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«No eres el cliente, no eres siquiera el producto, eres la mina de donde se extrae el mineral»

«No eres el cliente, no eres siquiera el producto, eres la mina de donde se extrae el mineral»
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10 de febrero de 2026

El día 7 de febrero de este año hemos publicado el audio de una charla del filósofo analizando el momento que vive la economía mundial. Dado el gran interés que ha despertado, hemos hecho el trabajo de transformar ese audio en texto. Dada la forma en que hemos obtenido ese texto, no disponemos del formato con que el autor lo generó. El formato que le hemos dado, es decir, «los punto y aparte», los textos en negrita, los textos en formato destacado, etc., os hemos aplicado arbitrariamente, tratando de facilitar su lectura a nuestros lectores.
Si usted tiene comentarios, propuestas, criticas, sugerencias, le agradeceremos nos las haga llegar a redaccion@piensachile.com  Nos interesa ayudar a nuestros lectores a comprender los tiempos que vive el mundo y el rol que juega cada uno de sus factores.
La Redacción de piensaChile

El Nasdaq cerró ayer en máximo históricos. Nvidia triplicó su valor en 12 meses. Los titulares celebran cifras de productividad sin precedentes.

Entonces, ¿por qué la sensación generalizada es que algo se pudre bajo la superficie? No es pesimismo, es percepción.

Lo que millones sienten, esa intuición incómoda de que el futuro ya no responde a las mismas reglas, de que el esfuerzo perdió su antigua correlación con la recompensa, no es paranoia colectiva, es la lectura correcta de un sistema que mutó sin pedir permiso ni emitir comunicado. Durante generaciones, una ecuación sostuvo el pacto social.

Productividad genera prosperidad. Crecimiento económico eleva el nivel de vida. Esa ecuación está rota. Los datos lo confirman con frialdad aritmética. La productividad global alcanza récords históricos mientras la participación de los salarios en el PIB mundial toca mínimos.

El pastel crece, las porciones de quienes lo producen no.

Y los noticieros hablan de inflación, de tasas de interés, de ciclos naturales, como si esto fuera un tropiezo temporal, como si bastara esperar. Hay algo acercándose que es peor que una recesión. Mucho peor. Una recesión es el sistema fallando. Los trimestral, ajuste, recuperación.

Lo que viene no es un fallo. Es el sistema funcionando exactamente como fue reprogramado, generando riqueza sin necesidad de distribuirla.

El capitalismo industrial necesitaba trabajadores para producir y consumidores para comprar. Lo que está ocupando su lugar no necesita ni lo uno ni lo otro. Por primera vez en la historia, la tecnología desarrolló la capacidad de reproducir capital, prescindiendo de su componente más costoso e impredecible, el ser humano.

¿Qué ocurre cuando un sistema económico aprende a prosperar sin nosotros?

La respuesta oficial ya está escrita. La conoces de memoria porque la repiten en cada noticiero, cada análisis financiero, cada editorial económico, inflación, tasas de interés, ciclos naturales del mercado, ajustes temporales. El libreto es siempre el mismo. La economía atraviesa una fase difícil. Los bancos centrales calibran sus herramientas. La tormenta pasa, el crecimiento regresa. Paciencia, resiliencia, adaptación. como si estuviéramos ante un resfriado estacional y no ante una enfermedad autoinmune.

Esta narrativa tiene una función precisa. Disfrazar una transferencia de riqueza como un fenómeno meteorológico. Cuando la Reserva Federal y el Banco Central Europeo imprimieron billones para salvar la economía durante la última década, no salvaron tu economía, salvaron la de ellos. Cada dólar inyectado en el sistema financiero infló el valor de acciones, bonos e inmuebles. Activos concentrados en el decil superior de la pirámide. Simultáneamente diluyó el poder adquisitivo del salario que recibes a fin de mes. El mecanismo es elegante en su brutalidad. Socializaron las pérdidas y privatizaron las ganancias. Lo llamaron estímulo económico. La inflación que padeces no es un accidente ni un efecto secundario. Es el precio que pagas por la fiesta de liquidez que otros disfrutaron.

Tu pérdida de poder adquisitivo es literalmente la ganancia patrimonial de quienes ya poseían activos antes de la impresión monetaria. Pero esta transferencia con ser obscena sigue siendo capitalismo tradicional, redistribución regresiva dentro de reglas conocidas. Lo que viene después es otra cosa, algo para lo cual el vocabulario económico del siglo XX no tiene nombre, algo que convierte la explotación en un recuerdo casi nostálgico.

