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¿Será Dan Brown, la "bestia del Apocalipsis" que vendrá el 06.06.2006, disfrazado de famoso escri

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Es evidente que los dioses de la plebe poco tienen que ver con las deidades de los intelectuales, opinólogos y críticos de cine. A la gente de a pié, de todo el mundo, le fascinó la película El Código Da Vinci: multitudes de espectadores han llenado las salas de cine; el libro tiene más de 40 millones de lectores, pero los intelectuales y críticos lo encontraron un bodrio. Por cierto, y gracias a Dios, los educadores laicos del siglo XIX han logrado que el Estado sea indiferente en materias religiosas, por consiguiente, a diferencia de los países musulmanes, Dan Brown no tiene ninguna amenaza de perder su vida. Como era de esperar, cardenales, presbíteros –especialmente del Opus Dei y de los Legionarios de Cristo– lanzaron todo tipo de anatemas en contra del libro y de la película: que el cardenal Jorge Medina, defensor del desprestigiado Daniel López, coleccionista de revistas pornográficas y que no dice ni pío cuando el canal católico Megavisión enseña los despampanantes senos de la linda Marlén Olivarí y de otras divas y los chistes groseros de Che Copete  y del profesor Salomón, despotrica contra los “corderos de Dios” que se atreven a ir al cine a ver tan pecaminosa película.

Es obvio que la iglesia no esté dispuesta a canonizar a Brown, pero ha sido suficientemente inteligente para no impedir su proyección y, al parecer, lo que sería genial, está dispuesta a reemplazar el anatema por la discusión racional. Qué duda cabe que el ágrafo Jesucristo y los primeros cristianos no puedan dejar indiferente a ningún historiador e, incluso, a cualquier persona medianamente culta. Cómo entender la caída del Imperio Romano – culpa de los cristianos, según Gibson -, la Edad Media, el Renacimiento y los siglos del XVI al XX sin el papel protagónico del hijo del carpintero de Nazaret y de sus seguidores? Sin el asesinato de Dios por los hombres o el “Nazareno, te he vencido”, de Nietzsche, no podríamos comprender el deconstructivismo y la actual filosofía y psiquiatría francesa, fundamentalmente. Enemigos de Cristo los hay por miles: “ni Dios, ni amo”, de Bakunin, o la reducción de la teología a la antropología, de Feurbach que, según el barbudo Marx, les enseñó a los cristianos la “esencia del cristianismo”.

El rubio, matemático, músico y escritor, casado con una historiadora del arte, Dan Brown no es ninguna bestia del Apocalipsis, sino un genial diletante, al igual que Leonardo Da Vinci, Miguel, Pico de la Mirándola, y tantos otros, (por cierto, no alcanza la genialidad de estos sabios), pero el querer abarcar la universalidad del conocimiento, aun cuando sea superficialmente, a veces es mucho más útil al saber que un investigador, que sólo se dedica a estudiar la evolución del callo del pié izquierdo. El Código Da Vinci es como una suculenta sopa de mariscos, de distintos gustos, unos más sabrosos y picantes que otros; por lo demás, en la época de la cultura entretenida y superficial, los canales del Cable nos presentan, diariamente, episodios desconocidos de los evangelios apócrifos, es decir, secretos, que llaman la atención del público, como el de Judas.

Veamos, uno a uno, los mariscos del Código da Vinci: primero los picantes erizos, los famosos evangelios apócrifos que, según algunos, son más de cincuenta; la obra de Brown agrega al de Judas el de Felipe, el de María de Magdala, el de Pedro, y otros, escritos por seguidores de los gnósticos, es decir, el saber, (gnosis), el conocer y el comprender; los gnósticos eran sabios filósofos y teólogos y escribían en griego y copto; dudo que, salvo los eruditos, los hayan leído, seguramente el vulgo se aburriría, pues su lenguaje es altamente metafórico; la arqueología y la hermenéutica han avanzado lo suficiente para que estos pergaminos logren vencer la espesa estupidez de la ortodoxia;  el evangelio de María de Magdala inspira a nuestro controvertido autor: el Santo Grial no es el cáliz de la última Cena –que efectivamente no aparece en el cuadro de Da Vinci -, ni la sangre de Cristo, sino el vientre de Magdalena; de ahí en más Magdalena tiene una hija con Jesucristo, Sara, que es la ascendiente de los reyes merovingios; puede que hasta el rey Dagoberto, aquel que se ponía los pantalones al revés, tenga parte de la sangre del Salvador. La protagonista de la obra, Sophie Neveau, es bastante pajarona, innegablemente bonita, pero no tiene nada de la astucia esperable de una descendiente de Mesías; que Jesús se casara con Magdalena es tan posible como dudoso: en esa época, los varones judíos se casaban, salvo los esenios de la primera época, según los Manuscritos del Mar Muerto, pero posteriormente, abandonaron el celibato. Toda esta historia simpática, entretenida, es bastante inverosímil, tal como la presenta el autor. Otra cosa muy distinta es la reivindicación de la diosa y de las apóstoles de Cristo, tratada en millones de libros, entre ellos el de Riane Eisler, El cáliz y la espada.

