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La herencia de los vencidos 

La herencia de los vencidos
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16 de septiembre de 2022

1

Como si fuera un relojero ante su mesa de trabajo doy por sentado que los mecanismos de esta historia se ponen en movimiento con piezas y engranajes de distintas formas y funciones y que al cabo de una tarea bastante laboriosa uno coloca la tapita metálica por detrás, se apega el instrumento al oído y un tictac le alegra el corazón: parece que un pajarito nos hubiera nacido entre las manos.

Nada de aquello es así, por supuesto. Todo es ilusorio. Son las artes de ocultar la obscenidad de las vísceras. Sin embargo, a veces me digo que el proceso opera del modo inverso: ante un objeto sellado, misterioso, uno se ve compelido a tomar las pinzas y los destornilladores de precisión. Destapa la caja y se maravilla del ingenio humano. O se horroriza. O las dos cosas a la vez.

En este caso, diría yo, el primer conjunto de piezas corresponde a la partida in media res del relato, a mitad de camino entre sus orígenes y su final (si fuera posible delimitar esta historia). Es decir, hablo de agosto del año ochenta y cinco, de los días en que Mr. Watson visita las oficinas de Ciro Pascual en una casa de estilo neoclásico ubicada en Providencia, antes del auge inmobiliario que demolerá toda la manzana para levantar ahí un edificio corporativo. En esos días Ciro arría la bandera chilena del mástil del antejardín e iza en su lugar la bandera de los Estados Unidos. Y además, en sus propias palabras, se agencia sin pudor un maletín con boquillas de todos los modelos y tamaños para recibir al dueño de la empresa con quien pretende firmar un contrato de importación exclusiva de los productos Dakota.

*

Como todo el mundo debe saber, esa línea de productos comestibles todavía perdura en los escaparates y góndolas de supermercados y almacenes de barrio, además de los tarros de basura y veredas, y cualquiera puede identificarla a simple vista por el indio emplumado en el centro de los envoltorios de chocolates, barras de mantequilla de maní, caramelos y otras bombas de calorías destinadas a quienes no han tenido tiempo de desayunar o de almorzar, y en general a quienes no tienen tiempo de nada porque corren de un lado a otro y necesitan alimentarse a la rápida para seguir rindiendo.

Nadie hasta entonces conocía los productos Dakota. Y Ciro Pascual estaba a un paso de convertirse en su importador exclusivo, ya se dijo. Uno que cree visualizar la historia de principio a fin puede sostener con propiedad que esos días marcan el punto de inflexión de su negocio, por no decir el giro ontológico de su existencia. El hecho de que Mr. Watson se decidiera a volar en su jet privado para mirarlo face to face era la señal más segura de que no venía a perder el tiempo en el culo del mundo.

Desde los ventanales del salón VIP del aeropuerto Pudahuel Ciro lo vio descender por la escalerilla del avión hacia la losa de la pista secundado por dos hombres de traje azul y anteojos oscuros que parecían guardaespaldas o agentes del FBI, pero en realidad eran sus asesores comerciales. Mr. Watson era un hombrón de unos sesenta años, más alto de lo que se había imaginado, con ese color de tez que en Chile se conoce como ‘tostado de cantina’ pero que en su caso podía atribuirse, aparte del bourbon, a la delgadez de una piel sanguínea que contrastaba con el blanco de unos cabellos peinados hacia atrás y plateados al sol de la mañana. Parecía un dios griego.

A los hombres de fortuna se les excusan los trámites de aduana. Fue la primera lección que Ciro aprendió ese día. Alguien los realiza por ti, y con gusto. Así que en cuestión de minutos Mr. Watson y sus asesores estaban sentados en los sillones del salón VIP echando humo junto a Ciro y quitándose los zapatos con la punta del pie. Pidieron agua mineral y Ciro los imitó. Pedían caca de perro y Ciro no se quedaba atrás. Aunque su inglés era rudimentario había estimado que sería suficiente para desenvolverse en las esferas protocolares, no así cuando empezaran a tratar de negocios. Al gringo no parecían molestarle sus balbuceos, al contrario, eran un ingrediente más de una experiencia exótica que estaba recién partiendo y lo mantenía con los ojos muy abiertos, en el mejor de los ánimos.