El economista griego Janis Varoufakis acuñó un término para nombrarlo. Tecnofeudalismo. No es una metáfora literaria, es un diagnóstico estructural. El capitalismo, ese sistema donde el capital se acumula mediante producción, competencia de mercado y extracción de plusvalía del trabajo, está siendo desplazado por algo arquitectónicamente distinto, un régimen donde la acumulación ya no depende de fabricar bienes ni contratar personas, sino de extraer rentas digitales de infraestructuras que se volvieron ineludibles.

Para entender la mutación, hay que mirar lo que murió. General Motors, Ford, Volkswagen, los gigantes del capitalismo industrial, necesitaban millones de obreros para ensamblar automóviles y millones de consumidores para comprarlos.

Existía una dependencia recíproca, por desigual que fuera. El trabajador era explotado. Sí, le extraían plusvalía, le pagaban menos del valor que producía, pero era necesario. El sistema no funcionaba sin él.

Google, Amazon, Meta y Apple operan bajo otra lógica. No necesitan tu dinero, necesitan algo más valioso. Tu interés, tus clics, tus búsquedas, tus patrones de consumo, tus conversaciones, tu rostro, tu voz, ellos necesitan los datos que generas al existir conectado.

¿Para qué? para entrenar los algoritmos de inteligencia artificial que eventualmente harán prescindible cualquier tarea cognitiva que hoy justifica tu salario. La filósofa Shoshana Subov lo llamó capitalismo de vigilancia, pero el nombre se queda corto. No es solo vigilancia, es extracción. La materia prima de esta economía ya no es el petróleo ni el acero, es la experiencia humana convertida en datos comportamentales.

Cada vez que usas un servicio gratuito, estás pagando con algo que no aparece en ningún recibo. Tu predictibilidad, tu conducta futura traducida a probabilidades que se venden al mejor postor.

No eres el cliente, no eres siquiera el producto, eres la mina de donde se extrae el mineral.

Esto explica una paradoja que desconcierta a muchos. Cómo empresas que ofrecen servicios gratuitos valen billones porque entendieron algo que el capitalismo industrial jamás imaginó. No necesitan venderte nada. necesitan saber qué vas a querer antes de que lo sepas tú mismo. Y esa información tiene un mercado donde tú no participas como comprador, pero la mutación no termina en la extracción de datos. Hay una segunda capa, más estructural. Estas corporaciones no solo recolectan información, cercaron la infraestructura. Son dueñas de las carreteras digitales por donde circula toda la actividad económica contemporánea.

Si quieres vender un producto, necesitas Amazon o Mercadolibre.

Si quieres que te encuentren, necesitas Google.

Si quieres comunicarte con tu audiencia, necesitas Meta.

Si quieres que tu aplicación exista, necesitas iOS o Android.

No hay alternativa. No hay camino secundario, no hay mercado libre.

Lo que pagas por usar estas plataformas, comisiones del 10%, 20%, 30% sobre cada transacción. No es ganancia empresarial en el sentido clásico. No es el lucro que resulta de producir algo mejor o más barato que la competencia. Es renta. Es el tributo que el vasallo pagaba al señor feudal por el derecho de transitar sus tierras. Varoufakis lo llama capital de nube porque estas fortunas no se acumulan produciendo, sino cobrando peaje.

Jeff Besos no fabrica la mayoría de lo que vende Amazon. Simplemente es dueño del espacio donde otros venden y cobra por la ubicación, la visibilidad, el almacenamiento, la logística. Es el terrateniente del comercio digital. El emprendimiento, esa promesa de movilidad social que alimentó generaciones, murió ahogado en esta estructura. Nadie puede competir con quien es dueño del camino.

Puedes tener el mejor producto, la mejor idea, la mayor dedicación. Si el algoritmo no te muestra, no existes. Y para que el algoritmo te muestre, debes pagar. Y cuando pagas, tu margen desaparece. Y cuando tu margen desaparece, trabajas para ellos sin figurar en su nómina. El feudalismo medieval funcionaba así.

El campesino trabajaba la tierra, pero la tierra pertenecía al Señor Feudal. Podía esforzarse más, innovar en sus técnicas, madrugar y trasnochar. El excedente nunca sería suyo. Ocho siglos después, el mecanismo regresa con servidores en la nube y términos de servicio que nadie lee.

