Chile 1973: Con palos de fósforos quemados, en su celda, incomunicado, escribió su última obra musical antes de ser fusilado
por María Fedora Peña
2 años atrás 4 min lectura
En septiembre de 1973, luego del golpe de Estado, Jorge Peña Hen fue acusado de internar armas en estuches de instrumentos musicales y trasladado a la cárcel de La Serena. Más tarde fue llevado al Regimiento Arica, donde fue ejecutado por militares que integraban la Caravana de la Muerte, liderada por el general Sergio Arellano Stark.
13 de septiembre de 2023
«Mira María Fedora… traigo un tesoro conmigo», era la voz de mi hermano Juan Cristián desde el umbral de la casa de nuestra madre esa mañana de enero de 1983.
Me asomé por la baranda de la escala y alcancé a verlo alzar su mano derecha empuñando algo. Volvía de un viaje relámpago a La Serena, y yo estaba de vacaciones en Chile. Había viajado a mostrar a la familia a mi preciosa María Paz, mi primera hija nacida en Caracas.
«¿De qué se trata?» pregunté, bajando la escala a su encuentro.
«Es del papá….y todavía tiene su olor», me dijo Juan Cristián, y abrió el puño dejando a la vista un trozo de papel cuyos prolijos dobleces correspondían en precisión y minuciosidad a la que mi padre ponía en todo lo que hacía.
«La compuso durante sus días de incomunicación», agregó. «Me la han entregado después de diez años».
Tomé el pequeño trozo de papel rigurosamente doblado, en el que se adivinaban partes de pentagramas y algunas notas. Sin abrirlo, lo acerqué a mi nariz y cerrando los ojos respiré hondo y sentí el olor de mi padre impregnar mi alma.
¡Era él! ¡Sin duda! Mis ojos se inundaron y la garganta se cerró en un nudo. Nos abrazamos apresuradamente y Juan Cristián me dijo: «Hermana…lloras como los niños»
Me lo decía cuando las penas eran del papá. Penas con las que hemos aprendido a vivir, pero que cuando irrumpen con la fuerza y el vigor de ésta, explotan por los poros y se vuelven incontenibles, porque lo representan en naturaleza, en su esencia.
En el amor a la música como chispazo de vida; en la búsqueda de lo bello, de lo justo, de lo superior, del amor a la humanidad en toda su grandeza.
Y volvemos al origen, a su olor, a su voz profunda, a su presencia de líder llenando todos los espacios, a sus chistes, a la tenacidad, a su andar rápido y distraído, al optimismo indestructible, a su canturreo arcano, a su rigor, a la exigencia en la disciplina, al talento inagotable, a su generosidad y a su nobleza.
En mi caso lo he llorado y lo lloro como una niña, porque cuando el horror me azotó era una niña y no me dejaron hacerlo.
Juan Cristián tomó el trozo de papel y lo desplegó con su habilidad de diseñador gráfico; cualquiera no podría haber desarmado ese envoltorio perfecto. Había que abrirlo paso a paso, tener oficio.
Lo acercó a su nariz nuevamente y me lo pasó. Ahí estaban las tres diminutas pautas, equilibradas, serenas, inquebrantables; la llave de sol en toda su perfecta redondez, y la inconfundible caligrafía musical de mi padre. Refinada, limpia.
«Algunas notas tienen una aureola» le dije a mi hermano. «Es que escribió con palos de fósforos quemados que mojaba con saliva», me dijo, y nos quedamos en silencio. ¡Qué experto eras viejo…!
El nudo aprieta mi garganta otra vez y siento rodar lagrimones por mis mejillas. Las minúsculas negras, corcheas y blancas suben y bajan por el pentagrama. ¡Una composición póstuma…! ¡Tuvo la nobleza de hacer lo que amaba por sobre todas las cosas en los momentos más amargos de su vida…!
Veo a mi padre de pie, a sus 45 años de edad, apoyando su hombro contra el muro, justo bajo el haz de luz que entra por la única rendija de la celda de aislamiento.
En la inconmensurable soledad universal, ultrajado y desamparado en el encierro de la sin razón. Y en medio de esa nada, al hombre histórico exaltando a la vida.
El ceño fruncido, la mirada penetrante, el oído alerta al mensaje de su mente creadora, plasmando el sentir de su espíritu en una melodía, con la entereza y voluntad de construir en la belleza por sobre la calumnia y la traición, más allá de la incertidumbre del mañana.
Escribe febrilmente en el envoltorio de su paquete de cigarrillos, mojando una y otra vez los palos de fósforos quemados con saliva: «Rápido, rápido que si se secan, ya no sirven y si se va el sol quedo en la penumbra», habrá pensado.
Que todos la toquen, que todos la canten, que todos la tarareen. Melodía de Jorge Peña Hen, la mejor forma de recordarlo.
Esto está dedicado a las personas más nobles, valientes y generosas que he conocido: mis amados abuelos Tomás Peña y Vitalia Hen.
*Fuente: Cantos Cautivos
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