Un conductor de levita y visera saltó a abrirles las puertas y el maletero de la limusina blanca estacionada a la salida de la terminal de vuelos internacionales. The white dove of peace, comentó Mr. Watson de manera un tanto enigmática, detenido ante el vehículo que también parecía una carroza funeraria. Ciro Pascual no supo si hablaba en serio o estaba ridiculizando sus atenciones; a lo largo de toda la visita sería incapaz de descifrar su humor. Había alquilado el servicio de limusina por los días que duraba el viaje de Mr. Watson. A razón de unos quinientos dólares por noche reservó tres suites en el hotel más lujoso de la época, las habitaciones más exclusivas. Si este negocio se iba a las pailas se pasaría un año entero trabajando para pagar la estadía de Mr. Watson.

*

A Ciro Pascual lo ponía nervioso la fealdad de Santiago, la pobreza como una bofetada en los alrededores del aeropuerto. El país te daba la bienvenida con un paisaje post atómico salpicado con pocilgas, galpones y bodegas como niños contrahechos. Pero ya se compondría a medida que se aproximaran al barrio alto. Iba diciéndose que Las Condes, Vitacura, Providencia se merecían un aeropuerto a la altura de Mr. Watson. Cuántos negocios prosperarían con otra impresión de la ciudad. Lo que en su falta de experiencia aún no comprendía es que los empresarios tienen a la vista mercados, no urbes.

En la Alameda con avenida Santa Rosa la limusina chocó contra una liebre del recorrido Einstein-Santa Rosa que no alcanzó a detenerse en la luz roja. El microbús la pescó por la cola haciéndola girar como un trompo. La paloma blanca quedó apuntando como aguja de reloj hacia el cine Santa Lucía, que en su marquesina exhibía el lienzo de un estreno: Volver al futuro, esa película que juega con la idea de viajar al pasado para modificar el presente. Mr. Watson se sofocaba de la risa golpeándose los muslos con las palmas. Nada como recibir el pencazo de un bus por detrás, podría pensar uno. Everybody’s okay?, preguntó, y sin esperar respuesta puso los pies en la calzada y comenzó a aplaudir y apuntar hacia el cine, rodeado de curiosos que observaban a un burlador de la muerte en medio del caos vehicular y los bocinazos. Ciro lo tomó de un codo para apartarlo hacia la vereda y puso dos billetes de cinco mil pesos en las manos del conductor para que se las arreglara con el chofer de la Einstein-Santa Rosa y de paso también con la policía. Hizo detener un taxi y prosiguió la carrera al hotel de los gringos. Cruzando por la Plaza Italia Mr. Watson preguntó si la mujer en la cima del San Cristóbal también era la Estatua de la Libertad. Ciro le informó que se trataba de la Virgin Mary, because this country is deeply catholic.

*

A la mañana siguiente la brisa hacía flamear la bandera de las cincuenta estrellas en el frontis de las oficinas de Providencia. Mr. Watson y sus asesores subieron las escalinatas de entrada sin hacer comentarios y se sentaron en una gran mesa de roble que Ciro compró para la ocasión, en cuyo centro los esperaba una miniatura de la Estatua de la Libertad. En la sala se encontraban los tres gringos, Ciro y su contador, además de Angélica, la hija de su hermano Eduardo que estudiaba el segundo año de secretariado bilingüe en el instituto Manpower y a quien introdujo como su traductora personal (personal translator) sin preguntarse qué se entendería por aquel título. Su sobrina ya estaba trabajando para él como un modo de compensar los favores de Eduardo, quien desde los Estados Unidos inició las conversaciones para el negocio con Dakota Inc. Venía preparándose desde hacía tres meses memorizando términos legales, contractuales y de comercio exterior. Tanta importancia dio a su papel que en el Manpower le adjudicaron unas clases personalizadas sin costo, tomándose el desafío como una oportunidad de promocionar el instituto. Hasta se publicó un inserto patrocinado en la prensa: La traducción, un puente para los negocios (cfr. El Mercurio, cuerpo B, 18 de agosto de 1985).

Al primer intercambio de palabras en inglés el rubor explotó en las mejillas de Angélica. No pudo articular una sola frase. Con el mejor de los ánimos Mr. Watson comentó a sus asesores algo como que la belleza de la traductora, muy tiesa en su apretado traje celeste de dos piezas, parecía inspirada en la Estatua de la Libertad, que en este país se conocía como la Virgen María. Al menos eso entendió Ciro Pascual, y trató de sonreír a su sobrina. Durante toda la reunión Angélica se estuvo mordiendo los labios, la lengua y los cachetes por dentro para contener las lágrimas que a su pesar se le escurrían. Sentía el gusto ferroso de la sangre en la boca. Conozco estos detalles insólitos por su primo Dante León, que me ha contado esta y las demás confidencias de su tío Ciro (por lo que se entiende que todo lo que voy relatando es como si lo observara a través del ojo de una cerradura).

