Chile, cárceles para la plebe
por Manuel Guerrero Antequera (Chile)
20 años atrás 5 min lectura
En medio del intercambio de ideas, centrado prácticamente en la necesidad de obligar a los jueces a castigar primero y preguntar después, surgieron testimonios acerca de las condiciones vida de reclusos y gendarmes en los recintos penitenciarios. Este artículo se refiere a las cárceles de Chile, pero puede aplicarse a los penales de toda América Latina.
La autoría de la declaración citada podría perfectamente ser atribuida a cualquier ciudadano común actual que haya estado siguiendo con atención el estado en que se encuentra el sistema carcelario chileno, con sus cifras de sobrepoblación y condiciones de existencia de precariedad extrema, inhumana y degradante. Sin embargo, tal diagnostico fue pronunciado por el tipógrafo, educador, sindicalista y fundador de mancomunales, federaciones, periódicos y partidos políticos obreros, Luis Emilio Recabarren, hace casi un siglo.
Ahora que se cumplen 130 años de su natalicio, su reclamo tiene una vigencia alarmante.
El sistema carcelario chileno, hasta antes de 1822, estaba compuesto por cárceles y locales en Santiago, que expresaban la herencia directa de la administración borbónica que concebía a la prisión como un lugar transitorio a la espera de condenas mayores, como la ejecución pública, la expropiación de bienes o el exilio. Prontamente se considero que la esencia de los males se localizaba en los reos de mas alta peligrosidad, por lo que se habilito el antiguo presidio español de la isla Mas Afuera en Juan Fernández, la que en el pasado había servido como recinto carcelario que albergo a muchos de los patriotas en los tiempos de la Reconquista Española, entre 1814 y 1817.
En la actualidad, en pleno siglo XXI, hay quienes aun piensan que crear una “isla cárcel” es una solución seria para el problema de la delincuencia…
El mecanismo punitivo era simple: el castigo ejemplificador por medio de la soledad obligada, maltratos físicos, precariedad de víveres y ausencia de comunicación con las actividades continentales. No obstante estos objetivos, la reclusión de presos y guardias en la isla provoco una creciente hostilidad y rebeliones que a partir de 1830 cobraron forma en múltiples motines, sublevaciones y fugas en buques.
A raíz de estas dificultades, Andrés Bello hizo públicamente hincapié en la necesidad de la reforma del sistema carcelario por inhumano e inefectivo, y propuso la creación de colonias penales nuevas, recomendando la reclusión de los presos en celdas individuales, para el trabajo y la oración permanente hasta la enmienda del criminal. Así surgió la Penitenciaria.
Sin embargo, para el ministro del Interior del presidente Joaquín Prieto, Diego Portales, el escarmiento ejemplificador público era la mejor forma de desincentivo. Por ello implemento el presidio ambulante, que consistía en jaulas de fierro montadas sobre ruedas, que funcionaban como lugares de encierro itinerante. Cada uno de los carros era habitado por hasta catorce presos, los que estaban encadenados unos a otros a la vista de los transeúntes durante todas las estaciones del año en Coquimbo, Aconcagua, Santiago, Colchagua, Valparaíso, Talca, Maule y Concepción.
¿Quienes eran los presos? No otros que la plebe. Durante la conquista se trató de los indios de encomienda y los esclavos. Luego, durante el siglo XVIII, eran los que emigraron del campo a la capital, a quienes, a través de bandos presidenciales, se les prohibió cantar, disfrazarse, bailar y hasta jugar chueca. Tales restricciones sirvieron, entre otras cosas, para tomar presos a quienes las transgredían y así contar con trabajadores forzados para la construcción de obras públicas, como la remodelación, bajo las ordenes del intendente de Santiago Benjamín Vicuña Mackena, del cerro Santa Lucia.
Mucho más adelante en el tiempo, entre 1973 y 1990, las cárceles volvieron a ser llenadas ahora por “upelientos”: plebe organizada que había tenido la mala idea de querer ejercer el poder político, por lo cual debían ser brutalmente castigados. Al comienzo se utilizaron masivamente campos de concentración, como Chacabuco, Puchuncaví e Isla Dawson, para mas tarde trasladar a los presos políticos a las cárceles comunes a cargo de Gendarmería.
Se trataba de las mismas construcciones del siglo XIX, con celdas de 2 por 3 metros, y 4 metros de altura. Los presos vivían hacinados en promedio de 10 por celda. La mayoría de estas cárceles son las que siguen operativas y hoy están apareciendo ante el escrutinio público, exhibiendo una imagen que no es muy diferente a la realidad de las barriadas y poblaciones pobres de nuestro país. No obstante para unos pocos ciudadanos existen “cárceles VIP”. ¿Habrá algún proleta en ellas?
Sin embargo, parece que no todo esta perdido, pues en la actualidad se cuenta con la posibilidad de la participación del sector privado en la administración de las cárceles para el cumplimiento de la rehabilitación de los presos. Junto a la creación de las cárceles de alta seguridad, probablemente se trata de lo mas novedoso en la historia nacional que lleva casi doscientos años encerrando a la plebe sin atacar con efectividad las causas reales de la delincuencia, pues “el principal factor de la delincuencia existe en la miseria moral y en la miseria material”.
”Hacer desaparecer estas dos miserias es la misión social de la Humanidad que piensa y que ama a sus semejantes”, dijo Recabarren hace cien años atrás. ¡Vaya que somos duros para aprender!
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