneas, para que puedan digerir información compleja envuelta en un mensaje simple y directo, a fin de facilitar sus procesos de decisión y compras.
Pero la construcción de mensajes entendibles, omite, como es debido, las  reales implicancias de ciertos fenómenos, como en este caso, lo digital. Aunque las tendencias son imparables, bien vale la pena detenerse y analizar quienes son los actores detrás de esta aparición tecnológica, que se refiere a la migración desde lo analógico a lo digital, y que conlleva aspectos mucho más trascendentes que televisores o sistemas de alta definición.

La piedra de tope
El problema de las diferentes percepciones acerca de la televisión digital, tiene como piedra angular el documento llamado “Propuesta de un marco normativo para la introducción de la televisión digital terrestre en Chile”, elaborado a fines de la década de los ´90 por el Consejo Nacional de Televisión, la Subsecretaría de Telecomunicaciones y ANATEL.

Dicho documento, estableció que la radiodifusión televisiva digital operaría en la banda UHF, con un plazo de 14 años para la migración de la tv análoga a la digital. Luego, por medio de una publicación en el Diario Oficial, la Subtel modificó en enero del 2000 el Plan general del Uso del espacio Radioeléctrico, congelando nuevas asignaciones en las bandas de 512 a 608 Mhz y de 614 a 806 Mhz para señales televisivas analógicas.

Estas frecuencias corresponden a los canales del 21 al 69, y las concesiones en ellas se detuvieron con el fin de reservar estos espacios para la introducción de la televisión digital.

El problema, fue que la autoridad clausuró toda la banda, cuando lo lógico a esas alturas (año 2000) era que cada canal VHF actual hiciera reserva de un solo canal UHF para su formato digital.  En abril del 2006, la Subtel ratificó el Plan general del Uso del espacio Radioeléctrico, quedando con esto, todo el segmento UHF vetado, en espera de la introducción de la TVDT (televisión digital terrestre) en el país, llegada que estará en vilo por algunos años más, pues tanto el gobierno, como las empresas prestadoras del servicio, los canales de tv y los clientes tienen que acomodar sus bolsillos.

Llama profundamente la atención, que todos estos protagonistas actúen bajo hechos consumados. En concordancia con el millonario negocio tecnológico, del que se augura la mayor competencia desde la entrada de la telefonía celular, todos los actores del ámbito han aportado su cuota de participación, para asegurarse un puesto en el campo de juego.
Mientras el aparato gubernamental, aprueba decretos beneficiosos para algunos y perjudiciales para otros, mediante la actuación de la Subtel, la televisión santiaguina se apresta a implementar el formato de las cuatro emisiones paralelas, o el sistema de alta definición HDTV.

Por su parte, la industria tecnológica apura las estrategias comunicacionales y publicitarias de sus productos, montando sendas campañas en busca de los dos mil millones de dólares que costará el cambio de los televisores. Y todo esto pasa, en momentos en que no se ha aprobado en Chile la norma técnica que regirá la televisión digital, cosa que han hecho hace años países como Argentina.

No es una cosa menor la referencia a esta norma técnica. El criterio, tiene que ver con la elección de una de las alternativas tecnológicas existentes en el mercado e implica nada menos que como se hará la transformación, mediante los sistemas de televisión digital: la ISDB japonesa, ATSC estadounidense y DVB europea.
A los canales de televisión de la capital, pero con ínfulas de nacionales, se les aprecia más proclives a la norma estadounidense ATSC, ya que corresponde a un sistema sucesor del actual vigente en Chile. Aunque para algunos el formato no es tan importante, la realidad dice otra cosa. Prueba de ello, es la constante procesión de representantes de los sistemas antes descritos por los pasillos del congreso y los nada despreciables 140 millones de dólares, conque la Subtel ha estimado el gasto en que incurrirá la industria televisiva del país para acomodarse a los nuevos requerimientos.

