Ozren Agnic tuvo la suerte y la desgracia de ser amigo y compañero de Salvador Allende, participar en su Gobierno de mil días y sufrir, durante 22 meses, la prisión y el horror: "Conocí en carne propia la parrilla eléctrica, lo que llamaban el submarino, los golpes con toallas o trapos mojados, el teléfono y tantas brutales golpizas inventadas por mentes sádicas. Los interrogatorios eran invariablemente acerca de supuestos acopios de armas, mi participación personal en el nada creíble Plan Zeta…".
Agnic es autor de "Pinochet S.A. La base de la fortuna" (2006), y en "Allende. El hombre y el político. Memorias de un secretario privado", retrata a un Allende alegre, canchero, vital y memorioso, recorre las campañas electorales, el Gobierno de la Unidad Popular, el golpe de Estado, y su propia historia.
"Allende me dijo que esta vez no le podía decir que no" -cuenta, cuando en medio de la estatización de la banca, lo nombró director del Banco de Concepción. Ozren era ingeniero comercial de la Universidad de Chile, tenía 36 años y confiesa que vivió unas horas de subida de ego. Ahora estaría al otro lado de la mesa del dinero, y prometió no ser como el gerente del chiste, que tiene un ojo de vidrio, y ése es su ojo más humano. Hace unos meses, el diario El Sur lo había distinguido como "El hombre del año en la cuenca del Biobío". El 11 de septiembre, a las 11 de la mañana, tenía una reunión con el Presidente. Le tocó ver el estallido de los rockets sobre La Moneda, a pocos metros.
Al volver, el 19 de septiembre -la víspera del día en que se iba a casar- se convirtió en uno de los prisioneros de guerra del estadio de Concepción, y poco después, en la Isla Quiriquina. Vivió y presenció el infierno. Tenía 38 años y en pocas horas se le puso el pelo blanco. Su novia, Elizabeth, que lo siguió de prisión en prisión llevando paquetes con comidas y cartas, terminaría suicidándose.
Sobre todo al final, el libro de Agnic dosifica las emociones, y se convierte en un texto del disco duro de nuestra historia. El tipo de narración que no se puede olvidar, y que aporta una enorme dosis de sabiduría y lealtad. De algún modo, Ozren Agnic se salvó para escribirlo. El juez Juan Guzmán Tapia escribe en el prólogo: "Su narración es contundente y escalofriante, pero, a la vez, sobria. Proviene de un narrador que observa las cosas desde una cierta altura, aunque sin poder comprender su estricta lógica, como ningún ser bien nacido puede".
ALLENDE, EL HOMBRE Y EL POLÍTICO
Memorias de un secretario privado
Ozren Agnic
Identikit / Ril
322 páginas
Santiago, Chile, 2008
* Fuente: La Nacion
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