La pobre Angélica. La experiencia la hizo abandonar sus estudios en el Manpower. Hoy es médico veterinario y entiende a la perfección la lengua de los animales. Eso repite su primo para molestarla. Como sea, la reunión fue un éxito redondo para Ciro Pascual, que logró comprometer la firma del negocio apoyándose en el lenguaje de señas y las planillas de números preparadas por su contador, mientras su sobrina se mordía los labios, la lengua y los cachetes por dentro. Ya se dijo.

De vuelta en la casa Ciro empezó a servirse un vaso tras otro de whisky para apaciguar la excitación de la jornada. En esos tiempos vivía con Adriana y el hijo de ella, Saúl, que lo quería como a un padre. Tenía más o menos la edad de sus sobrinos Dante y Angélica, a quienes Ciro quería mucho más que a Saúl sin esforzarse demasiado por disimular sus preferencias, actitud que Adriana resentía en silencio enconándose contra él.

Iba por el tercer vaso de whisky esperando la llamada de Mr. Watson. El teléfono sonó como a las ocho y media, la hora en que un gato negro se paseaba por encima del muro. Adriana le tiró el auricular entre las piernas tratando de acertarle en el talón de Aquiles. El gringo de mierda, dijo, porque habían discutido de nuevo o más bien porque Ciro la venía ignorando desde hacía unos tres meses, o sea, desde que el negocio con Mr. Watson empezó a despuntar en el horizonte.

Del otro lado de la línea una voz rasposa le dijo que quería dar unas vueltas por la ciudad antes del toque de queda y necesitaba alguien que le sirviera de guía. It would be a pleasure for me, Mr. Watson, dijo Ciro Pascual. El gringo le dio a entender que sería mucho más placentera la compañía de su traductora personal, the Virgin Mary, si esto no le resultaba incómodo ni complicado, you know what I mean (Ciro nunca le advirtió que era su sobrina, de lo que se arrepentía hasta hoy, según Dante). Not at all!, se apuró en contestar Ciro para disimular cualquier titubeo en la voz. En cuanto colgó fue a buscar la agenda para telefonear a casa de la ex mujer de su hermano Eduardo.

2

Tomo entre las manos este otro puñado de piezas que pertenecen al presente y me pregunto qué podría armarse con ellas, y cómo ensamblarlas con las piezas y engranajes del año ochenta y cinco. Y entonces me digo, pues así lo pienso, que el tiempo presente no es el aquí ni el ahora sino la ley que los rige y que podría prolongarse por muchos años más, como constato que viene sucediendo hasta hoy. Una vida entera. Cuándo acabará el presente, me pregunto, cansado de su ley que puedo soportar a condición de creer en que un día cesarán sus efectos, aun cuando ya no esté para ser testigo de esa revolución. Todo lo que observo alrededor está sometido a ella y no muestra visos de cambiar; al contrario, el presente madura las cosas por dentro hasta pudrirlas.

Bajo esa ley me encuentro en la terraza de un restaurante de la avenida San Martín, en Viña del Mar. En la mesa vecina un joven intenta morder una hamburguesa más alta que ancha sin que los ingredientes se le desparramen en el plato ni las manos se le pringuen de kétchup y mayonesa. Vano intento. Se lame dedo por dedo y vuelve a la carga. No hay caso. Bajo la misma ley un garzón también joven, con voz de flauta, viene a darnos la bienvenida y a decirnos que su misión es regalarnos una experiencia memorable. Quiere que nos larguemos a reír cada vez que se acerque a nuestra mesa. Que dispersemos nuestras risas como pétalos de rosas. Parece una broma pero es en serio; tan en serio que llego a sentir lástima. Su propósito, tan desproporcionado a la ocasión como el intento del vecino con la hamburguesa, me lleva a pensar qué sucedería si lo tomamos al pie de la letra y convertimos la terraza en un manicomio de risas falsas, si convenimos en degradar nuestra humanidad bajo la ley del tiempo presente.

