La autocrítica pendiente y el retorno a las bases: por qué la inacción es el combustible de la derecha
por Esteban González Pérez (Chile)
4 meses atrás 5 min lectura
Así es: el mundo real existe. Ese de los campamentos, de las poblaciones periféricas, del trabajo mal pagado, de la ausencia de servicios básicos. En ese mundo existen personas que NO piensan todo como una relación “costo-beneficio”. Allí hay solidaridad, amistad, fraternidad y nobles aspiraciones para el conjunto de la sociedad. No se trata de “gente anclada en el pasado”, sino de familias que siguen sufriendo la discriminatoria realidad del presente. Esta nota proviene de uno de ellos, de uno que no olvida sus orígenes…

En el complejo escenario político que atravesamos, se vuelve urgente hacer un alto y mirar hacia adentro con honestidad. Durante décadas, el movimiento popular en Chile luchó por abrir las alamedas de un cambio estructural, pero hoy nos encontramos en un momento de preocupante reflujo.
Como ciudadanía organizada, debemos asumir nuestra cuota de responsabilidad: el avance de la agenda de los sectores conservadores no es solo mérito de su estrategia, sino también el resultado directo de nuestra propia desmovilización y de una peligrosa pérdida de capacidad crítica.
Cuando se alcanzó el gobierno actual, se instaló en el seno del pueblo una falsa sensación de tarea cumplida. Muchos creyeron que el cambio se tramitaría exclusivamente en las oficinas ministeriales y en los pasillos del Congreso. Ese fue nuestro primer error estratégico: cambiamos la movilización viva por la espera pasiva.
Al soltar la presión de la calle y desarticular los encuentros barriales, le quitamos al proyecto de transformación su principal motor de empuje. La historia nos ha enseñado, con dureza, que los espacios que el pueblo deja vacantes son inmediatamente ocupados por el poder fáctico.
Uno de los fenómenos más dañinos de este periodo ha sido la “lealtad mal entendida” de sectores militantes y bases sociales. Bajo la consigna de “no hacer olas” para no incomodar al gobierno o no “hacerle el juego a la derecha”, se amordazó la autocrítica. Se instaló el temor a señalar las lentitudes, las faltas de gestión en los territorios o la desconexión con las urgencias populares.
Esa actitud fue un regalo para la oposición. Mientras nosotros nos quedábamos en silencio cuidando las formas, la derecha salió a tomarse la agenda pública. Se adueñaron del relato de la seguridad y de las preocupaciones cotidianas, precisamente porque nosotros dejamos de disputar esos espacios.
No entender que a un gobierno que se siente propio se le apoya presionando para que cumpla sus promesas, es no haber aprendido nada de las luchas sociales del siglo pasado. La complacencia no ayuda a un gobierno popular; lo aísla y lo debilita.
Es fundamental comprender por qué no hemos logrado avanzar más rápido. No se trata solo de voluntad política, sino de los cimientos neoliberales que siguen anclados en nuestra estructura estatal. El modelo neoliberal no es solo un sistema económico; es un andamiaje legal y cultural diseñado para impedir transformaciones reales.
Debemos reconocer que, aunque las caras en el poder cambien, las amarras que protegen al mercado por sobre la vida siguen ahí, intactas. Estas estructuras son las que nos mantienen estancados, impidiendo que la salud, la vivienda y la seguridad social dejen de ser un negocio. Sin una fuerza social que tensione esos cimientos, cualquier intento de cambio será solo cosmético. La transformación real requiere romper esos amarres, y eso no se hace desde un escritorio, sino con un pueblo consciente de que el sistema está diseñado para fallarle.
Para volver a ser una fuerza transformadora, la izquierda social debe plantearse una meta ambiciosa y necesaria: retomar el concepto de pueblo perteneciente a una clase específica, la clase obrera. En los últimos años, hemos permitido que se nos diluya en conceptos abstractos como “ciudadanía” o “consumidores”. Al perder la conciencia de clase, perdemos el sentido de quiénes somos y a quiénes nos enfrentamos.
Ser obrero hoy no es solo trabajar en una fábrica; es ser el trabajador de aplicaciones, la cuidadora no remunerada, el administrativo endeudado y el profesional precario. Reconocernos como parte de una clase que produce la riqueza pero que no decide sobre ella, es el único camino para reconstruir una unidad sólida frente al capital.
Este reencuentro no será explosivo ni inmediato. Necesitamos un trabajo lento, de hormiga, que tome los elementos de la realidad actual y los transforme en conciencia política. Debemos volver a las sedes sociales, a las plazas y a los sindicatos, pero no a dictar cátedras académicas, sino a realizar un proceso de educación popular que permita reconocer cómo el sistema neoliberal nos golpea cada vez que vamos al supermercado o al consultorio.
La tarea del dirigente social y político hoy es pedagógica y organizativa. Debemos:
1.Politizar la cotidianeidad: Explicar que los problemas individuales son, en realidad, fallas del sistema colectivo.
2.Recuperar la autonomía: El movimiento social debe volver a tener una agenda propia que no dependa de los ciclos electorales ni de las conveniencias comunicacionales del gobierno.
3.Ejercer presión constante: Las reformas se ganan en el parlamento, pero se conquistan en la calle. Sin ruido social, no habrá cambios estructurales.
En conclusión, la cancha está dispuesta, pero nosotros estamos fuera de juego. Si queremos que este periodo no sea recordado como una oportunidad perdida, debemos sacudirnos la inercia, recuperar la autocrítica y volver a organizarnos como la clase trabajadora que somos.
El cambio estructural sigue siendo una necesidad urgente, pero solo será posible si el pueblo vuelve a ser el protagonista y no un mero espectador de su propio destino.
*Fuente: Politika
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