La división entre imaginación, fábula y realidad es algo muy difícil: a veces la ficción es realidad –qué haría el pobre García Márquez si esto no fuera así – el difícil género de la novela histórica sería pura ficción. Si la gente fuera tan borrega que imitara lo que ocurre en las novelas, al leer Crimen y castigo terminaría asesinando a una vieja prestamista o, como Madame de Bovary, le pondría el gorro a su pobre marido; si leyéramos Lolita, todos terminaríamos en la cárcel, por pedófilos. Por favor, queridos monseñores, no crean que su rebaño es tan imbécil.

El segundo marisco es más terrible: son los cangrejos Ario, fundador de la secta de los arianos, y Nestorio, de la secta de los nestoristas; para el primero, Jesús era sólo un hombre, igual que nosotros, no tenía nada de divino; para el segundo, la naturaleza divina era completamente diferente de la humana; para los monofisistas Cristo tiene una sola naturaleza, la divina. Ustedes deben comprender que la Trinidad es un tremendo misterio. En toda la historia del cristianismo hay miles de las llamadas herejías, entre ellas los cátaros o albigenses, que dominaban el Langedot, en el sur de Francia, que fueron aniquilados en una genocida Cruzada.

El tercer marisco es la poderosa y escasa langosta: el famoso emperador Constantino, que presidió el Concilio de Nicea, en el  año 325. Cualquier persona bien informada sabrá que Roma estaba plagada de distintas sectas: egipcias, persas y cristianas, entre otras; la más barata era la cristiana, pues no había que llevar un toro para el sacrificio, como en el culto de Mitra, sólo bastaba ir los domingos a comer pan y tomar vino, cuerpo y sangre de Cristo; además, los obispos habían adquirido un poder económico no despreciable, basado en las limosnas de los fieles; los prosélitos ya no eran esclavos, sino nobles y algunos ricos. El pragmático Constantino ¿no sería un mapucista? Captó muy bien, en una de las tantas guerras civiles entre emperadores, que parecían señores feudales medievales, en esa época, que le convenía hacerse cristiano. Convertido a esta fe, arbitró el Concilio de Nicea, que condenó las herejías de Ario y de Nestorio. Hasta el alumno más porro alguna vez ha escuchado hablar de las querellas de “las investiduras”: quién manda, ¿el papa o el emperador? Quién es el pontífice, ¿el que cuida el puente? Como podrá comprobar el lector, esta historia de Constantino no es nada nueva.

En cuarto lugar viene el piure de la sopa, picante como la Edad Media: las Cruzadas, los caballeros templarios, la mesa redonda del Rey Arturo, la posesión del Santo Grial, el priorato de Sión, las órdenes masónicas, los crímenes entre ellos, la toma y pérdida de Jerusalén, el despiste de San Luis, rey de
Francia, son historias muy conocidas por los novelistas e historiadores del romanticismo; que los templarios se convirtieron en banqueros y millonarios con las minas del rey Salomón y condenados luego por el papa Clemente V, uno de los tantos pontífices franceses que vivieron en Avignon y, posteriormente, asesinados por el rey Felipe el Hermoso, constituye todo esto parte de verdad y parte de imaginación. El período está lleno de leyendas, como el de la papisa Juana que, disfrazada de hombre, fue elegida sucesora de Pedro.

El quinto y último marisco lo constituye el Opus Dei, prelatura personal del Santo Padre. Su santo es José María Escrivá de Balaguer, nacido en 1902, en la provincia Huesca, España; su libro principal se llama Camino, que contiene una serie de preceptos para orientar la vida diaria de numerarios y supernumerarios; esta obra pretende ser superior a la Imitación de Cristo. Escrivá era el santo protector del tirano Francisco Franco y de Daniel López Pinochet; se entendía bastante mal con Juan XXIII y Pablo VI: al primero lo caricaturizaba, según un libro de mi amigo, Jaime Escobar, y el segundo, Montini, de familia demócrata cristiana, bastante moderna y abierta, lo criticaba por su apertura a la opción por los pobres. Con Juan Pablo II todo se arregló y hasta logró una rapidísima canonización.

La verdad es que el colorín Silas, de la película, con una cara de malo y de tonto que no se la puede, y el obispo español, gordiflón y un tanto maquiavélico, son muy poco creíbles. El cilicio y la sangre es puro jugo de tomate, vieja clave para vender películas. Los policías franceses son más atrasados mentales que Jacques Chirac.

Estoy conciente de haber dejado de lado a Leonardo, Boticelli, Newton, y tantos otros. No me introduje en el Banco Ambrosiano, la masonería católica del P2, porque merecen otra columna que podría llamarse “negocios y religión”.

Cristianos, agnósticos, antiteístas, ateos, cultos e incultos, por favor, vean el Código Da Vinci. Al menos les provocará la santa curiosidad, que es el punto de partida del saber.
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