Aspectos teóricos importantes a considerar  en la disputa limítrofe entre Chile y Bolivia

PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

No deja de ser curiosa (por decir lo menos) la nula referencia que tanto analistas como comentaristas han hecho a uno de los aspectos teóricos más relevantes en la disputa limítrofe que, desde hace varios años, sostiene Chile con Bolivia a instancias de este último. Es más: tal nula referencia no es atributo solamente de este conflicto sino pareciera ser un común denominador en las relaciones internacionales, tan extraña es su mención. Nos referimos al carácter de ‘estado’ que revisten las naciones en litigio y a las proyecciones internacionales que de tal circunstancia se derivan.

En efecto, es de sobra conocido el hecho que tanto Chile como Bolivia son considerados, dentro de la teoría social, en el carácter de ‘estados’, es decir, estructuras sociales que corriente (y erróneamente) se asimilan a vocablos tales como país o nación. Porque, en estricta doctrina, dichos conceptos son, por entero, diferentes; un país no es más que una división geográfica (y política) en tanto la nación es el país con sus habitantes, su cultura y su idioma. Y el ‘estado’, bueno, ‘la nación jurídicamente organizada’. Al menos, tales son las definiciones que, corrientemente, se entregan en las aulas del derecho.

No obstante, considerados en la calidad antes dicha, se nos presentan dichos conceptos como extraordinariamente mezquinos. Porque ‘estado’ no es solamente aquello, es decir, una ‘nación jurídicamente organizada’ sino algo que va mucho más allá de toda consideración jurídica. La historia nos enseña otros derroteros.

 

BREVE BOSQUEJO ACERCA DEL CONCEPTO DE ‘ESTADO’.

El concepto de ‘estado’, como la generalidad de los conceptos, tiene raíces históricas. No es una simple elaboración u ocurrencia académica destinada a resolver un intríngulis del derecho sino una realidad que nace en la noche de los tiempos y que comienza con la formación de las comunidades, luego con la aparición de los llamados ‘protoestados’ hasta derivar en una organización social construida al amparo de la fuerza: el estado. Porque el estado es una organización social coercitiva, históricamente creada al amparo de las armas, una creación militar. El estado es, esencialmente, fuerza bruta aplicada sobre otros seres humanos, violencia, dominación. Se explica, así, que sea el estado una estructura social fuertemente jerarquizada y estratificada en donde cada estamento ocupa el lugar que le corresponde dentro del escalafón social. Demás está decir que, en dicha estructura, unos van a mandar y otros a obedecer; consecuencialmente, habrá quienes han de producir en tanto otros entregarán a sus subordinados las instrucciones de cómo hacerlo. Como el propio Friedrich Engels lo señalara, el ‘estado’ no es sino la confesión manifiesta que la sociedad aquella se ha enredado en una irremediable contradicción de clases sociales que disputan entre sí la imposición de sus propios intereses[1].

No por otro motivo Poulantzas define al estado como la organización de las clases y fracciones de clase dominante para los efectos de su dominación. El ‘estado’ es, en consecuencia, una relación entre seres humanos, una  ‘relación social’; dicho de otra manera, una ‘nación jurídicamente organizada’ a la vez que unificada ‘cultural y económicamente’, con Fuerzas Armadas que tutelan la conservación de la misma, entendida por tal una ‘cohesión social’ que no emana de la libre voluntad de sus asociados sino de la dominación que un grupo ejerce sobre la comunidad, como también lo señalara Engels.

En consecuencia, las disputas limítrofes entre ‘países’ no son sino conflictos entre ‘estados’, es decir, conflicto entre clases y fracciones de clase dominantes que luchan entre sí por la imposición de sus respectivos intereses.  Porque ningún proletario se va a adueñar de las costas del Pacífico ni va a instalar grandes factorías para exportar sus productos. Son las grandes corporaciones transnacionales quienes necesitan los puertos que han de construirse en las zonas costeras, las grandes empresas hoteleras que se van a lucrar con las vacaciones de quienes puedan pagar su estadía en esos lugares, las grandes empresas mineras que necesitan enviar sus minerales en estado bruto al exterior, en fin. En palabras más directas, son las mafias dinerarias quienes se mueven tras esas pretensiones, además de los intereses de las grandes potencias internacionales[2]. Para uno u otro lado. Repetimos: son los interesados en los negocios y las transacciones mercantiles a nivel planetario quienes necesitan el mar, no los trabajadores ni las clases dominadas. No se trata, por consiguiente, una disputa entre un estado bueno y un estado malo, o entre una nación de ‘izquierda’ contra una ‘de derecha’ pues ambos estados no son sino la expresión del ejercicio de la fuerza que los sectores dominantes ejercen sobre el conjunto social. Aunque se quiera manifestar abierta simpatía por un estado dirigido (aparentemente) por sus habitantes originarios pues también en esos habitantes originarios existen clases que dominan y clases que son dominadas. Porque los intereses de los grandes estados siempre han estado presentes y siempre lo estarán en sus propios conflictos limítrofes; con mayor razón en los que tienen los países pobres.