Pero, para ser consistente con mi tarea, vuelvo a examinar las piezas y oigo a Dante León decir que podría heredar una fortuna de treinta millones de dólares. Esta noticia, a mi modo de ver, conforma el núcleo de la historia que pretendo contar, aunque sea a través del ojo de una cerradura. Luego, mi tarea es consultar a Dante cómo es posible heredar treinta millones de dólares en este mundo. Me ofrece su explicación: es la parte de la herencia que le correspondería por la empresa de su tío Ciro Pascual, avaluada en sesenta millones de dólares. Su valor de mercado se calcula multiplicando por cinco o por seis el volumen de ventas anuales. No voy a discutirle el punto, porque no entiendo nada de negocios. Solo por curiosidad le pregunto a dónde irán a parar los otros treinta millones y me dice que a su prima Angélica, que por ley de parentesco también es heredera directa, no hay nadie más. Su madre y el tío Eduardo están muertos, a ella se la llevó un voraz cáncer de útero y el tío Eduardo sufrió un infarto al miocardio tan violento que el corazón se le partió en dos como una cereza que se desgarra con las uñas. La leyenda cuenta que Ciro Pascual, a doce mil kilómetros de distancia, sintió una puñalada en el pecho a la misma hora en que su hermano perdía la vida. Hay que decir además que Ciro estaba separado de la pianista hace un montón de años y que nunca volvió a casarse ni tuvo hijos. En este lugar, siguiendo las palabras de Dante, podría concluirse que el dinero fluye por el mismo cauce que la sangre.

*

Pero yo sé algo más del asunto y al parecer Dante León ha olvidado que lo sé. O, quizás, algo que desconozco se filtró entre el tiempo de lo que sé y el presente y anula o trivializa mi conocimiento. Voy a reservarme esa pieza para el final, con declaradas ambiciones de colocar un broche de oro en esta historia. Lo que yo sé es que Ciro Pascual sí tuvo un hijo.

Fue a la vuelta de un corto exilio en la Suiza alemana, a mediados de los setenta, cuando pasó una temporada en Chaitén o en otro pueblo más remoto del sur austral. Alguien le sopló que pese a no figurar en ninguna lista de perseguidos políticos seguía bajo la mira de los aparatos represivos, y entonces partió a fondearse a la casa de una compañera de escuela de los tiempos universitarios que se había vuelto a sus tierras después del Golpe. Lo alojó durante unos meses y quedó esperando un hijo suyo. Cuando supieron la noticia ella le dijo que se olvidara del niño. No iba a condenarlo a ser pastor de ovejas, buzo mariscador, arriero o contrabandista de ganado, tampoco a enmohecerse bajo la lluvia. De ninguna manera iba a impedirle hacer su vida, que no era esa vida clandestina forzada por unas circunstancias excepcionales. Al menos según Dante esta era la versión de su tío Ciro de unos hechos ocurridos casi cincuenta años atrás, lo que también se parece a mirar por el ojo de una cerradura.

Ciro Pascual hizo su vida y se olvidó del niño, pero el hijo de las circunstancias no se olvidó de él. A mediados de los noventa Ariel se presentó sin aviso en sus oficinas. Ya no era un niño y su parecido con él le dio vértigo. Era un reencuentro con su yo juvenil. El mismo pelo cobrizo, las entradas tempranas, las pecas, sus espaldas anchas, el cuerpo compacto como un cubo. Ante cada palabra y cada gesto de su doble Ciro trataba de reprimir las suspicacias, atacado de remordimientos. Pero las sospechas se habían despertado como zombis, y no solo en él; también en Dante y Angélica, e incluso en Saúl, a quien seguía viendo después de terminar con Adriana.

*

A falta de algunas piezas me permito imaginar la entrada de Ariel en las oficinas de Ciro Pascual un otoño a mediados de los años noventa. Un día de sol viciado por el smog, como la mayoría de los días otoñales. El polvo en suspensión cae como ceniza fúnebre sobre la tierra y esta inspira nada más que polvo y lo espira a la atmósfera como un matrimonio bien avenido. Fue una compleja travesía entre combinaciones de metro y buses hasta los terrenos de la empresa ahora emplazada en las inmediaciones del aeropuerto, en una zona de espinos esqueléticos y amplios paños donde aparcan flotas de autos nuevos que lucen como una formación militar y encarnan los sueños de millones de personas que son hijos del tiempo presente.

