El cañón en la sien y el dedo en el gatillo
por Hugo Rueda V. (Chile)
21 años atrás 2 min lectura
El modelo neoliberal que implica la destrucción sistemática del medio ambiente, la proliferación de la pobreza y la marginalidad, la intensificación del racismo, la xenofobia, el nacionalismo fratricida, las guerras de agresión, los actos terroristas, el consumismo desbordado, la concentración extrema de la riqueza, el horror del hambre y las enfermedades, resulta a todas vistas el acto supremo del autoexterminio, el suicidio planetario producto de la globalización de la locura.
Ya no sirven de nada los ruegos y las oraciones de un Papa, las resoluciones de las Naciones Unidas, el clamor de la sociedad civil, de las ONG y los grupos antiglobalización, las protestas masivas y espontáneas como las ocurridas en Francia y varios países de Europa y en los cinco continentes. El clamor de los pueblos y de los más pobres entre los pobres.
La respuesta es el cinismo, la mentira, y las bombas, las guerras de destrucción masiva y el uso de la tecnología para el crimen cada vez más sofisticado y destructivo. La aplicación de torturas, las cárceles secretas, las violaciones de los derechos humanos ya resultan incidentes que no hace diferencia alguna entre terroristas y autoproclamados demócratas.
Cada vez resultan más evidentes y sin pudor los vínculos e intereses económicos sobre la vida de millones de personas, del crimen sin fronteras, sin moral, sin dios ni ley. No es sólo la destrucción de la capa de ozono la responsable del calentamiento global, es tanta sangre derramada en las calles, en las montañas, en los desiertos y aguas de toda la tierra, con formas diversas pero igualmente asesinas, donde la delincuencia, las ejecuciones sumarias, el exterminio legal o ilegal, son igualmente válidos y vigentes en nuestra vida cotidiana.
Eso nos recuerda la frase favorita de Pol Pot, el genocida de Cambodia: “El que protesta es un enemigo; el que se opone, un cadáver”, que llevó a un tercio de su país, más de dos millones de personas, a la muerte producto del hambre, las torturas y el horror.
Sólo falta esperar que un índice cada vez más tenso, presione en un último acto irreflexivo el gatillo para que todo explote sin dar pábulo al asombro o al arrepentimiento ante la oscuridad y el silencio absolutos y definitivos que concluyen con la última esperanza de vida.
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