La disputa de hoy, pues, no es diferente, a la que se daba hace algunos años (y se sigue dando), cuando sectores que se autodenominaban ‘izquierdistas’ entregaban su apoyo a Palestina y condenaban a Israel convencidos que los estados son estructuras sociales homogéneas, uniformes, firmemente cohesionadas y asentadas en la existencia de ciudadanos iguales en derechos y obligaciones, y en donde los intereses de clase no tienen cabida. Craso error. Es, precisamente, dentro de los estados donde los conflictos de clase se dan en toda su intensidad y de manera inclemente. Es dentro de los estados, y no en otra parte, donde se realizan los ‘golpes de estado’ para resolver los conflictos de clase entre sus connacionales.

 

NATURALEZA DEL CONFLICTO LIMÍTROFE ENTRE CHILE Y BOLIVIA

Un conflicto limítrofe como el que se produce entre Chile y Bolivia, en donde este último pretende fijar su frontera norte con aquel e ignorar la voluntad de un estado como Perú, que colinda hoy con el país sureño, no es una disputa de las clases dominadas sino de quienes ejercen su dominación en cada uno de esos estados. En Bolivia, no son los sectores dominados ni menos los ‘indígenas’ quienes ejercen el poder sino las grandes corporaciones transnacionales que se han formado en el país andino al amparo del gobierno y cuyos negocios le permiten crecer a niveles que oscilan entre un 4 a un 6% anual, muy por encima de otras naciones. No ocurre de manera diferente con Chile y Bolivia, estados en donde la intensidad de las contradicciones sociales se amortigua bajo el imperio de concepciones chauvinistas que parecen decidir la contienda de las clases que verdaderamente ejercen el poder.

El conflicto es tanto más extraño cuanto sectores ‘izquierdistas’ de esas naciones, conmovidos por la condición de habitante originario de ese país que ostenta su presidente Evo Morales, identifican los intereses de los sectores dominados con los intereses de su estado/nación. No lo hacen de manera diferente cuando lo hacían asimilando los intereses de clase de los sectores dominados con los que parecía representar Yasser Arafat; la existencia de sectores que viven lujosamente en la Palestina de hoy, y que poco o nada se preocupan de los sectores más empobrecidos de esa nación, hace volver los ojos hacia la división de la sociedad en clases sociales e intentar identificar los intereses de clase que realmente existen en esa formación social.

En Bolivia, no llama la atención la actitud chauvinista de su presidente (que ha sido capaz de decir sandeces en modo alguno diferentes a las que pronuncian otros jefes de estado) en una época en que la propia población nacional boliviana rechaza su intento de seguir perpetuándose al mando de la nación[3]. Ni tampoco que su mejor jurista defensor en el juicio de La Haya, el emérito madrileño Antonio Remiro Brotóns, haya formulado el 26 de marzo recién pasado esa torpe sentencia:

“Ni Dios ni la Corona española le otorgaron el litoral boliviano a Chile. La fuerza le otorgó ese acceso”.

¿Fue Dios quien le otorgó ese derecho a los españoles para apoderarse de América? La corona española, ¿tuvo desde la eternidad el derecho de apoderarse de todos los bienes de los habitantes originarios de América? ¿Son los reyes los únicos autorizados por la Naturaleza para apoderarse de los territorios que poseen otros seres humanos? Un jurista jamás debe olvidar que los modos de adquirir la propiedad territorial en el Derecho Internacional son, precisamente, métodos violentos como la conquista, la ocupación, y la accesión, además de la cesión y la prescripción. Es lo que aplicó Chile, luego de la llamada Guerra del Pacífico. ¿Acaso no es el mismo derecho que aplicaron los españoles que se apoderaron de Bolivia?