En 2012, los economistas del MIT Erik Brynjolfsson y Andrew Mcafee documentaron un fenómeno que bautizaron como el gran desacoplamiento

Sus gráficos mostraban dos curvas, las que durante décadas habían crecido juntas productividad y empleo, PIB y renta familiar, separándose a partir de los años 90 como placas tectónicas en deriva. La productividad siguió subiendo, los salarios se estancaron, el crecimiento económico continuó. El bienestar de quienes producen ese crecimiento, no. Esto no es teoría conspirativa. Son datos de la Reserva Federal, del Banco Mundial, del FMI, instituciones que nadie acusaría de radicalismo.

La evidencia es tan abrumadora que ya ni se discuten círculos académicos, solo se omite en el discurso público porque su implicación es devastadora. El pacto social que sostenía al capitalismo democrático trabaja duro y prosperarás dejó de ser verdadero.

Mientras tanto, la economía financiera se despegó de la economía real como un globo de helio. El dinero dejó de ser medio de intercambio para convertirse en mercancía especulativa. Algoritmos negocian divisas, acciones y derivados a velocidades que ningún cerebro humano puede procesar. Miles de millones cambian de manos en milisegundos sin que ningún bien se produzca. Ningún servicio se preste, ningún trabajador intervenga. Empresas zombies, corporaciones que no generan ganancias suficientes para cubrir sus deudas, sobreviven alimentadas por tasas de interés artificialmente bajas y rondas infinitas de financiamiento especulativo. No crean valor. Crean la ilusión de valor mientras absorben capital que podría destinarse a actividades productivas.

¿Y qué solución ofrece el sistema a quienes quedan fuera de esta fiesta de liquidez algorítmica? Emprendimiento, marca personal, mentalidad de crecimiento, aprende a programar, reinvéntate. El mensaje es siempre el mismo. El problema eres tú. Tu falta de adaptación, tu resistencia al cambio, tu déficit de habilidades.

Si fracasas en una economía donde el éxito se concentra exponencialmente en menos manos, la culpa es de tu currículum. Esta narrativa cumple una función ideológica precisa. Convierte un problema estructural en una deficiencia individual. Privatiza el fracaso para que nadie mire hacia arriba y pregunte por qué las reglas del juego favorecen siempre a los mismos jugadores.

Ningún curso de programación te salvará de competir contra una inteligencia artificial que no duerme, no cobra y mejora cada semana.

Hay una palabra que el discurso económico dominante evita pronunciar. Una categoría incómoda que los sociólogos conocen, pero los políticos jamás mencionan en campaña: Población excedente. No es un insulto, es un concepto analítico que describe algo verificable. La porción de seres humanos que el sistema productivo no puede absorber. Gente que no encuentra lugar en la ecuación económica, no por falta de voluntad, talento o preparación, sino porque la ecuación ya no tiene variables suficientes para incluirlos.

Durante el capitalismo industrial, esta población excedente funcionaba como ejército de reserva. Desempleados que presionaban los salarios a la baja y podían ser incorporados cuando la producción se expandía. Eran excluidos temporalmente, pero potencialmente útiles. El sistema los necesitaba en espera. Lo que emerge ahora es cualitativamente distinto.

La automatización y la inteligencia artificial no crean un ejército de reserva, crean una masa de personas estructuralmente innecesarias para la reproducción del capital. No es desempleo cíclico que se corrige con crecimiento, es desplazamiento permanente que se profundiza con cada avance tecnológico.

Aquí reside la mutación histórica que pocos se atreven a nombrar, el paso de la explotación a la exclusión.

En el régimen anterior, el trabajador era explotado, le extraían valor, le pagaban menos de lo que producía, lo exprimían hasta el agotamiento. Era injusto, era brutal, pero implicaba una relación. El explotador necesitaba al explotado. Había un vínculo, por asimétrico que fuera, entre quién acumulaba y quién producía.

El régimen emergente rompe ese vínculo. El algoritmo no explota, ignora. No extrae valor de tu trabajo porque no necesita tu trabajo. No te paga poco, simplemente no te paga, no te oprime, te vuelve irrelevante. La máquina que antes amplificaba tu fuerza, ahora la reemplaza. Y a diferencia de revoluciones tecnológicas anteriores, esta no crea empleos equivalentes en otro sector. Destruye más de lo que genera esa angustia difusa que muchos sienten, la sensación de correr cada vez más rápido para quedarse en el mismo lugar, de que las credenciales se devalúan antes de obtenerlas, de que el futuro se cerró sin avisar.

No es debilidad psicológica, es lucidez. Es la percepción correcta de que el terreno se mueve bajo los pies; de que las reglas que organizaron la vida de generaciones anteriores caducaron sin ser reemplazadas por otras; de que algo fundamental cambió y nadie ofreció un mapa del nuevo territorio.

