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El desafío de participar 

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Fue en junio del año 1998 cuando un grupo de dirigentes estudiantiles mapuches llegamos hasta Valparaíso, para participar del Congreso Nacional Universitario, convocado por la Confech como cierre de un largo proceso de movilización que por largos meses había remecido con paros, tomas, masivas marchas y protestas callejeras gran parte del país. Nuestra participación no fue en estricto rigor como mapuches. Lo hicimos en nuestra calidad de dirigentes y delegados de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Temuco (FEUCT), es decir, como representantes del conjunto del estudiantado de aquella casa de estudios regional donde -por primera vez- estudiantes mapuches conquistaban ese año cargos de elección democrática.
Las demandas a defender (o a rechazar) en el Congreso de Estudiantes correspondían a las comunes del estudiantado chileno en general. En el área chica, aumento de crédito fiscal y otros apoyos solidarios, acceso a becas, participación en las diversas instancias de gobierno universitario, etc. En el área grande, la añorada reforma estructural al sistema de educación superior, que implicaba radicales cambios en materia de financiamiento estatal, acreditación académica, financiamiento estudiantil y otros. Todo ello, enmarcado en la gran demanda de aquel entonces: la derogación de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), instrumento que sabemos mercantilizó la educación y fue promulgada por Pinochet entre gallos y medianoche, horas previas a la entrega del poder.

Representábamos en Valparaíso al estudiantado de la Católica, pero con el respaldo del resto de nuestros compañeros de la FEUCT -chilenos en su mayoría- logramos plantear en varias comisiones de trabajo nuestros puntos de vista como mapuches respecto de la denominada "crisis de la educación superior". Y es que a pesar de existir en aquellos años no más de dos o tres organizaciones universitarias mapuches activas, los temas que cruzaban a los universitarios a nivel nacional eran analizados y debatidos por nosotros con pasión. Sin olvidar, por supuesto, nuestras propias demandas y reivindicaciones como sector, por entonces las mismas de hoy: aumento de becas indígenas, creación de hogares estudiantiles, incremento de becas de alimentación y revisión de mallas curriculares en algunas carreras tan emblemáticas como polémicas. Era este el caso de Pedagogía Básica en Educación Intercultural Bilingüe.