Lo que sí llama la atención es que el vicepresidente de esa nación, el teórico Álvaro García Linera participe de esos decires y apoye disparates como los que continuamente formula su gobierno[4]. Porque, paradojalmente, García Linera es uno de los teóricos más versado en las obras de Nikos Poulantzas. Gran parte de su producción intelectual contiene elementos conceptuales desarrollados por el malogrado investigador greco/francés y por su discípulo Bob Jessop[5], especialmente en lo que a ‘estado’ y ‘clases sociales’ se refiere, materias que no pudo desarrollar en vida Karl Marx.

¿Ignorancia suya? ¿Conveniencia política? ¿Simple tolerancia u obligación de participar en esos exabruptos? Lo cierto es que García Linera no es un individuo que desconozca las tesis de Poulantzas y, sin embargo, es uno de los primeros en aparecer reivindicando el interés del Estado/nación boliviano en contra del Estado/nación chileno. Nada de defender el interés de las clases y fracciones de clase dominadas. Por el contrario: manifiesta voluntad de defender el interés de las clases y fracciones de clase dominantes de su propia nación, como parte de su labor intrínseca como gobernante.

 

CLASES Y FRACCIONES DE CLASE SOCIALES A NIVEL PLANETARIO

La cuestión por la disputa de los límites territoriales no es algo que pueda considerarse materia ajena a la división de las sociedades en clases sociales. Ni tampoco algo que deba circunscribirse a los límites territoriales de una nación. Porque las clases sociales también se manifiestan a nivel internacional. Y se estratifican de acuerdo al lugar que les corresponde, tanto a nivel regional como planetario. No por algo también en las distintas regiones del planeta se manifiestan Bloques Regionales en el Poder así como también a nivel planetario. Y es allí donde se libra la más violenta y encarnizada lucha de clases por la imposición de los respectivos intereses. Las guerras no son sino la simple manifestación del nivel que ha alcanzado la pugna en defensa de aquellos.

Por lo mismo, es comprensible que existan diferencias de trato entre estados en donde unos reciban más que otros de acuerdo a su posición social. Porque el trato internacional que se da a un estado africano no es el mismo que se le brinda a uno europeo o aquellos que se brindan los europeos entre sí. Las estructuras jurídicas que existen para regular las relaciones entre los estados establecen notorias diferencias de trato. La estructura de la Organización de las Naciones Unidas constituye la sublimación de esa diferenciación que separa a los débiles de los poderosos para unificar a la humanidad en esa constante: los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de esa entidad no son representantes de los países más pobres sino lo integran ciertas y determinadas naciones. La vieja división que se estableciera en la época de la llamada ‘bipolaridad’, entre países del primer, segundo y tercer mundo, sigue hoy vigente e informa la regulación de las relaciones internacionales. No es lo mismo pertenecer a un estrato que a otro. Ni tampoco a un estado que a otro. Especialmente en materias limítrofes.

 

FORMA DE SOLUCIONAR LAS DISPUTAS TERRITORIALES A NIVEL PLANETARIO

Las disputas limítrofes de las naciones ‘adelantadas’ no se resuelven  de la misma manera que ocurre con otros estamentos, sino se mantienen latentes luego de los conflictos que las han originado en una especie de aplicación in extremis del principio del utis possidetis (‘como poseéis seguiréis poseyendo’). No hay ni habrá, en el corto ni mediano plazo, solución a los conflictos de Chipre, Gibraltar, Barcelona, países vascos, Córcega, Malta, isla Kuriles, en fin): todos ellos seguirán poseyendo como hasta el momento lo han hecho. Los límites son el resultado de confrontaciones bélicas y no se mueven del lugar en donde han sido establecidos; permanecen fijos, inalterables, inamovibles. Al menos, para los países del llamado ‘primer mundo’.

Para el segundo mundo, la situación es diferente: a quienes no satisface la conveniencia de determinados intereses, la sanción es la segmentación del territorio/nación: la experiencia de la Yugoslavia de Tito es dramática; los sectores dóciles como lo fueron los de la antigua Checoslovaquia pudieron hacer sus divisiones en forma pactada aunque de todas maneras se les segmentó. En ese caso, las segmentaciones son bien recibidas porque implican disminuir el peligro de la existencia de uniones que podrían amenazar la estabilidad de los países poderosos.

