13.10.2016
100 años cumple en 2016 el Tratado general de sociología de Vilfredo Pareto. En él presenta el concepto de la élite como «minoría excelente», aquel grupo humano de mejor desempeño en una actividad. Según Pareto (quien no tenía en alta estima la democracia, y fue uno de los principales inspiradores del fascismo de Mussolini) esa «minoría excelente» coincidiría con aquellos que acaparan el poder político y económico. La «minoría gobernante» sería a la vez la «minoría excelente».
Un siglo después, esa pregunta resuena fuerte en Chile, un país en que el poder ha estado, desde siempre, fuertemente concentrado en un puñado más bien homogéneo de manos. ¿Es nuestra élite una «minoría excelente»? ¿Es legítimo su predominio sobre el resto de la sociedad? ¿Se basa en méritos o virtudes superiores a las de los demás? ¿Qué factor define la pertenencia a esa «minoría selecta o rectora», para aplicar la definición de la RAE?
Una discusión larga que pretende cerrar en una columna corta en El Mercurio la economista María Cecilia Cifuentes, investigadora de la Universidad de Los Andes:
«Es bueno para una sociedad que aquellos con mayor poder de influencia sean de alguna forma los mejor preparados para tenerla. ¿Cumple la élite chilena con esta condición? En términos generales, sí, ya que los políticos más conocidos, los empresarios importantes y los líderes sociales han obtenido mayoritariamente su posición por sus propias condiciones».
Tajante afirmación, que el ex ministro de la Presidencia Cristián Larroulet respaldó vía Twitter:
«Recomiendo columna d @ccifuentesh q confirma legitimidad d élites en Chile en base al mérito».
¿Es la élite chilena producto de «sus propias condiciones»? ¿Confirma esta columna una «legitimidad en base al mérito»?
Lo cierto es que el texto, pese a ser escrito por una economista, no entrega un solo dato, una sola cifra, que sustente tan extraordinarias afirmaciones. Enfoquémonos en la élite económica, beneficiaria de una concentración de la riqueza sin parangón en las democracias del mundo: un grupo formado por el 0,01% de los chilenos (543 hogares) se lleva el 10,1% de los ingresos, con entradas 1.122 veces superiores al 99,99% restante.
¿Qué dice Cifuentes al respecto?
«(Entre) las grandes fortunas del país, la gran mayoría son primera o segunda generación –en muchos casos inmigrantes– que han logrado su éxito mayoritariamente producto del esfuerzo y de su gran capacidad empresarial».
Hay algo de verdad en esa frase: en efecto, muchas de las grandes fortunas del país son de primera o segunda generación. De las nueve familias chilenas mencionadas como billonarias de la última lista Forbes (patrimonios sobre mil millones de dólares), cuatro podrían definirse como fortunas de primera generación (Paulmann, Piñera, Ponce y Saieh); otras dos (Luksic y Angelini), como de segunda generación; mientras que las restantes tres (Matte, Yarur y Solari) tienen un origen más antiguo.
Pero el argumento es curioso: ser una fortuna de segunda generación significa que la pertenencia de una persona a la élite se debe a ser hijo, sobrino o yerno de algún magnate. La persona puede o no tener méritos, pero su pertenencia a la élite no se explica por ellos, sino por su herencia. Eso es lo opuesto a la meritocracia.
¿Y el éxito, se debe a «esfuerzo y capacidad»? No necesariamente, como lo prueba el caso de Julio Ponce, fortuna de primera generación, enriquecido al alero de la dictadura de su ex suegro, y muchas otras de orígenes, al menos, cuestionables: privatizaciones truchas, favores políticos, colusiones, y uso de información privilegiada, como consta en casos por todos conocidos.
¿Es meritócrata, entonces, la élite chilena? Al revés. Existe robusta evidencia científica sobre la ausencia de meritocracia en su formación. El economista de Yale Seth D. Zimmerman, comprobó que más de la mitad de los altos puestos directivos en las empresas del país (el 53% de 3.759) son llenados por egresados de nueve colegios particulares de Santiago, que representan apenas el 0,5% del total de estudiantes del país (este es el estudio y esta, una columna anterior en que se ponen en contexto sus conclusiones).
Esa evidencia del enorme peso de la simple herencia sobre la formación de la clase dirigente es tremendamente incómoda. Es que ya no están los tiempos para un discurso como el de Fernando Vial Errázuriz, en Diálogos de exiliados, de Raúl Ruiz: «Vial por parte de padre, Errázuriz por parte de madre. Nosotros usamos dos apellidos en Chile (…) Soy sobrino nieto del presidente Balmaceda, y por Errázuriz, bueno, Errázuriz es el que hizo Chile (…). Nosotros hicimos Chile y lo hicimos enorme (…) Sabíamos administrar el poder. Porque hace falta un ejercicio y cierta categoría moral, casi. Y, claro, Chile estaba listo para administrarse solo, para ser una democracia perfecta y se metió en el camino esta gente de medio pelo, estos carabineritos, estos Mendoza, estos Pinochet» (citado por Pablo Marín en Revista UDP, p. 175)
«Toda élite juega a aristocracia, esto es, a fundamentar su poder en su presunta superioridad», escribe Alberto Mayol en su libro Autopsia. «Una élite exitosa es tal en la medida que es capaz de sostener esa convicción de superioridad».
Es lo que Gaetano Mosca llamaba la «fórmula política», que permite legitimar el poder de un grupo sobre el resto de la sociedad. La herencia pudo jugar tal rol, tanto en la derecha como en la izquierda (así lo muestra el izquierdista exiliado de la película de Ruiz, que desprecia a los militares advenedizos de la clase media).
Pero, superadas por la historia las fórmulas políticas que apelaban al derecho divino, el predominio de las castas o la superioridad racial, la apelación a la meritocracia se vuelve indispensable, por último como una muestra de cierto pudor ante la evidencia.
Una que nos demuestra que, más allá de lo que pretendan alguna columna o tweet voluntariosos, nuestra élite económica sigue siendo una casta de herederos antes que esa «minoría excelente» de la que hablaba hace justo un siglo Pareto
*Fuente: CiperChile
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Esa idea de que las élites exitosas en lo económico y que a través del poder económico han logrado mantener el poder político son una «minoría de excelencia»» habría que descubrir con respecto a que parámetro se está categorizando la excelencia.
Esta excelencia puede ser intelectual, científica, moral, solidaria, estética, religiosa, y todo esto no tiene nada que ver ni con la meritocracia ni del dinero ni del manejo del poder.
Hay pobres que llegan a ser ricos y que son unos sinvergüenzas indeseables y corruptos. Hay miembros de las castas adineradas, que son excelentes científicos o que dedican su dinero a la filantropía, o a la creación de oportunidades para sus compatriotas menos afortunados, que son cultos, pensadores, hablan varios idiomas y están familiarizados con la cultura universal y con las disciplinas científicas y humanistas.
Los miembros de lo que se llama élite en Chile, seguramente son buenos comerciantes, ganadores de dinero, pero no los veo destacando ni por su claridad intelectual, ni su amor al conocimiento ni su filantropía. Por supuesto que hay excepciones en la Historia del Mundo, pero no creo que sean la regla en ningún país ya que mantener el poder supone generalmente estar dispuesto a saltarse las reglas de la excelencia moral, por lo menos.