Lograr hacer confluir las históricas demandas de los universitarios del país, con aquellas locales y particulares que nos afectaban como mapuches en el sur, fue lo que intentamos hacer en Valparaíso. No lo logramos en absoluto. Y es que pesar de las esperanzas depositadas, el Congreso no resultaría más que un lamentable espejismo. A pesar de la masiva participación y la confluencia de diversos sectores hasta entonces antagónicos (la izquierda por primera vez había arrebatado al gremialismo la conducción de la Pontificia UC), finalmente las peleas de las cúpulas partidarias (de la Concertación, el PC y la derecha), terminaron por desvirtuar el Congreso, deslegitimar sus acuerdos y, lo más grave, sepultar cualquier proyección futura. En medio de este clima enrarecido y a ratos violento, la voz mapuche que intentamos hacer escuchar pasaría sin pena ni gloria. La mayoría la verdad "no nos pescó". Y cuando lo hicieron, solo fue para sumar nuestro voto en la plenaria.
Aquel Congreso fue un llamado de atención para todos quienes participamos. En lo medular, nos hizo ver la necesidad de fortalecer un movimiento estudiantil propio, que tomara las riendas de sus asuntos y pudiera conversar directamente con las autoridades del gobierno, más allá de las orgánicas nacionales con sus incombustibles disputas de poder. Nos centramos entonces -junto a otros colectivos y agrupaciones- en avanzar en la creación de hogares mapuches, en la reorganización del movimiento universitario y en la solidaridad con la lucha político social de nuestro pueblo. En ello persistimos durante los años siguientes, a costa del sacrificio académico de muchos y el procesamiento judicial de otros tantos. Y en ello persistieron más tarde otros jóvenes dirigentes que -con el mismo entusiasmo y de seguro con mayor capacidad- llegado el momento asumieron la posta de dicho desafío.
Ha pasado casi una década y nuevamente protestas estudiantiles paralizan el país de norte a sur, incluida muchas zonas de Wallmapu. No se trata hoy de los universitarios. Esta vez son los chicos secundarios, cerca de 500 mil, quienes parecieran darnos clases de participación política, vocación de unidad y capacidad de movilización, a la par de sorprender a la presidenta Michelle Bachelet con la primera grave crisis de su gobierno.
Ya se pronosticaba el año 98′ en Valparaíso: la Concertación pagará algún día las consecuencias de administrar el desigual modelo educacional heredado de la dictadura militar. Y está pasando, solo que a manos de chicos que no superan los 17 años, que nacieron en su mayoría en plena "democracia" y para quienes Pinochet no es más que un anciano ex dictador que usa pañales y se alimenta de colados. Un chivo expiatorio que -como ha comprobado para su pesar Bachelet- ya no convence a muchos.
Las demandas planteadas por los secundarios en las últimas semanas [derogación de la LOCE, reformulación de la Jornada Escolar Completa (JEC); estudio y reforma de la municipalización de la educación; gratuidad de la PSU; gratuidad del Pase Escolar; incremento de raciones alimenticias], no son ajenas a la lucha de nuestro pueblo por sus derechos ni a las históricas demandas del movimiento estudiantil mapuche. Menos aún cuando intentan, en lo sustantivo, terminar con la escandalosa desigualdad que impera en el país y que tienen a la población de nuestro pueblo liderando todos los ranking de pobreza y marginación social habidos y por haber. Quienes vivimos en Wallmapu (VIII, IX y X regiones), sabemos que más allá de las frías estadísticas, esta realidad se siente, se palpa, se observa y nos hiere a diario. Qué decir de nuestras zonas rurales, golpeadas por la pobreza extrema, la contaminación ambiental, el saqueo impune de nuestras riquezas naturales y en algunos casos, el más feroz aislamiento geográfico.
Por estos días, se ha vuelto casi un lugar común citar estadísticas. Basta señalar que actualmente gran parte de los secundarios estudian en la educación municipalizada (60 %). De todos ellos, solo poco más de la mitad logró superar el puntaje mínimo [450 puntos] para optar a una carrera universitaria tras rendir la pasada PSU el 2005. Por otro lado, el 91% de los matriculados en colegios particulares logró superar dicho puntaje y sin mayores complicaciones. Esto es, casi el 32 % del total de los secundarios del país. Si nos remitimos a los puntajes nacionales, el 68 % corresponden a alumnos de colegios particulares y sólo el 10 % a municipales. La desigualdad (¿o el apartheid?) en la educación por tanto existe, es grotesca y afecta de sobremanera a los estudiantes provenientes de los estratos más desfavorecidos de la sociedad. Y golpea de manera especialmente dramática a las comunas pobres, que carecen de los recursos económicos necesarios para otorgar una educación de calidad en aquellos liceos bajo su administración.
Según la Encuesta Casen, el ranking de las regiones más pobres del país es liderado lejos por la IX y VIII, en primer y segundo lugar respectivamente. La misma Casen nos dice que las 10 comunas con mayor porcentaje de indigencia a nivel nacional, 9 corresponden a Wallmapu. Datos del Mideplan nos señalan por su parte que solo un 7,9% de la población mapuche logra acceder a la educación superior, la mitad en relación al promedio de la población chilena (16.8%)… ¿Qué trato de decir con todo esto? Que en esta importante e inédit
a coyuntura de lucha social, los mapuches -como pueblo- tenemos al parecer mucho que decir. Y que las demandas de los estudiantes mapuches, pendientes desde el año 98′, debieran comenzar a ser abordadas de manera responsable por nuestras organizaciones. Principalmente, por todos aquellos actores vinculados al área de la educación, tales como agrupaciones universitarias, hogares mapuches, asociaciones de profesores y sostenedores de colegios rurales inter-culturales, entre otros.
El silencio del mundo político social mapuche en la presente coyuntura debiera llamarnos a la reflexión. Sobre todo el silencio de nuestros universitarios, que han debido sortear todas y cada una de estas vergonzosas cifras estadísticas para poder acceder a la esquiva educación superior. Debieran saberlo mejor que nadie: el reto de posicionar la voz de nuestro pueblo en este tipo de coyunturas, ante todo les corresponde a ellos. Parte de sus obligaciones como actores políticos que son. En los hechos, todo lo que logren o no logren conquistar los secundarios tras la actual negociación con el Ministerio de Educación, repercutirá -para bien o para mal- en las futuras generaciones de nuestro pueblo. Ya sea en su posibilidad de acceder a un mejor bienestar económico-social o bien para perpetuar la pobreza y facilitar su definitiva chilenización. La muerte de nuestros escolares en Lago Maihue, la cara más dramática de este verdadero apartheid educacional que nos afecta, nos impone a todos el desafío de participar
Viernes 2 de Junio de 2006
El autor es periodista y director del periódico mapuche Azkintuwe
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