Es posible pensar que también una solución similar puede aceptarse para los países del tercer mundo pues  implica división y, como se ha dicho, toda división del eventual adversario es buena para quien permanece unido.

Sin embargo, cuando los acuerdos entre estados subordinados se hacen difíciles, las clases y fracciones de clase dominantes a nivel planetario solucionan el problema a través de sus propios tribunales a los cuales deben acudir los representantes de aquellos. Porque, como lo señala el barón Ulrico de Rudenz, en la obra inmortal de Friedrich Schiller, son ellas dueñas del mundo y de sus habitantes:

“Es en vano resistir al monarca: el mundo le pertenece [ …] A  él le pertenecen las plazas públicas y los tribunales, los caminos por donde transitan los mercaderes; y hasta las bestias que pisan el pasto del San Gotardo le han de pagar tributo. Sus dominios nos amarran como las mallas de una red”.

En efecto, el primer mundo forma sus tribunales donde deben llegar los vasallos del tercer mundo a resolver sus cuitas. Porque son las clases y fracciones de clase dominantes a nivel planetario quienes disponen cómo ha de procederse para resolver las cuitas del tercer mundo. Como lo hacen los vasallos ante el rey.

En esa labor, los estados subordinados deben hacer sus presentaciones judiciales ante un tribunal europeo y enviar hasta allá a sus representantes. Allá deberán contratar los servicios de juristas extranjeros que conozcan la forma de fallar o prácticas jurídicas de tales tribunales y redacten las presentaciones judiciales, pagar sus altos honorarios, llevar sus medios de prueba, contratar intérpretes para tomar las declaraciones, y esperar, finalmente, el fallo, que no será ejecutado por fuerza pública alguna sino por la mera sumisión de los involucrados en el conflicto, que sí se apresurarán a cumplirlo a fin de no realizar un acto que sea disonante con la comunidad internacional.

 

ENSAYANDO SOLUCIONES A ESE CONFLICTO

Desde el mismo momento en que el conflicto entre Chile y Bolivia comenzara a plantearse (apenas terminada la llamada ‘Guerra del Pacífico’), ha existido una multiplicidad de soluciones. Algunas van más allá de las posibilidades reales de llevarlas a cabo. Porque no basta solamente la buena intención de las personas para encontrar una solución al problema.

Una de las primeras proposiciones —la entrega de un corredor que parte desde Bolivia y atraviesa la región de Antofagasta—, es simplemente irracional pues implica la la segregación territorial de la nación, hecho que es, en definitiva, por completo inaceptable. Esta solución es, igualmente, inviable en cualquier otro sector donde se pretenda romper la unidad territorial de la nación; conlleva la posibilidad de elevar irresponsablemente la intensidad del problema y una invitación a los estamentos armados a resolver el conflicto manu militari. Del mismo modo lo son aquellas soluciones que pretenden soslayar el problema hablando de un puente de gran longitud, levantado en esa región, o un túnel que lleve a los bolivianos desde su país hasta la costa.

Felipe Portales nos narra que, en 1922, el abogado y académico Carlos Vicuña Fuentes,

“[…] dentro de un conjunto de opiniones dadas en el seno de la FECH —y que fueron publicadas por el periódico ‘La Época’—[6]

se atrevió a decir que

“[…] debe resolverse el problema internacional del Norte mediante la devolución al Perú de las provincias de Tacna y Arica y la cesión a Bolivia de una faja de terreno en Tarapacá, para que tenga una salida al mar”[7],

en lo que hoy se conoce como ‘tierra de nadie’.

Portales nos informa que Vicuña fue anatemizado por la generalidad de sus contemporáneos y separado de su trabajo académico  en la Universidad de Chile.

No sabemos si la solución propuesta por aquel brillante maestro era conocida por Clotario Blest y Juan Lechín, en 1952 cuando ambos líderes sindicales  (de la CUTCH chilena y de la COB boliviana) propusieron una idea similar que, años más tarde, en 1976, sería copiada por el dictador Augusto Pinochet en sus relaciones con el general y dictador boliviano Hugo Banzer en la firma del documento conocido como ‘Los acuerdos de Charaña’.