Ariel se identifica en los portones de entrada y luego va atravesando entre camiones de carga y grandes bodegas donde ya no se almacenan únicamente productos Dakota sino una gama de bienes de importación que atiborran los supermercados como la mayonesa Imperial (“El verdadero sabor de la mayo casera”) o los fideos Bertoni (“¡Mamma mía, qué ricura!”), que todo el mundo conoce y consume, incluido Ariel, en quién resuenan los jingles como la banda musical de su juventud.

No puedo escudriñar sus pensamientos, pero he oído los ecos del discurso que soltó en las oficinas de Ciro Pascual. Podrían ser los fragmentos de una declaración de principios. Su único interés era conocerlo. Nunca le faltó un padre de verdad, pues un buen hombre del sur le había entregado su apellido y su afecto. No venía con rencor ni segundas intenciones de ninguna especie. Estudiaba Ingeniería en Minas en la Universidad Católica, tenía fe en sí mismo y en su futuro; o sea, en su prosperidad. Cualquiera puede imaginar que Ciro Pascual lo oyó en silencio, a la defensiva, y que al final de la conversación se sintió obligado a ofrecerle algo a cambio de su desinterés. En efecto, le ofreció conocer a la familia.

*

Todavía se discute si fue una buena o una mala idea. El hijo de Ciro Pascual le tomó la palabra y comenzó a aparecerse regularmente por las reuniones familiares. También yo participé en algunas y no fue necesario observarlo por el ojo de una cerradura. Pude asistir al nacimiento de un nuevo miembro de la familia, uno a quien nadie trataba de ‘primo’, ‘sobrino’ o ‘hijo de’, ni preguntaba por las razones de su acercamiento. De lejos se percibía lo forzado de la situación, el sentimiento de lástima y a la vez la suspicacia con que se relacionaban con el pariente cercano más parecido a Ciro Pascual.

Hasta que Angélica demostró su carácter. No digo que no lo tuviese antes, en los tiempos de la reunión con Mr. Watson o durante las horas que pasó encerrada con él en la suite del hotel, de las que nunca se quiso averiguar nada. Digo que su carácter había cristalizado con su vocación, la medicina veterinaria, y con el amor por los animales salvajes, sobre todo los que se encuentran en peligro de extinción o seriamente amenazados por la actividad humana. Ya no costaba nada imaginarla de voluntaria en África con los pies en el barro, alimentando crías de rinocerontes con un biberón de medio metro en una reserva ecológica.

Por lo que Dante me contó, Angélica citó a Ariel en un café e hizo el trabajo sucio. Fue de una franqueza seca y brutal, al alcance de pocos. A nadie le cabían dudas de que era hijo del tío Ciro, partió diciéndole. Cosa de ponerlos uno al lado del otro. Pero, veamos, ¿cuáles eran sus intenciones? Los lazos afectivos no se crean de la noche a la mañana, por decreto. ¿No se daba cuenta de la incomodidad que causaba en las reuniones familiares? ¿No notaba el desagrado del tío Ciro? El anuncio de su visita le inflamaba el colon, le provocaba acidez, diarreas, dolores de cabeza y mareos. Antes de recibirlo se preparaba un cóctel de famotidina, paracetamol y loperamida. ¿No quedó todo claro entre su madre y el tío Ciro hace un montón de años, de una vez y para siempre? ¿Sí o no? ¿Y entonces qué? Ya había conocido a su padre biológico. ¿Quería seguir torturándolo, destruyéndole el hígado, los riñones? Cortemos esta farsa, por favor, le dijo Angélica barriéndolo de sus vidas.

3

Voy a permitirme una digresión a propósito de la película Volver al futuro y la posibilidad de cambiar el presente modificando el pasado. Pues observo que esta historia ofrece algunas alternativas, pero a medida que ensamblo las piezas sus posibilidades se reducen así como al pesquisar un crimen el descarte de los sospechosos va conduciendo a una sola línea de investigación.

Como se sabe, Volver al futuro fue uno de los más grandes éxitos de taquilla de los años ochenta. El núcleo de sus peripecias es un viaje al pasado que termina por modificar un destino personal y familiar marcado con la impronta de los perdedores para girarlo hacia el lado de los ganadores, esos seres que habitan en la zona luminosa de la vida. Sobre este eje se articula la película y su ideología es el límite, es decir, el borde del universo; más allá no hay existencia posible ni funciones de cine.

