Alemania: Crítica a ese estado del que se han adueñado los partidos políticos
por Thorsten Paprotny (Alemania)
3 días atrás 16 min lectura
06 de septiembre de 2026
La ultraderecha alemana logra una amplia victoria en las regionales de Sajonia-Anhalt, según los sondeos a pie de urna.
AfD lograría el 44% de los votos y rozaría la mayoría absoluta pero podría depender de BSW para gobernar.
Fuente: RTVE
Para acercarnos a una interpretación correcta de estos resultados, hay que evitar pensar en blanco y negro. No es correcto afirmar que esta elección es una lucha entre democracia y posible resurgimiento del fascismo en Alemania. Hacerlo es cometer un gran error. El mismo que atribuyó a Kast el triunfo, entre otros factores, al apoyo de los que se viene llamando «fachos pobres», olvidando la sucesión de gobiernos de la Concertación y su incumplimiento de las promesas que hacían antes de marzo de 1990.
Lo que vivimos en Chile, es un fenómeno mundial. Los partidos políticos, convertidos en representantes de la ciudadanía en el parlamento a lo largo del siglo XX, terminaron traicionando su función, pasando a convertir la política en un «negocio propio». Viven de la política. Abuelos, padres, hijos, generaciones de parlamentarios. La corrupción, las coimas y su moral han hecho el resto. Y eso no sólo en Chile. Alemania ha avanzado por un camino similar. Lo afirmaba ya en los años 60 el filósofo Karl Jasper, sobreviviente de la dictadura nazi. El ex presidente federal, Richard von Weizsäcker, fue muy crítico del curso que iba asumiendo Alemania.

Ahí están los resultados. En un territorio que fue parte de la República Democrática Alemana, a la cual, caído el muro, se le prometía «paisajes de campos floridos!» Promesas parecidas a «La alegría ya viene». Hoy, 36 años despues de la caida del Muro, los sueldos en la Alemania oriental son aprox. 16% más bajos que en la Alemania occidental, esto significa 13.000 Euros menos, al año! Esto es colonialismo contra sus propios compatriotas.
Necesitamos crear, poner de pie, nuevas formas de organización. Necesitamos volver a reunirnos y trabajar sin apitutados, sin «políticos» que viven de la política y no tienen idea de lo que es la vida de un trabajador normal. No nos sirven representantes en el parlamento que no tienen idea de lo que es la vida, de lo que significa vivir de un salario miserable; que no saben lo que es tener la responsabilidad de ganar lo suficiente para financiar la vida familiar: arriendo, colegios, alimentación, salud, transporte, etc. Si no reaccionamos nosotros, en defensa de nuestros derechos, nadie lo hará.
Crítica a “El estado de los partidos”
Lo que temía Karl Jaspers
Un diputado de la AfD quiere abolirlo; Karl Jaspers y, más tarde, von Weizsäcker lo criticaron con toda claridad, aunque sin consecuencias: el estado de los partidos. La Ley Fundamental [1] solo establece que los partidos deben participar en la formación de la voluntad política, pero en ningún caso deben dominarla. ¿Y ahora qué?
Artículo publicado originalmente el 1 de marzo de 2024
La democracia se nutre de una crítica fundamentada, objetivamente justificada y contundente, tanto en Alemania como en cualquier otro lugar, ya sea en el debate parlamentario, en la controversia filosófica o en los medios de comunicación. ¿O no es así? El derecho a la libertad de expresión, al igual que la inviolabilidad de la dignidad humana, figura entre los bienes más preciados que garantiza la Ley Fundamental. ¿O no es así?