Según lo expresáramos en uno de nuestros trabajos, en esos años (1952/1953),

“El acercamiento entre los trabajadores de ambos países no iba a eludir el tema de la salida de Bolivia al mar. Una delegación presidida por Ernesto Miranda, Manuel Collao y Juan Vargas Puebla, viajó al primer congreso de la COB en noviembre de 1954 llevando en su agenda de actividades la tarea de iniciar las conversaciones al respecto. Al año siguiente, en 1955 y al realizarse, a su vez, el congreso de la CUT, una delegación boliviana quiso devolver la mano a la visita de sindicalistas chilenos viajando a Chile a fin de retomar una propuesta del diplomático boliviano Alberto Ostria, de 1950”[8].

De acuerdo a la referida propuesta,

“[…] Chile hacía secesión de una franja territorio de diez kilómetros al norte de Arica que sería compensada con el uso de las aguas del lago Titicaca con el fin de generar fuerza hidroeléctrica para el norte de Chile”[9].

Esta proposición que, como ya se ha indicado, años más tarde, paradojalmente, haría suya la dictadura pinochetista al firmar los llamados ‘Acuerdos de Charaña’, tuvo una corta vida. Oscar Ortiz nos lo deja en claro en una entrevista que le hiciera un periódico boliviano,

“Eso dura hasta 1957, cuando los sectores más proclives a una solución son desplazados y la demanda marítima se va diluyendo […] No hay más, desapareció en 1957, después salió del mundo sindical. Lamentablemente esta iniciativa se truncó muy pronto”[10].

Pero esa solución requería el consentimiento de Perú, nación que se negó a hacerlo por estimar que el acuerdo dejaba sin efecto el tratado de límites que ese mismo país había firmado con el nuestro.

En los últimos años, no se han planteado soluciones de esta naturaleza.

Existe, no obstante, una proposición que, sin apartarse de la anterior, confiere a la ciudad de Arica el carácter de capital de una región de dominio y administración tripartita ejercidos por las tres naciones involucradas en el conflicto (Perú, Bolivia y Chile), a la manera que, en forma similar y en la práctica, lo hacen los pueblos originarios de las tres naciones en la localidad de Visviri para el intercambio internacional de sus productos. Sin embargo, esta solución, al igual que la anterior, requiere el concurso previo de las tres naciones involucradas. Tampoco ha sido planteada en las conversaciones entre las naciones.

Finalmente, existe todavía una solución basada en normas generales de derecho internacional cual es el arriendo por 99 años de una sección de su territorio nacional que puede Chile ofrecer a Bolivia, que incluya un corredor al norte de la ciudad de Arica y próximo a la línea de la Concordia. Aún cuando creemos que bastarían, para tal efecto, las voluntades de las dos naciones involucradas en el conflicto (Chile y Bolivia), las normas de la buena convivencia parecen exigir la intervención (al menos, testimonial) de una tercera nación que no oculta sus intereses en la región como lo es Perú, por lo que, en resumen, podríamos decir que las eventuales propuestas tienen como característica central que

  1. En todos los casos, se requiere de la aquiescencia de Perú; y,
  2. En la generalidad de los casos, se requiere la renuncia explícita o, al menos, la postergación de las pretensiones de soberanía que exige Bolivia para conversar. Con excepción de la propuesta de la zona de dominio y administración tripartita de la ciudad de Arica.

Ninguna de estas soluciones resuelve el problema de las clases y fracciones de clase dominantes de las naciones involucradas en el conflicto, pero posterga soluciones de fuerza que, en definitiva, pueden recaer, como es habitual, sobre las clases y fracciones de clase dominadas cuyos intereses jamás se toman en consideración.

 

MIRANDO HACIA EL FUTURO

Las soluciones basadas en la defensa de los intereses del Estado/nación, como se ha dicho, tienen  como objetivo la defensa del interés de las clases y fracciones de las clases dominantes. Sin embargo, no puede decirse, con liviandad, que tales conflictos no ‘empecen’ a las clases y fracciones de clase dominadas. Porque cuando esos intereses se contraponen y los conflictos bélicos se hacen presentes, sus consecuencias recaen sobre estos estamentos que, siempre y bajo toda circunstancia, aportan su sangre y energías para la solución de aquellos. Porque, además, como lo dicen sabiamente los pueblos africanos,

“Cuando pelean los elefantes, el pasto sufre las consecuencias”.

