Sucede que a veces las cifras no nos dejan ver el problema y también sucede que a veces la magnitud del problema no nos deja ver las cifras. En todo acto humano hay una cuota de miedo que algunas veces se vence con temeridad, con audacia, con arrogancia y la más de las veces con manipulación, con artimañas y vanas mentiras. Sin embargo tanto las cifras como el problema pueden seguir allí para su interpretación o para su superación.
Las Elecciones pasadas, antes del día mismo de la elección fueron asumidas por todos como un problema y las cifras que estas producen son vistas como una solución, se eligen a tales y cuales, gana estos y no los otros, etc, etc.
Salvo que podemos hacer de estas pasadas elecciones una lectura distinta. Las cifras vistas no como una respuesta a un problema llamado elección. El problema no es que yo tengo ante mi distintas opciones y debidamente informado ejerzo mi voto para dirimir una disputa, para aportar una solución, en este caso las cifras dicen de soluciones posibles que los votantes aportan, pero cuando vemos que las cifras van más allá del ejercicio de un acto desprovisto de valor moral, estamos ante un problema que no es la elección sino el sistema electoral y los valores que el mismo proyecta.
Hay en el Chile del 2008 una importante cifra de personas aptas, por derecho, para votar. Para ejercer este derecho hay que hacer un trámite: inscribirse, ignoro si hay que pagar algún emolumento o gabela, lo que si se sabe es que un tercio no ha hecho este trámite que significa aceptar las reglas del juego. Los que están inscritos y no ejercen este derecho, deben acudir a un recinto policial y declarar las razones que les impiden ejercer su derecho, una de ellas es estar a más de doscientos kilómetros del lugar de votación. Hay una cifra de personas que cumplieron este trámite, pero es más del doble de esta la cantidad de personas, que simplemente no fueron a votar ni se tomaron la molestia de justificar su acto en ninguna parte y hay dos cifras más: que nos hablan de personas que botaron en blanco y otras que votaron nulo.
En el país post Guzman (aclaro que este señor pequeño fue el autor intelectual de la constitución pinochetista y de las leyes electorales vigentes en el país) merodea su fantasma en cada elección, obligando a moros y cristianos a mirar hacia un solo lado y soportarse sus mutuas impertinencias. Ningún partido puede lograr un espacio respetable si actúa solo, por lo tanto, está obligado a hacer alianzas y tragarse sus mejores fundamentos, pues una alianza supone un espacio a compartir, un espacio que nos acerca, por más que bajo la mesa se tiren algunas pataditas menores.
Tenemos en este espectro de los votantes, respetables cifras de una alianza que se llama por Chile y reúne a los que al momento de pensar en algo piensan en sus fortunas y toman decisiones que se contradicen con los intereses de Chile; tenemos una alianza que se llama concertación, que cada día se parece más a lo contrario de su nombre; tenemos otra alianza que se llama juntos podemos más, lo paradójico es que son menos y pueden menos, tenemos una alianza con un nombre de triste recuerdo en la historia de México, pero que en el país de las marraquetas significa algo regional, PRI; tenemos los independientes que subieron sus votos y tenemos la alianza de los votos blancos, los nulos, los que no votaron (un tercio con justificativo, dos tercios sin importarles el pago de una multa) y los que no se han inscrito, esta alianza es más del cincuenta por ciento. El resultado es que los elegidos representan la mitad menos de lo que creen representar.
Aquí se nos presenta el problema de que llenamos con un líquido una botella y generalmente decimos que está medio llena, pero cuando la hemos vaciado hasta la mitad decimos que esta medio vacía y aunque en esencia es lo mismo no significa lo mismo. Un asunto es la verdad, otro el como la presentamos y por añadidura tendremos que según se nos presente una verdad esta será asumida en una o otra dirección.
Las cifras de la última elección hablan de una democracia en que la mitad no participa en sus distintos grados de rechazo al sistema, por lo mismo tendremos que la democracia en Chile está enferma y los representantes electos solamente representan una democracia medio vacía, pues fueron elegidos por la mitad menor de los que votan y elijen un candidato X.
Aquí el problema no son las cifras, las cifras nos hablan de la magnitud del problema y de lo ilusorio de quienes se dicen representantes y de lo irrisorio del sistema ideado por un señor que no merece ni un escupo, pero que en el país cuenta con un monumento.
En una elección con tales ausencias perdemos todos, sin embargo los “ganadores” nos presentan sus cifras como la solución y los problemas de fondo quedan relegados a las calendas griegas. Con ello el discurso dominante nos dice que si no estamos en el juego de ellos no estamos en ninguna parte. Más de la mitad de los chilenos de Chile en derecho a ejercer su voto no lo han hecho y esto de capital importancia no es tomado en cuanto por quienes están en el juego electoral. Esta es una pérfida forma de excluir a la mitad de Chile, otra es no dar derecho a voto a quienes viven en el exterior.
La alternativa de la izquierda, no esa que busca sentarse como sea en un parlamento que representa menos del cincuenta por ciento, hablo de la gente que aspira a cambiar la vida en el Chile de mantequilla y queso Chanco, esta izquierda tiene la enorme tarea de buscar una alianza con los excluidos. Identificando las causas de esta no participación y logrando que esas voces tengan expresión real. El único camino es la lucha social.
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