Quien se atreve a hablar en público, provoca, suscita críticas y, como le pasó a Lars Hünich, diputado de la AfD en el Parlamento regional de Brandeburgo, incluso tiene que contar con que se llame a la Oficina Federal para la Protección de la Constitución. El político pronunció un discurso en una «mesa redonda ciudadana» de su partido el 18 de enero de 2024 en Falkensee, en la región de Havelland, que causó revuelo en todo el país y desató una avalancha de indignación en los medios. Hünich, representante de un partido político sin duda polémico, eligió palabras contundentes y dijo, entre otras cosas: «Si mañana asumimos responsabilidades de gobierno, tendremos que acabar con este Estado de los partidos». El ministro del Interior de la CDU de Brandeburgo, Michael Stübgen, renunció a un debate serio sobre el fondo del asunto y respondió a la afirmación de forma contundente: «Con el término combativo “Estado de los partidos” ya se abolió una vez la democracia parlamentaria. Eso fue en 1933, y después vino una dictadura del terror».
«Sí, queremos acabar con este Estado de los partidos»
El fantasma de un nuevo nacionalismo parece rondar actualmente por la «república de la agitación» que es Alemania. Sin embargo, en lugar de invocar espíritus malignos, podría ser mucho más importante plantearse una pregunta legítima, a saber: ¿vivimos hoy en día realmente en un «Estado de los partidos»? Y, en caso afirmativo: ¿se puede criticar el «Estado de los partidos»? La Ley Fundamental, en su artículo 21, apartado 1, aclara a los interesados: «Los partidos participan en la formación de la voluntad política del pueblo. Su constitución es libre. Su orden interno debe ajustarse a los principios democráticos. Deben rendir cuentas públicamente sobre el origen y el uso de sus recursos, así como sobre su patrimonio».
En la constitución esta deestablecido de forma inequívoca que los partidos participan en la formación de la voluntad política, pero que en ningún caso deben dominarla ni influir en ella de ningún modo. Los partidos participan en la formación de la voluntad política, pero la creación de un «Estado de los partidos» no era, al parecer, la intención de los padres y madres de la Ley Fundamental. Por lo tanto, la crítica fundamentada a la participación de los partidos en el Estado —y esto incluye a todos los partidos— no solo es admisible, sino también necesaria.
El diputado regional Lars Hünich ha explicado su declaración en un comunicado posterior. Desde el punto de vista de la teoría del Estado, «Estado de los partidos» es un término que designa una «forma de corrupción sistemática en la que los partidos políticos se infiltran en todos los órganos del Estado y los reconvierten a su antojo». El político de la AfD, que el próximo domingo se presentará como candidato en las elecciones a la alcaldía a tiempo completo en el municipio de Kloster Lehnin, en Brandeburgo, expone:
«En el Estado de los partidos, los parlamentos pasan de ser representaciones del pueblo a meros órganos de ratificación de los intereses partidistas. Eso es exactamente lo que hemos podido observar en Alemania en los últimos años. Sí, queremos abolir este Estado de los partidos, devolver por fin a nuestra Constitución y a nuestros parlamentos su pleno vigor e introducir muchos más instrumentos de democracia directa siguiendo el modelo suizo, como, por ejemplo, los referéndums a nivel federal y la elección del presidente federal por parte del pueblo».
Jaspers: El Estado, un «lugar de oligarquía partidista corrupta»
Declaraciones como estas son una mezcla de conjeturas bastante generales, carentes de ejemplos concretos, de tesis audaces sobre la abolición del Estado de los partidos y de intenciones decididamente partidistas. Ciertamente, el discurso sobre el Estado de los partidos tampoco es nuevo. El sistema político real existente en Alemania puede y debe ser objeto de crítica —y cualquiera tiene derecho a rebatir dicha crítica de forma fundamentada—. Quizás hoy en día dos personalidades que en su día fueron sumamente destacadas, el filósofo de renombre internacional Karl Jaspers y el expresidente federal Richard von Weizsäcker, serían consideradas políticamente sospechosas, quién sabe.