El malestar no es el problema, el malestar es el mensaje. La primera forma de soberanía es la lucidez, no porque entender el mecanismo lo detenga, sino porque salir de la confusión devuelve algo que el sistema necesita arrebatarte para funcionar sin fricción. La capacidad de nombrar lo que ocurre.

Mientras creas que tu precariedad es un fracaso personal, no mirarás hacia la estructura que la produce. Mientras asumas que el mercado es una fuerza natural como la gravedad, no cuestionarás quién escribió sus reglas y para beneficio de quién. Ver la trampa no te libera de ella, pero te permite dejar de culparte por estar atrapado.

Hay quienes responden a este diagnóstico con parálisis. Si el sistema es tan vasto, tan automatizado, tan indiferente a la voluntad individual, ¿qué sentido tiene actuar?

La respuesta no está en el heroísmo solitario ni en la fantasía de derribar gigantes tecnológicos desde un teclado. Está en la reconstrucción de vínculos que el sistema necesita disolver para operar. El tecnofeudalismo prospera en el aislamiento.

Cada usuario solo frente a su pantalla, negociando individualmente con plataformas que tienen todo el poder. La fragmentación no es un efecto secundario, es condición de funcionamiento. Mientras cada trabajador freelance compita contra millones en una subasta global a la baja, mientras cada pequeño comerciante mendigue visibilidad algorítmica en soledad, el poder de negociación será cero.

Las grietas del sistema no están en su código, están en los espacios donde la lógica del rendimiento no penetró completamente. Redes de apoyo mutuo, economías locales, cooperativas, comunidades que intercambian sin intermediarios que extraigan el 30%. No son soluciones definitivas, son laboratorios de supervivencia digna, mientras el modelo dominante muestra sus fracturas.

La lucha ya no se parece a la del siglo XX. Sindicato contra patronal, huelga contra fábrica. El adversario ahora no tiene rostro ni dirección postal. Es una arquitectura, un diseño, un conjunto de incentivos que premia la extracción y castiga la solidaridad. Pero ninguna arquitectura es eterna, y toda estructura que excluye a la mayoría genera, tarde o temprano, las condiciones de su propia impugnación.

Si este análisis articuló algo que ya intuías, no eres el único que lo ve. Comenta. Despierto y en resistencia. No es un gesto vacío. Es saber cuántos somos, reconocernos, convertir la lucidez dispersa en algo que el algoritmo no puede monetizar. Comunidad real. Volvamos al principio, pero mirándolo desde otro ángulo, los índices bursátiles en máximos, la productividad batiendo récords, titulares que celebran innovación, disrupción, crecimiento exponencial y esa sensación colectiva de que algo se pudre bajo los números. Ahora tiene nombre, ahora tiene mecánica, ahora tiene historia.

Lo que se presenta como crisis económica, inflación, precariedad, incertidumbre, no es el sistema fallando, es el sistema triunfando en aquello para lo cual fue rediseñado. La tecnología no fracasó, funcionó demasiado bien. Resolvió con eficiencia brutal el problema que el capitalismo industrial consideraba central, cómo producir más con menos, automatización, algoritmos, inteligencia artificial. Cada avance cumplió su promesa de multiplicar la producción, reduciendo el factor humano, y al resolverlo, creó un problema que ningún modelo económico vigente sabe enfrentar.

Si las máquinas producen y los algoritmos gestionan, ¿quién compra?

Si el empleo deja de ser el mecanismo de distribución de riqueza, ¿cómo accede la mayoría a los bienes que la minoría automatizada genera?

El capitalismo funcionaba con todas sus injusticias porque existía un circuito. El trabajador producía, recibía salario, consumía y ese consumo financiaba la próxima ronda de producción. El circuito está roto.

Por primera vez en la historia es técnicamente posible generar abundancia sin necesidad de distribuirla. Esa es la crisis que ningún ajuste de tasas de interés resolverá. No es recesión. Los temporal, seguida de recuperación es mutación estructural.

El empleo, como lo conocimos, esa institución que durante dos siglos organizó la vida adulta, otorgó identidad, distribuyó ingresos y prometió movilidad, se está convirtiendo en reliquia histórica. No desaparecerá mañana, pero cada año habrá menos, serán peores y la competencia por ellos será más feroz. Los economistas llaman a esto desempleo tecnológico y prometen que el mercado creará nuevos trabajos como siempre lo hizo, pero esta vez los datos no respaldan el optimismo.

Las revoluciones industriales anteriores desplazaron músculos. Esta desplaza cerebros y la velocidad de destrucción de empleos supera la velocidad de creación, por primera vez, desde que se llevan registros.