Entonces, me propongo retomar a modo de breve y muy libre divagación la pregunta lanzada en el capítulo 2 de esta historia: ¿Cuándo acabará el tiempo presente? Ante lo cual me tienta responder —tentar una respuesta que quizás no encuentre su punto de cierre— con el recuerdo de un proyecto de novela que me desvela desde la juventud y cuyo título, La herencia de los vencidos, condensa la experiencia que me interesa dar a conocer: la derrota.

¿Qué perdemos cuando perdemos? La consecución de un objetivo. De acuerdo. Has perdido el tiempo presente, las leyes que rigen el aquí y el ahora te pesan como una condena y una amenaza constante. Una situación insensata de la cual intentas huir a cada momento porque te violenta, porque te agobia y asfixia, porque podría enloquecerte si te avienes a reír falsamente como en un manicomio.

¿Cuándo comenzó el tiempo presente? Palpo su continuidad y su densificación a medida que me aproximo al aquí y al ahora. Una situación se ha venido osificando, constituyendo sus propios límites más allá de los cuales parece no haber nada, sólo lo impensable o peor aún, lo imperdonable. Si hago el ejercicio de entrar en una máquina del tiempo en busca de respuestas, llego hasta el día 11 de septiembre de 1973. Allí se decidió el tiempo presente. Aterrizo en esa fecha para reafirmar expresamente que se trata, en todo momento, de una derrota en la Historia y no fuera de ella. Podría hacer como Michel J. Fox y pasarme al bando de los vencedores, pero me resulta imposible. Soy incapaz. No puedo volver al futuro con una sonrisa lustrada por el dentífrico Shining star, uno de los últimos productos de la marca Dakota que hoy se expende en las farmacias. Me vienen a la memoria estos versos amargos, recuerdos de una experiencia en el Teatro Caupolicán a mis tres años:

De niño fui una vez llevado al circo
los payasos me obligaron a reír
secóseme la cara como un higo
tendría que esperar un millón de años
para volver a reírme de nuevo.
Al funámbulo de la cuerda floja, entre aplausos
le gritaba “¡Que se caiga, que se caiga!”
Al final del espectáculo mis tías me preguntaron
“¿Qué fue lo que más le gustó del circo?”
y yo les respondí “El maní confitado”.

Sin haber escrito ni una sola línea de la novela, me he juramentado para que La herencia de los vencidos sea la historia de mi padre y su herencia, que soy yo, y del tiempo derrotado el día 11 de septiembre. Mi padre murió sin enterarse de mi propósito, que aquí declaro como una forma de comprometerme conmigo mismo teniendo por testigo al eventual lector de estas palabras y sobre todo a mi padre, ni más ni menos que como mi propia vida consagrada a recordarlo. Esa novela algún día será escrita como una lucha abierta y a la vez limitada (por mi propia finitud) por derrocar el tiempo presente. No se trataría más que de la voluntad de poner fin a aquello que Walter Benjamin describe en las páginas del fragmento El capitalismo como religión, y que acaso por afinidad pueda extenderse a todas las sociedades regidas por el productivismo: el capitalismo es la celebración de un culto sans rêve et sans merci, sin sueño y sin misericordia. En otras versiones del texto la palabra rêve es reemplazada por trêve, sin tregua. Ambas concurren a describir el tiempo presente.

¿Para qué abre los ojos un hombre al despertar, sin tregua y sin misericordia? ¿A qué se levanta un hombre en la mañana, sin sueño y sin misericordia? Cualquiera que haga suyas las palabras de Walter Benjamin no podría sino levantarse a luchar contra este culto, de lo contrario, o vive en el desquiciamiento o se está consumiendo a sus puertas.

4

Una vez —o quizás más de una— sufrí la infidelidad de una mujer. A la distancia temporal ya no lo rememoro como un drama intolerable, hasta me parece que nos ofrece la oportunidad de formularnos una pregunta muy pertinente: ¿a qué debemos mantenernos fieles? Sin embargo, en esos días lo recibí como un mazazo despiadado que me hizo creer que nunca más podría ponerme de pie, y entonces me paralizó el miedo.

Dante León me vio en ese estado de postración y como siempre ha sentido un gran afecto por mí, más allá de cualquier diferencia entre nosotros, se preocupó. Debo suponer que esa tarde de hace unos veinte años le habló de mi situación a su tío Ciro Pascual mientras volvían de la empresa. Su tío quería involucrarlo en el negocio de la importación, pues ya entonces lo acuciaba la necesidad de que uno de sus herederos más confiables y queridos se hiciera cargo del buque cuando no lo acompañaran las energías para dirigirlo. Era Dante o Angélica, y ella había tomado el camino de los animales salvajes.