Este último, en 1992 —cuando la palabra clave de aquella época era «desencanto con la política»—, fustigó, sin hacer referencia alguna a Jaspers —como él mismo expuso explícitamente en una carta personal de 1995—, los aparatos de poder y las ansias de poder de los partidos políticos establecidos. El filósofo Karl Jaspers, ampliamente apreciado, ya se había pronunciado de forma decididamente crítica en 1966, en su obra «¿Hacia dónde se dirige la República Federal?», sobre la formación de cárteles en el ámbito de la política y la sed de poder de la clase política dominante.
El 2 de diciembre de 1962 escribió a su amiga, la filósofa Hannah Arendt, que el Estado se estaba convirtiendo en un «lugar de oligarquía partidista corrupta». Lamentó la suave unanimidad de los partidos, por ejemplo, en lo relativo a la legislación de emergencia, y temía un camino que llevara de la democracia, pasando por la oligarquía partidista, a la dictadura.
«El valor de su postura crítica no ha cambiado en absoluto hasta hoy»: el expresidente federal Richard von Weizsäcker en una carta al autor sobre la crítica de Jaspers al «Estado de los partidos»
© colección privada
Una «pequeña minoría partidista ajena al pueblo»
Jaspers, a quien durante la época nazi se le había impuesto la prohibición de publicar y de impartir clases y que temía constantemente la deportación de su esposa judía, Gertrud, tenía muy presente el peligro de un nuevo Estado totalitario. Los partidos se habían convertido en «órganos del Estado». A la cabeza de estos se encontraba una «pequeña minoría interna de partido ajena al pueblo» (Karl Jaspers: Respuesta. Sobre la crítica a mi obra «¿Hacia dónde se dirige la República Federal?», Múnich 1967). De forma más contundente lo expresó así: «El Estado son los partidos». (Karl Jaspers: ¿Hacia dónde se dirige la República Federal?, Múnich 1966; las siguientes citas de Jaspers se han extraído de este volumen). Según él, los funcionarios en el cargo solo se esforzaban por «asegurar los puestos de los hasta ahora representantes de los partidos».
Jaspers instó a reflexionar sobre un Estado moral y político. Entendía su crítica como un impulso progresista, en contraposición a todos aquellos que despreciaban la democracia y la libertad y deseaban abolirlas. Abogó también por dotar al presidente federal de amplias competencias, por ejemplo, en caso de conducta moralmente reprochable por parte de ministros concretos: «Sería un censor sumamente deseable para el Estado. En una democracia, se encargaría de garantizar que solo personas de elevada integridad moral o, al menos, irreprochables, ocuparan los puestos de liderazgo. En ese caso, difícilmente se atreverían a proponerle personas no aptas. Debería poseer la tranquila objetividad del juicio moral. Él mismo solo podría ser elegido en virtud de ese carácter». Sin embargo, el filósofo no planteó la cuestión de si existía tal persona ni de si, en tal caso, sería realmente elegida por mayoría.
Karl Jaspers en 1968 (izquierda), Richard von Weizsäcker en 1984
© IMAGO / United Archives International / Archivo Federal, imagen 146-1991-039-11 / CC-BY-SA 3.0
Karl Jaspers abogó apasionadamente por una reforma del sistema político, pero en ningún caso por el retorno a un modelo de Estado autoritario o, mucho menos, totalitario. El hecho de que —inspirado por el sociólogo Max Weber— defendiera el ideal de un hombre de Estado dotado de autoridad moral fue considerado por críticos, como el politólogo Kurt Sontheimer, como una postura ingenua o incluso como una amenaza para la democracia. El escrito de Jaspers, que en su momento fue objeto de un intenso debate, cayó pronto en el olvido, arrastrado por la revolución cultural del movimiento del 68, de carácter profundamente antiparlamentario y antidemocrático.
