Verdugos, fariseos y Cheyre
por Gabriel Salinas Álvarez (Chile)
10 años atrás 4 min lectura
19 julio 2016
Variopinto coro de personajes es el que hoy se empeña en redorar los deslucidos blasones del “General del Nunca Más”. Es una tarea ardua y poco dignificante la de estos señores, pues este general es el mismo que prestó decisivos servicios a Pinochet cuando los ”pinocheques” y otros latrocinios pusieron en jaque al dictador, durante el primer gobierno de la Concertación.
¿Qué decir de la puerilidad de la tentativa de exculpar al “joven teniente, de 25 años”, que “mal podía oponerse, solo, inexperto y disciplinado”, a una orden de sus superiores jerárquicos, cuando estos llegaron a La Serena para perpetrar sus crímenes?
Con su acción, esta amalgama de notables de la clase política chilena pretende minimizar el impacto y la herencia que nos legaran las dictaduras cívico-militares que se sucedieron en nuestro continente.
El blanqueo del obscuro pasado de este tipo de generales forma parte de una estrategia de banalización del mal castrense, que se tradujo en la instalación en la vida cotidiana de nuestro pueblo, entre muchas otras desventuras, del terror, la pusilanimidad y la cobardía, suscitando la proliferación de verdugos y fariseos.
La manipulación de la información y la domesticación de los espíritus han sido llevadas a cabo con maestría por imaginativos expertos de la acción, y otros asesores del poder, duchos en gestión de la credulidad pública y del enriquecimiento privado.
No deja de asombrar la eficacia y meticulosidad de las estrategias con las que se ha tejido la malla en que se entrelazan los intereses más variados de la clase política criolla con los intereses de los predadores que gobiernan el mundo.
Malla férrea e inextricable que garantiza el funcionamiento de una institucionalidad que ya no logra maquillar la lepra que la corrompe ni la lenidad que la disuelve; institucionalidad que asegura la impunidad a criminales de cuello y corbata, de gorra y charretera, de mitra y sotana, repelente fauna engrosada, recientemente, con los presidentes de los clubes de fútbol.
Nuestra sociedad se ha convertido en un lastimoso espectáculo en el que los simulacros y la utilería de la televisión han reemplazado a los hombres y a la realidad.
Todo ello hace aplicable a nuestra prosaica cotidianidad lo que afirma un personaje de La Broma, de Milan Kundera, quien constataba cuán difícil era restablecer el honor, aliviar los dolores, restaurar las lealtades, mitigar todo el daño provocado por el totalitarismo estaliniano en las «Democracias Populares». Dicho personaje, aludiendo a las arbitrariedades policiaco-burocráticas, decía: «Nada será reparado, todo será olvidado».
Regímenes cuya abyección no sería sino un asunto menor, habida cuenta del “milagro económico” que ellos habrían realizado.De lo que se trata hoy es, más bien, de intentar oponer a esa terrible constatación otra lógica. Es ocioso detenerse a reflexionar acerca de modalidades de reparación del daño a fortiori si se trata de crímenes contra la Humanidad, como los perpetrados por la dictadura cívico-militar chilena y sus hermanas en abyección de Argentina, Paraguay, Brasil, Uruguay… y tantas otras, que compartieron los mismos altares a la hora de comulgar, y saciaron su sed homicida en los mismos abrevaderos del odio y del crimen.
Por lo tanto, la primera parte de la aserción del héroe kunderiano no puede sino ser admitida: «Nada será reparado». No tan solo es imposible una reparación, sino que nada nos puede consolar por lo ocurrido en el Cuartel Simón Bolívar, Tejas Verdes, Villa Grimaldi, en los lugares visitados por la Caravana de la Muerte, sitios en los que la infamia y el horror igualaron a lo acontecido en la Escuela de Mecánica de la Armada argentina.
Barbarie congénere de la conocida en Auschwitz, Majdanek, Dachau, Treblinka y otros proverbiales antros del crimen nazi.
El que nuestros derechistas locales no vean el aire de familia perceptible en todos los actores de la barbarie reaccionaria de aquí y de allá, no cambia nada al asunto. Podemos decir lo mismo acerca de la amnesia programada que afecta a los otrora discípulos de Lenin-Trotsky, Mao, Castro y otros Guevaras, para quienes no son sino datos de la causa los horrores vividos en Vorkuta, Karaganda, Solovetsky, Norilsk, La Kolima y demás infiernos del espanto y de esclavitud del Gulag.
Esa es la razón de por qué nada de cuanto contribuyó al desencadenamiento de la violencia armada del Estado contra un pueblo indefenso, nada de cuanto favoreció, deliberadamente o por omisión, la destrucción de la democracia, nada de aquello que dejó desamparados a los ciudadanos ante los brutales y cobardes abusos de los militares y sus cómplices, nada de cuanto legitimó y confortó la mercadolatría traída de la mano por el furor totalitario, nada de todo ello debe ser olvidado.
Las palabras del personaje de La Broma podrían ser reformuladas así: precisamente porque el daño que provoca el abuso y el crimen no puede ser reparado, nada de lo irreparable debe ser olvidado.
*Fuente: El Mostrador
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