Los que ganan y los que pierden
Los antecedentes y los millones en juego, dan ganadores a algunos y perdedores a otros. En el primer bando, se encuentran los que están en condiciones de invertir cuantiosos recursos en infraestructura y tecnología, para posteriormente repartirse la torta publicitaria y de participación en el mercado.
Allí están las estaciones de televisión de Santiago, listas para entrar en un camino que no tiene retorno; el trayecto de la tecnología digital, que pronostica mayor calidad de las transmisiones, posibilidad de más señales, alta definición y por supuesto, miles de alternativas de nuevos y suculentos negocios, con muchos ceros a la derecha.
Pero como en toda competencia, desigual, hay perdedores. Aquellos, son los 111 canales locales que existen en Chile, que no tienen recursos y aliados importantes (como los canales nacionales, que tienen de su parte al ente gubernamental) para competir por la televisión digital, y que por lo mismo, de no mediar una solución a sus demandas, desaparecerán irremediablemente.
En su mayoría, estas señales trasmiten por cable y viven sólo el día a día, presionados por los operadores, que les obligan a pagar por ocupar parte de su espectro, y que en algunos casos, los marginan arbitrariamente.
En un círculo vicioso, que se renueva frecuentemente, estas pequeñas estaciones televisivas, ven mermadas sus posibilidades comerciales por su limitada cobertura, al transmitir por medio del cable. Al observar a su contraparte con escaso poderío económico, el operador queda entonces en inmejorable posición para negociar a su entera conveniencia un trato, que no tiene en consideración el valioso rol social, que conllevan los contenidos emitidos por esta televisión.
Lo que está en juego en el sistema antes descrito no son los canales locales propiamente, sino la misma población que es beneficiaria de sus contenidos y servicios. Ya que estas frecuencias son expresión de ciudades, pueblos y pequeñas comunas, su importancia radica en la generación de identidad, proximidad y lazos comunitarios.
En la octava región, por ejemplo, pequeñas ciudades cabeceras de comunas como Yungay, tienen sus canales de televisión locales, que han sido fruto de iniciativas personales, con años de esfuerzo y entrega. Aunque sus emisiones se propagan a través del cable, los habitantes de la comuna se sienten representados en la pantalla, observando sus propios problemas y esperanzas.
Todo este mundo, que relaciona a personas, aspiraciones y lugares comunes, y que tiene que ver con la identidad e idiosincrasia, está amenazado por la entrada de nuevas tecnologías. No se trata que una parte del país, las provincias como la llaman en Santiago, se opongan a la modernidad y no quieran subirse al carro del siglo XXI. Se trata de una imposición, que es conveniente para los que pueden opta
r a esas modernas herramientas, y perjudicial para los que no lo conseguirán, por factores económicos, geográficos o de otra índole.
Es una imposición, que viene del mismo gobierno, a través de los decretos de la Subtel, que cierra una parte del espectro radioeléctrico para reservarlo al sistema digital, al que pueden escalar unos pocos, las estaciones televisivas de Santiago. Entonces, para los otros, el espectro radioeléctrico, que es un bien intangible, que se supone pertenece a todo el país y a todos los chilenos, se clausura; total, dicen, se trata de los canales locales, que no tienen ni voz ni voto en las grandes decisiones que se toman en la capital.
Lo que se desean los 111 canales locales, desde hace mucho, es que se abra nuevamente la banda UHF, para adecuar sus señales a la televisión abierta. Los beneficios que esto podría acarrear son enormes. Por una parte, ampliarían su cobertura geográfica, aún contando con estaciones de baja potencia; aumentando su cobertura, optimizan su plataforma de negocios, pudiendo participar en mejores términos de la inversión publicitaria. Con mayores recursos financieros, mejoran a su vez los estándares técnicos, produciendo una televisión análoga de alta calidad. La cadena se cierra con los favorecidos, los usuarios y comunidades hacia las cuales van destinados estos esfuerzos, que se verán reflejados en una televisión profesional, que en nada tendrá que envidiar a las frecuencias nacionales.
Los entes que detentan el poder, deberían tener clara la premisa de que lo que está en juego no son más o menos canales, en uno u otro lugar; es la permanencia y vida de la televisión local, reflejo de la idiosincrasia de las diferentes comunidades.

Se convierte en un impulso de urgencia entonces, que el estado cautele este verdadero patrimonio cultural, a través del fortalecimiento de los medios de comunicación locales. Asimismo, abordar las legítimas demandas, como la de permitir nuevas concesiones en la banda UHF para la televisión local, se transformaría en una verdadera señal de voluntad política, en el sentido de propiciar un desarrollo económico, social y cultural acorde a los nuevos desafíos de participación ciudadana y descentralización.


Un problema que viene de afuera
Desde la capital, se observan intentos, originados en varias entidades y gremios como ARCHI, por imponer determinados modelos, que se relacionan con lo digital.
El ámbito radial, ha vivido desde hace varios años, pugnas, entre los que destacan la vigencia de las radios locales y los que prefieren la preeminencia de la radiofonía satelital, producida en Santiago y extendida a todo el país. Prueba de ello, son las múltiples radios que transmiten bajo este formato, con una sola programación para casi todo Chile, como suponiendo inocentemente que a las dueñas de casa de Castro o Tocopilla les interesa la última oferta del Santa Isabel de la rotonda Grecia.
Esta problemática, vivida en el país más intensamente durante la última década, se presenta a escala mundial y tiene por nombre “el lado B de la globalización”. Es decir, como el avance del neoliberalismo, la democracia y las nuevas tecnologías, es promovida por poderosos grupos económicos y políticos, en un juego que beneficia a algunos y perjudica a otros; y claro, esta es una problemática que llegó para quedarse, afectando a los más débiles, los mismos que hoy se aferran con uñas y dientes a sus particulares modos y expresiones de vida, a su identidad y raíces, amenazadas ahora por pantallas digitales y radios satelitales, que muestran algo que ellos no son.
El autor es Periodista
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