Donde los imperios precedieron a Jesucristo
por Jorge Gómez Barata (Argenpress)
20 años atrás 4 min lectura
La gente mira indiferente a los muertos en Irak, Líbano y Palestina porque la ideología imperial ha ganado la batalla. Con las masacres en esa región, ocurre lo que con el hambre en Africa, ambas comienzan a ser asumidas en el extranjero como si fueran estilos de vida libremente adoptados.
La opinión pública de Europa y Estados Unidos yerra al creer que esos países tienen opciones. No es así. Por culpa de los conquistadores europeos esos pueblos perdieron todas las oportunidades para el progreso, la paz, la cultura y la modernidad.
Hace años que trato de encontrar el primer ejemplo en el que el Occidente desarrollado haya ejercido una influencia realmente civilizadora fuera de sus fronteras. No se trata de los acueductos romanos, de loar a los británicos por introducir el ferrocarril en la India o a España por haberle enseñado el castellano y el catecismo a los pueblos originarios, sino de una obra cultural y humana global.
En el siglo IV a.C. con un ejército de más de 300 000 griegos, macedonios y otros europeos, Alejandro Magno, invadió el Medio Oriente y lo incorporó al mundo greco romano. La primera empresa genuinamente europea fueron las Cruzadas, alrededor de 10 agresivas expediciones militares que se prolongaron por casi doscientos años. En 1099 los cruzados tomaron Jerusalén y Godofredo de Bouillon, un francés, fue su primer gobernador europeo.
Por esas huellas, en 1875 Napoleón Bonaparte invadió Egipto, además de con sus ejércitos, con 200 sabios que aprendieron todo lo que podía aprenderse de una de las más avanzadas civilizaciones de la época. El emperador exploró personalmente las pirámides y llegó a Nazaret para identificarse con las circunstancias del nacimiento y la muerte de Jesucristo y en una colosal empresa de diversionismo ideológico, se hizo pasar por liberador del pueblo egipcio y protector del Islam.
Naturalmente, los pueblos de la región respondieron con la resistencia y aunque alcanzaron algunas victorias coyunturales, en una lucha que ya era de liberación cuando nació Jesucristo, perdieron la batalla estratégica.
Al finalizar la Primera Guerra Mundial, festinadamente, la Sociedad de Naciones, sobre la base del Tratado de Versalles, obra del presidente norteamericano Woodrow Wilson, el primer ministro británico Lloyd George y premier francés George Clemenceau, repartió la región a su arbitrio: Siria fue cedida a Francia, Palestina e Irak se pusieron bajo administración británica y Egipto fue convertido protectorado Inglés.
En esa época, en acto supremo de filantropía, Gran Bretaña, como quien dispone de una propiedad, se comprometió con la Organización Sionista Mundial a ceder Palestina, para establecer un Estado Judío. No conforme con el territorio obsequiado por la ONU, Israel ha sostenido a lo largo de 60 años una política expansionista y genocida respaldada por Estados Unidos y Europa.
Cuando Europa fue ocupada por las hordas nazis, las mentalidades más lúcidas y los líderes políticos más auténticos de esa región, consideraron legítimas todas las formas de lucha y válidas todas las organizaciones que enfrentaban al ocupante fascista. Fueron los nazis quienes establecieron el precedente de castigar con represalias contra la población civil, las acciones de la resistencia.
La paradoja es brutal: el país que cuenta con un ejercito de un millón y medio de hombres, 4000 tanques, 15000 cañones, dos mil aviones de combate y más de 300 bombas atómicas, demanda el desarme de los palestinos que no poseen un solo cañón, un avión o un tanque, además de disolver Hamas y Hezbolá fundadas en los años 80, cuarenta años después de que Israel iniciara las masacres en Palestina. También los nazis exigían a los gobiernos colaboracionistas europeos el exterminio del movimiento guerrillero.
Europa y Estados Unidos crearon la tragedia del Medio Oriente y a ellos corresponde frenarla. La opinión pública y la Asamblea General de la ONU son las únicas opciones. No es mucho y tal vez no resulte suficiente, mas no hay otras.
Artículo distribuido por Argenpres
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