La crítica de Weizsäcker al Estado de los partidos: «actividad incesante y descarada»
Sin embargo, unos 25 años más tarde, el entonces presidente federal Richard von Weizsäcker, sin actuar en modo alguno como «censor», formuló en una entrevista que causó gran revuelo (Richard von Weizsäcker en conversación con Werner A. Perger y Gunter Hofmann, Fráncfort del Meno, 1992; de este volumen se han extraído las citas que publico aquí) una crítica sustancial a la evolución del sistema político de la República Federal de Alemania. Weizsäcker se centró, en particular, en la Ley de Partidos Políticos, artículo 1, apartado 2:
«Los partidos contribuyen a la formación de la voluntad política del pueblo en todos los ámbitos de la vida pública, influyendo, en particular, en la configuración de la opinión pública, estimulando y profundizando la educación política, fomentando la participación activa de los ciudadanos en la vida política, formando a ciudadanos capacitados para asumir responsabilidades públicas, participando mediante la presentación de candidatos en las elecciones a nivel federal, los estados federados y los municipios, influyen en la evolución política en el Parlamento y el Gobierno, incorporan los objetivos políticos que han elaborado al proceso de formación de la voluntad estatal y velan por un vínculo constante y vivo entre el pueblo y los órganos del Estado».
El presidente federal en ejercicio se erigió en crítico del Estado de los partidos que existía de hecho y, en 1992, planteó la legítima pregunta de si la influencia no iba mucho más allá de la participación, puso en duda que ello fuera lo previsto por la Ley Fundamental y explicó:
«La influencia va, en cualquier caso, mucho más allá de la voluntad política, de la que habla exclusivamente la Constitución. Los partidos participan activamente en la configuración de toda la vida social. Impregnan toda la estructura de nuestra sociedad, hasta lo más profundo de la vida asociativa, que, en teoría, debería ser totalmente apolítica».
Weizsäcker señaló la influencia directa en los medios de comunicación, en la elección de jueces en el poder judicial, en la cultura y el deporte, en los órganos eclesiásticos y en las universidades. Explicó con precisión:
«Si la Ley de Partidos Políticos legitima a los partidos para influir en la formación de la opinión pública, entonces fomenta —se quiera o no— una evolución que se ha convertido en un abuso. Basta con pensar en la actividad incesante y descarada de los partidos en los medios de comunicación electrónicos de servicio público».
«¿Qué tiene esto que ver con la tradicional separación de poderes?»
Con el fin de dinamizar y afianzar la democracia, Weizsäcker abogó por la introducción de iniciativas populares a nivel municipal, aunque esto aún resultara ajeno a la «mentalidad de los partidos». Al mismo tiempo, lamentó que los partidos no actuaran como «instrumentos para resolver mejor los problemas» existentes, sino que instrumentalizaran los problemas de la sociedad «para poder alcanzar mejor los objetivos de un partido frente a otro». El presidente federal comentó con ironía la idea de que el Parlamento —es decir, por ejemplo, el Bundestag alemán— desempeñara un papel decisivo en la democracia parlamentaria:
«La idea de que los partidos confían en que el Parlamento controle al Ejecutivo me ha parecido siempre francamente conmovedora. La verdad es, más bien, que son las direcciones de los partidos las que dirigen el curso de los acontecimientos en la legislación y el Gobierno. Y dado que, en nuestro caso, una mayoría parlamentaria se consigue casi siempre solo mediante coaliciones, a ello se suma, como centro de decisión a menudo importante, la mesa de coalición. Allí se marcan los rumbos decisivos. ¿Qué tiene esto que ver con la tradicional separación de poderes, o siquiera con el texto de nuestra Constitución?»
El presidente federal von Weizsäcker retomó una expresión del politólogo Hans-Peter Schwarz, quien había hablado de un «camino desde la obsesión por el poder hacia el olvido del poder en Alemania»:
«Estoy convencido de que nuestro Estado de los partidos se caracteriza por ambas cosas a la vez: por un afán de poder en la victoria electoral y por un olvido del poder a la hora de asumir la tarea de liderazgo en cuanto a contenidos y conceptos».
«Los propios partidos encarnan, en parte, las deficiencias»
Pero, ¿en qué consiste, podríamos preguntarnos también hoy, la verdadera tarea de la política? Weizsäcker afirmó que radica en «reconocer los retos de la época y hacer frente a sus riesgos y oportunidades».
