Las Navidades laicas del siglo XXI
por Olga Larrazabal S. (Chile)
7 años atrás 5 min lectura
25 de Diciembre, 2018
Los que estamos más cerca del arpa que de la guitarra, en alusión a instrumentos tocados por angelitos o terrenalmente en alguna fiestunga, tenemos una experiencia histórica llena de cambios en las costumbres y sentires.
Por ejemplo, como en el transcurso del tiempo la Navidad fue perdiendo su significado religioso, incluso moral profundo, permaneciendo si, el encuentro con la familia.
La familia actual, que ya no está centrada en las tradiciones, sino en un vínculo nuevo de parentescos donde confluyen muchos personajes heterogéneos de diversas procedencias culturales.
Los hijos, ya viejotes, han ido cambiando con la vida, y nos sorprenden con sus opiniones tan alejadas de las nuestras, en temas que para el país parecen nuevos, pero que de hecho son tan antiguos como la Humanidad.
Y me refiero a los migrantes, tema que está incluido en el mito navideño del niño Jesús, hijo de emigrantes que salieron de su patria por temor a la muerte del niño que estaba por nacer, que eran pobres y la madre niña tuvo que parir en un establo, sin asistencia y que marcó con su percepción de las relaciones humanas, los 2000 años que nos anteceden.
Porque el tema candente de la migración y el nacimiento era el núcleo central del mito navideño en nuestro país, en que no somos ni europeos ni nórdicos.
Pero ahora solo queda la comida, los regalos, los abetos nórdicos adornados con luces, el color rojo del mantel que evoca las fiestas paganas europeas del solsticio de Invierno, fiestas en honor al Sol y a la vida que vuelve con su retorno, cosa que los asistentes tampoco perciben.
La otra significación, la cristiana, ya no está. Casi todos los asistentes han ido a colegios católicos y están bautizados, pero nadie sabe por qué está ahí comiendo en comunidad. El mito de Jesús, pobre y migrante se fue, desapareció. Los pesebres ya no están. Y el mito del sol tampoco. Solo quedan los símbolos visuales de algo que fue.
Así los hijos, ya de mediana edad y exitosos, hablan del horror y la flojera de los inmigrantes, a los cuáles dicen que el Estado trata mejor que a los trabajadores chilenos, y da prioridad en consultorio y hospitales.
Alguien acotó que en realidad hacía falta mano de obra, y yo, que me sentía extrañamente ajena a todas estas opiniones livianas soltadas con tanto vigor y convicción, intervine.
Como soy una de las matriarcas de la familia, digamos una vieja, me escucharon por un minuto cortésmente.
“Yo soy hija y nieta de inmigrantes, y ustedes, les dije a mis hijos y a la familia política para que se enterara, por su lado paterno también los son. Y la xenofobia ha existido siempre en Chile.
Coño de mierda, así llamaban a los españoles, o alemanes de mierda, o bachichas, a los italianos. Los chilenos nunca han querido inmigrantes porque se sienten amenazados por ellos. Este miedo está metido en la sangre y los huesos de este país insular.”
Y esto se debe, me imagino, a que el pueblo chileno teme que el inmigrante que viene con otra fuerza y conocimientos, pase a formar parte de la clase percibida como opresora y se vuelva contra ellos. Es el miedo por el convencimiento íntimo de su propia limitación por falta de conocimientos, que el extranjero tiene. Y en vez de tratar de aprender con esos extranjeros, trata de boicotearlos.
Y les recordé que uno de mis tíos, inmigrante político de la Guerra Civil Española, y químico de profesión, fue el que instaló, junto con médicos chilenos, la primera planta de penicilina en el Bacteriológico en los años 45 o 47 del pasado siglo, con lo cual la mortandad de los chilenos, que era similar a la de Calcuta, terminó.
Y los inmigrantes de fines del siglo 19 fueron los que construyeron las primeras industrias en Chile, y las únicas que tuvo nunca. Y los hijos de estos inmigrantes están salpicados por toda la sociedad del conocimiento que ha tenido nuestro país.
Y que actualmente esos negritos haitianos están trabajando en los campos, en las cosechas, recogiendo uva para nuestros famosos vinos de exportación, Y las venezolanas bonitas y corteses nos están dando una lección de buenas maneras y cortesía en nuestro abrutado trato nacional.
Y añado ahora, que quizás la próxima generación, va a tener el pelo más rizado, y va a ser más cortés y educada que ahora, y va a producir personas más alegres e imaginativas con raíces étnicas múltiples.
Nadie habló ni una palabra sobre el mito moral de la Navidad, mostrando que el cristianismo está en caída libre en el chileno corriente y que los temas de moral de convivencia, no están en las mentes de las personas.
Aparecieron toneladas de regalos, música un poco demasiado fuerte para mi digestión, y apreciamos los esfuerzos de los dueños de casa por juntar a la familia.
Pero pienso que la fiesta ya nunca tendrá la magia que tuvo anteriormente, pues desapareció el último mito que la sustentaba.
Con lo cual llegué a la conclusión de que es bueno estar más cerca del arpa que de la guitarra, en un mundo cuyo orden y fundamento ya no entendemos, y lo único que se ve en el horizonte como aglutinante de las personas, son esas tendencias xenofóbicas y la deglusión no pensada de una realidad en blanco y negro sin ninguna reflexión ni valor moral.
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