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G8: Redistribución de las cartas energéticas 

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Por voluntad de la Federación Rusa, los debates del G8 en San Petersburgo estarán centrados en la seguridad energética mundial. Se puede ver en ello, como lo hace la prensa atlantista, una nueva maniobra de Vladimir Putin para explotar al máximo la ventaja que le dan las reservas de petróleo y gas de su país. En ese caso se hablará del «chantaje» que el «nuevo zar» ejerce sobre sus vecinos, como Ucrania, y que desearía extender a todo el continente europeo.

Esta visión errónea esconde el verdadero sentido de la situación.

El consumo mundial de energía aumenta sin cesar mientras que la producción se hace cada vez más onerosa. Desde la época del presidente James Carter (doctrina Brzezinski), y sobre todo bajo la presidencia de George W. Bush, Estados Unidos se lanzó en un vasto programa de control militar de los recursos energéticos mundiales, no sólo del petróleo y el gas sino también de la industria nuclear civil.

Esa ambición llevó a los estadounidenses a la ocupación de Irak y los empuja hoy a amenazar a Irán, Siria, Sudán y Venezuela. Lejos de limitarse a la defensa de sus intereses directos, Estados Unidos decidió controlar el acceso de las demás potencias a las fuentes de energía (doctrina Kissinger) e incluso a limitar el consumo y el desarrollo de rivales emergentes como la Unión Europea y Rusia (doctrina Wolfowitz).

En esas condiciones, resulta ilusorio defender la paz sin llegar a una solución en la búsqueda de energía.

Rusia posee varias cartas triunfadoras y tiene la intención de utilizarlas al mismo tiempo a favor de sus intereses y de los de la comunidad internacional. En el sector nuclear, la Federación Rusa creó un procedimiento para el enriquecimiento de uranio utilizable únicamente con fines civiles. Esto permitiría generalizar la producción de energía mediante centrales nucleares civiles sin peligro de proliferación nuclear militar. Al estar patentado este procedimiento por Rusia, Moscú obtendría todos los contratos para la construcción de ese tipo de centrales.

En lo tocante al gas natural, fuente de energía llamada a reemplazar ampliamente el petróleo, Rusia llevó sus precios al nivel de los que se practican en el mercado mundial y dejó de subsidiar a Ucrania y Georgia desde que ambos Estados se alejaron de ella.

Mientras tanto, concluyó un acuerdo con Irán para repartirse el mercado mundial y garantizar el aprovisionamiento a los Estados miembros de la Organización de Cooperación de Shangai. En un informe secreto redactado conjuntamente con la empresa francesa Total, informe sobre el cual publicamos en exclusiva un análisis realizado por nuestros colegas de la agencia Ria-Novosti que tuvieron acceso a dicho documento, los expertos rusos proponen la conclusión de un amplio acuerdo que garantizaría a la vez el aprovisionamiento a Europa Occidental y el desarrollo de la Federación Rusa, perspectiva que Estados Unidos teme desde hace quince años.

En este punto la situación se complica. Parece poco probable que los estadounidenses permitan a los europeos seguir ese camino, que los alejaría de Washington.

Precisamente para cortar toda posibilidad de transporte de productos energéticos entre el este y el oeste de Europa, Washington tomó el control de Ucrania y aisló a Bielorrusia. Y es para burlar ese nuevo cordón sanitario que Alemania puso al ex canciller Schroder a la cabeza de un consorcio capaz de construir un gasoducto que bordee ese cordón.

En definitiva, el aprovisionamiento de Estados Unidos sigue siendo el más problemático, sobre todo porque su consumo por habitante es el doble del de la Unión Europea.

Las instalaciones nucleares civiles estadounidenses no bastan para satisfacer la demanda energética nacional. La situación geográfica de Estados Unidos no permite a ese país contar con un aprovisionamiento masivo de gas asiático.

Ante la resistencia armada, los estadounidenses no logran explotar los yacimientos iraquíes. Sus necesidades energéticas los llevan por tanto a volverse hacia las reservas de su propio continente, principalmente las de Venezuela y Bolivia. Por el momento, EE.UU. se niega a pagar el precio correspondiente y todavía espera apoderarse de ellas por la fuerza.

En otras palabras, la prosperidad mundial depende de una reorganización de las alianzas económicas, reorganización en la que Estados Unidos tendría que aceptar la pérdida de su actual preponderancia. Ese país tendrá que escoger, durante la cumbre del G8, entre su sueño de dominación mundial y su subsistencia económica pacífica.

El autor es periodista y escritor. Presidente de la Red Voltaire. Autor de La gran impostura y del Pentagate
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Artículo distribuido por VoltaireNet, Red de Prensa No Alineados

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