Argentina es, también, un estado que dirigen los intereses dominantes de esa nación. Argentina, en tal carácter, siempre ha estado interesada en poseer una salida al Pacífico. Es un estado que necesita expandirse y la salida hacia el Pacífico le abre las puertas al comercio con las naciones asiáticas. Por supuesto que un conflicto entre Chile y Bolivia (que involucra, de todas maneras, a Perú) le significa una oportunidad inmejorable para arreciar con sus pretensiones expansivas como lo ha hecho permanentemente cuando ve que las condiciones le son propicias. Y esa acción puede provocar problemas a la población chilena. Porque, si hay conflicto, las clases dominadas deberán entregar sus hijos a los ejércitos para que salgan éstos a proteger el interés de quienes dominan en la nación.

Por eso, no parece del todo descabellado mirar hacia otros lados y ver las soluciones que han ensayado otras naciones como las europeas, que aplicaron con éxito una fórmula para la solución de sus conflictos territoriales consistente en otorgar el derecho al libre acceso de todos sus habitantes y empresas a todo el territorio europeo. Tal vez ha llegado el momento de empezar a empujar una idea similar a aquella que se impulsara en los años 60 bajo la denominación de ‘integración latinoamericana’ y destruir todas las barreras aduaneras que impiden el libre tránsito de los nacionales por todos los estados latinoamericanos. Es una solución que beneficia, obviamente, a las clases dominantes; pero es, a la vez un inicio de la unión latinoamericana de las organizaciones sindicales y sociales, algo que debería estar ya realizándose en algún lugar de la América morena.

Santiago, abril de 2018

Notas:

[1] Véase, al respecto, la obra de Friedrich Engels: ‘El origen de la propiedad, la familia y el Estado’.

[2] Véase, al respecto, la noticia de Máximo Flores V. “Jimmy Carter renueva compromiso para lograr un acuerdo que dé a Bolivia un acceso al mar” de 21 de mayo de 2013, contenida en el diario ‘El Día’ de la misma fecha. Véase, igualmente, la información de la BBC en el mismo sentido, de idéntica fecha.

[3] Para nadie es desconocido el hecho que Evo Morales está interesado en su reelección. Hasta el ex canciller Insulza lo ha señalado: lo que a Evo le interesa no es ganar el juicio en La Haya, lo que a Evo le interesa es ganar su reelección, y es una lástima, porque cuando estaba en su primer periodo no era esa su actitud. Esto es una campaña política y para eso lo mejor para él es ir a sentarse a La Haya, los bolivianos están mirando la televisión igual que los chilenos. Entonces por cierto que la gente asocia esto con Evo y él cree que con eso va a conseguir los votos. (Véase, de Olea Urrejola, Magdalena: ‘Senador José Miguel Insulza: “Lo que a Evo le interesa no es ganar el juicio en La Haya, lo que a Evo le interesa es ganar su reelección”, ‘El Líbero’, 28 de marzo de 2018).

[4] Véase las opiniones de Evo Morales acerca de la homosexualidad y sobre los calvos (“en los pueblos indígenas no hay calvos”/“El pollo que comemos está cargado de hormonas femeninas”) en el periódico español ‘El Mundo’, de fecha 21 de abril de 2010. El artículo se llama “Evo Moral es dice que la homosexualidad es producto de los alimentos transgénicos”.

[5] Véase de Bob Jessop su obra ‘State Theory’. No conocemos una versión castellana de la misma.

[6] Portales, Felipe: “Sanciones a académico por propuesta sobre Bolivia”, artículo contenido en su libro ‘Historias desconocidas de Chile’, Catalonia Ltda., Santiago, 2016, pág. 181.

[7] Vicuña, Carlos: “La libertad de opinar y el problema de Tacna y Arica”, Imprenta Selecta, Santiago, 1921, pág.16. Citado por Felipe Portales en la obra señalada anteriormente.

[8] Acuña, Manuel: “Principios teóricos en las luchas sociales de Clotario Blest”, contenido en el libro de Clotario Blest “Síntesis histórica del martirologio de la clase trabajadora chilena”, Editorial Senda, Stockholm, 2015, págs. 135 y 136.

[9] Peralta, Pablo: “Trabajadores de Bolivia y Chile intentaron resolver el tema mar”, entrevista a Óscar Ortiz en ‘Página Siete’, periódico boliviano de 23 de marzo de 2012, pág. 6.

[10] Redacción: “Bolivia tiene derecho de ir a los tribunales”, entrevista a Óscar Ortiz, periódico ‘Cambio’, La Paz (Bolivia), 23 de marzo de 2012, pág.5.

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