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Colombia: «Tomar el nombre de Dios en vano no es solo un pecado teológico. Es una traición política»

Colombia: «Tomar el nombre de Dios en vano no es solo un pecado teológico. Es una traición política»
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20 de agosto de 2026

El sacerdote y filósofo Mn. Jaime Mercant Simó ha lanzado una advertencia que debería estremecer a cualquier persona de buena voluntad. En su publicación, denuncia la «malsana combinación de sionismo y libertarismo» que, bajo el liderazgo de Abelardo de la Espriella, se prepara para asolar Colombia. No es una crítica política más. Es un diagnóstico profundo sobre la naturaleza del proyecto que se avecina.

Mercant identifica con precisión quirúrgica los dos pilares de esta nueva derecha: el sionismo, como ideología de supremacía y dominación, y el libertarismo, como doctrina económica que reduce la vida a un cálculo de ganancias y pérdidas. Juntos, forman una bomba de relojería. El sionismo deshumaniza al otro; el libertarismo lo convierte en un costo prescindible. Uno justifica el exterminio con lenguaje sagrado; el otro, con argumentos de mercado.

Esa combinación no es casualidad. Es una alianza estructural que ya hemos visto en otras latitudes. El fundamentalismo evangélico pro-sionista se ha aliado con el ultraliberalismo económico para construir un proyecto que no tiene nada que ver con la justicia social o el bien común. Su único objetivo es el poder, el dinero y la sumisión de los pueblos a los intereses del imperio.

Lo que Mercant señala como «deplorable» es la instrumentalización de la fe para estos fines. Espriella y sus secuaces, dice, «instrumentalicen el catolicismo para sus abyectos objetivos». No es una acusación menor. Es la constatación de que la religión está siendo usada como coartada para la entrega de la soberanía nacional.

Tomar el nombre de Dios en vano no es solo un pecado teológico. Es una traición política. Es usar la fe para engañar a los creyentes, para hacerles creer que el proyecto de dominación extranjera es un mandato divino. Es convertir a Dios en un socio de negocios de los poderosos.

Mercant llama a este grupo «la conjura de los necios». No es un insulto gratuito. Es una categoría filosófica. Los necios, en la tradición sapiencial, son aquellos que niegan la realidad, que se creen más listos que los demás, que confunden la astucia con la sabiduría. Y esta conjura es precisamente eso: un grupo de personas que creen que pueden engañar al pueblo, manipular la fe y entregar el país sin que nadie se dé cuenta.

Pero la necedad tiene un límite. Y ese límite es la realidad. La realidad de un país que necesita justicia social, no saqueo. La realidad de un pueblo que necesita bien común, no privilegios para unos pocos. La realidad de una nación que necesita soberanía, no vasallaje.

La advertencia final
Mercant concluye con una invocación: «¡Dios salve a la razón y nos libre, en el mundo entero, de estos miserables policastros!». No es una oración resignada. Es un llamado a la conciencia. Porque la razón, cuando está viva, es el antídoto contra la necedad. Y la conciencia, cuando está despierta, es la única fuerza capaz de detener a los que quieren convertir a Colombia en un campo de experimentación de sus ideologías mortíferas.

El texto de Mercant no es un texto religioso. Es un texto político. Es una advertencia. Es una denuncia. Es la voz de alguien que ha visto lo que viene y no puede callarse.

Colombia, despierta. La conjura de los necios ya está en marcha. Y la única forma de detenerla es la razón, la conciencia y la organización popular.

*Fuente: FaceBook
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