Quizá los contemporáneos piensen hoy en la política migratoria, en las crueles guerras en Ucrania y en Oriente Próximo, así como en la digitalización con todas sus consecuencias, algunas de ellas aún imposibles de evaluar. A la pregunta de cómo se podría lograr fortalecer la democracia hoy en día, Weizsäcker señaló en 1992 que era necesario reconocer las debilidades de la época, superar el «inmovilismo de la sociedad», así como el «insuficiente afán de beneficio propio»:
«Los partidos, por sí solos, son hoy en día, en cualquier caso, demasiado débiles para ello. En parte, son ellos mismos quienes encarnan las deficiencias. En la fase actual, el espíritu no desempeña en nuestra sociedad el papel que le corresponde y que necesitamos con urgencia. El debería ejercer la presión necesaria sobre la política y sobre toda la sociedad, y contribuir a dar respuesta a las preguntas».
Queda patente, pues, que tanto el filósofo Karl Jaspers en 1966 como el presidente federal Richard von Weizsäcker en 1992 expresaron ideas que, aunque parecían adelantadas a su tiempo, siguen siendo dignas de reflexión y pueden resultar fructíferas hasta hoy para mantener un debate abierto, crítico y controvertido sobre la democracia parlamentaria y sobre el papel de los partidos en Alemania. Sobre ello se puede, se debe y se debería debatir, en el marco de la Ley Fundamental.
-El autor, Dr. Thorsten Paprotny, ha publicado, entre otras obras, cinco volúmenes sobre la historia de la filosofía en la editorial Herder y, en 2018, el libro «Pensar teológicamente con Benedicto XVI» en la editorial Traugott Bautz. Este escritor y periodista lleva una vida discreta, escucha música, lee, escribe y se siente como en casa junto al mar, en Ratisbona y en Roma. Su corazón late al ritmo de la fe católica.
-Artículo traducido, para piensaChile, del alemán al castellano con asistencia de software.
*Fuente: Corrigenda
Notas ingresadas por piensaChile para comprender mejor el texto:
1. Alemania Federal no posee una «Constitución», sino una «Ley fundamental». Si usted pide una explicación a cualquier ciudadano alemán, lo más probable, si no es diplomático o político de carrera, es que enfrentará dificultades para dar una respuesta. Consultada la IA sobre este tema, entregó esta explicación:
¿En qué contexto histórico se redactó la Ley Fundamental alemana?
Tras la Segunda Guerra Mundial, las potencias vencedoras —Gran Bretaña, Francia y EE. UU.— se enfrentaron a la Unión Soviética por el control de la Alemania ocupada. Para impulsar los planes de crear un Estado occidental bajo la supervisión de su gobierno militar, los gobernadores aliados otorgaron al presidente del Estado de Alemania Occidental poderes con mandatos concretos. Estos poderes se conocieron como los «Documentos de Fráncfort». El primer y más importante documento exigía crear una asamblea que elaborara una constitución federalista y democrática.
¿Por qué se sigue llamando hoy en día «Ley Fundamental» y no «Constitución»?
Los ministros presidentes de Alemania Occidental temían que una constitución, como documento fundacional de un nuevo Estado, pudiera agravar la división de Alemania entre el Este y el Oeste. La Constitución debía tener un carácter provisional y solo estar vigente hasta que se superara la división y se restableciera la unidad. Por eso solo se hablaba de una «Ley Fundamental».
Si en Alemania, como en toda democracia, se aplica la separación de poderes, ¿por qué los ministros también son miembros del Parlamento?
En Alemania, el principio de la separación de poderes no se aplica como una separación totalmente rígida, sino en forma de una interrelación de poderes. Que los ministros puedan ser al mismo tiempo miembros del Bundestag (diputados) es una particularidad deliberada de nuestro sistema de gobierno parlamentario.
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