El espectador que llegó hasta aquí buscando entender por qué la economía se siente rara, ahora tiene un marco distinto. No es un ciclo, es un cambio de era. El mundo que viene no se parecerá al de tus padres ni al que imaginaste cuando elegiste tu carrera o planificaste tu vida. Esto no es fatalismo, es punto de partida.

Porque solo cuando dejas de esperar que todo vuelva a la normalidad, puedes empezar a construir algo que funcione en el terreno real. La nostalgia por un capitalismo que distribuía mejor, si es que alguna vez existió, es un ancla que impide nadar. El futuro no se gana deseando que el pasado regrese. Se gana entendiendo las reglas del presente para encontrar fisuras donde sembrar alternativas.

El sistema te declaró prescindible, pero un sistema que excluye a la mayoría no es viable eternamente. Sus contradicciones se acumulan, sus legitimidades se erosionan y en algún punto, imposible predecir cuándo, la masa crítica de excluidos dejará de buscar soluciones individuales para exigir respuestas colectivas. La pregunta que queda no es si ese momento llegará, es ¿qué haremos cuando llegue?

Comenzamos preguntando por qué la economía se siente rota cuando los números dicen que florece. Ahora sabemos que no está rota, está funcionando, solo que ya no fue diseñada para incluirnos.

Durante siglos, el sistema económico, por injusto que fuera, nos necesitaba. Necesitaba nuestros brazos para las fábricas, nuestras mentes para las oficinas, nuestros bolsillos para las tiendas. Esa necesidad era nuestro poder de negociación. Podíamos exigir mejores condiciones porque sin nosotros las ruedas se detenían, las huelgas funcionaban, los sindicatos importaban, la amenaza de paralización colectiva obligaba a concesiones. Ese poder se evapora cuando el sistema aprende a girar sin nosotros. No es ciencia ficción, ya está ocurriendo.

Cada fábrica que automatiza, cada servicio que algoritmiza, cada tarea cognitiva que la inteligencia artificial absorbe reduce la dependencia del factor humano y con cada reducción nuestra capacidad de negociar se debilita.

No porque seamos menos valiosos como personas, sino porque el valor en este sistema se mide exclusivamente en función de lo que puedes producir o consumir.

Cuando no produces lo suficiente para justificar tu salario y no consumes lo suficiente para sostener el mercado, te conviertes en lo que ningún economista quiere nombrar en voz alta: Un costo sin retorno, una línea roja en la hoja de cálculo, un problema de gestión social, no de política económica. Esa es la crisis que supera cualquier recesión.

Las recesiones destruyen empleos temporalmente. Lo que viene destruye la lógica misma que hacía del empleo, el centro de la vida adulta. Y sin embargo, hay algo que el algoritmo no puede calcular. No puede predecir el momento exacto en que millones de personas dejan de culparse a sí mismas y empiezan a cuestionar el diseño. No puede modelar la indignación que se acumula silenciosamente en cada hogar donde el esfuerzo dejó de traducirse en estabilidad. No puede automatizar la solidaridad que surge cuando los excluidos se reconocen como mayoría.

El sistema es eficiente, pero la eficiencia no es legitimidad.

Puede funcionar sin nosotros, pero no puede sostenerse contra nosotros si decidimos que este diseño es inaceptable.

No hay garantía de que esa decisión colectiva ocurra. La historia no tiene dirección predeterminada ni finales felices asegurados, pero tampoco hay garantía de que no ocurra. Y en esa incertidumbre reside el único margen de maniobra que nos queda.

El futuro no está escrito, está en disputa. Y participar en esa disputa empieza por rechazar la mentira de que tu situación es solo tuya, de que tu angustia es déficit de adaptación, de que la economía volverá a la normalidad si esperas lo suficiente. No volverá. La normalidad anterior murió.

Lo que construyamos sobre sus ruinas depende de si permanecemos aislados compitiendo entre nosotros por las migajas que el algoritmo descarta. O si entendemos que el único recurso que no pueden automatizar es la acción coordinada de quienes fueron declarados prescindibles.

En el pasado, el sistema nos explotaba hasta la extenuación y lo llamábamos injusticia. El futuro que se prepara es más frío. El sistema no quiere explotarnos, quiere ignorarnos. La peor crisis no es cuando el patrón paga poco, es cuando el algoritmo decide que pagar cualquier cosa es un desperdicio matemático.

Bienvenidos a la satisfacción de haberlo entendido antes que la mayoría. Lo que hagas con esa lucidez, es la única cuestión que interesa.

 Versión en audio del texto de arriba:

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