A las puertas del edificio me esperaba un Mercedes Benz blanco de última generación con la puerta trasera abierta. En cuanto me senté Ciro Pascual se giró hacia mí, me clavó la mirada y me apretó el hombro con fuerza, conmovido, como si mi desgracia me concediera unos puntos adicionales en su mezquino aprecio de los seres humanos. Yo lo veía, digamos, una vez cada cinco años y para mí era siempre el mismo hombre, un ser inmutable. No sé por qué me recordaba de una excursión a las montañas un día de semana, una tarde fría, nubosa, un poco triste, con Dante, Angélica y también Saúl. Encendimos una fogata y Dante echó al fuego un envase de aerosol que explotó como una bomba. Fue lo más emocionante del paseo. Con mis antenas de niño me pareció advertir que su tío no disfrutaba la aventura sino que estaba cumpliendo un deber con sus sobrinos y su hijastro y que en su mente era tiempo desperdiciado. Hoy puedo decir que luchaba de sol a sol por su negocio incipiente.

O solamente luchaba. Su vida entera había sido una contienda, pero ¿contra qué? Dante me había hablado de sus padres inmigrantes, de un local de quesos y aceitunas cerca de la Estación Mapocho, de la temprana muerte de su padre y de cómo el tío Ciro debió salir a trabajar con trece o catorce años. Repartía quesos y aceitunas en un carretón de mano, almacén por almacén, casa por casa. Traqueteaba por las calles de adoquines de hace sesenta años y más empujando el carretón con un travesaño cruzado a la altura del pecho. Todo su cuerpo, desde las piernas hasta la zona del tórax que se tocaba con el palo, ejercía una tracción para vencer la inercia y desplegar el movimiento. Cuando el carretón tomaba velocidad podía levantarse del travesaño, encoger las piernas y volar unos instantes a ras de suelo, su máxima felicidad. Me pareció que en ese esfuerzo se resumía su lucha hasta el día de hoy. Más que una lucha, era una liturgia. Ciro Pascual no sabía hacer otra cosa que levantarse de madrugada a empujar un carretón para vencer la resistencia de los elementos, sin tregua y sin misericordia. Cualquier otra actividad que lo distrajese de su liturgia comenzaba a impacientarlo muy rápido. Esa cruzada personal, cuerpo a cuerpo con la vida, sublimada como gesta épica, siempre me ha provocado un desánimo profundo, una tristeza para echarse a llorar, un desinterés para ponerse a bostezar, y también una interrogante para la cual no encuentro respuesta.

*

Nos sentamos en uno de esos restaurantes de moda que se habían instalado en Vitacura junto al río Mapocho en una zona bautizada como “BordeRío”, donde unos veinte años antes existían unas poblaciones callampa que fueron arrasadas por una inundación. En un plato enorme me sirvieron poquísima comida. Entiendo que a esto se le denomina nouvelle cuisine (vaya uno a saber si lo es) y la impresión, para quien espera su pedido con apetito, es bastante desoladora. Uno aquí venía a perder peso, no a satisfacerse. Era una rodaja de atún con unas ramitas verdes encima y un chorro decorativo de salsa violácea que parecía la firma burlona de autor del plato, como si en ella pudiera leerse: “Te va a quedar en una muela, pero tú calladito que esto es de buen gusto. Bon appétit”.

Frente a mí, Ciro Pascual seguía mirándome con expresión de carnero degollado y profunda empatía por mi desgarro sentimental. Ya me daba cuenta de que la cena iba a girar en torno a mis cuernos.

Me lo planteó de una manera ilustrativa, sumamente elocuente. No existían las curas expeditas para una traición amorosa, no había recetas milagrosas ni convenía buscarlas porque luego la herida se enconaba, se pudría por dentro, seguía supurando en silencio y brotaba amarga cuando menos te lo esperabas. Estás en lo mejor de una cacha con otra mujer, te acuerdas de la traición y la herramienta se te encoje hasta el porte de una tachuela, me dijo Ciro Pascual juntando el índice con el pulgar a la altura de mis ojos.

En una situación como la mía, que había sido la suya mucho tiempo antes, uno tenía que sentarse frente a una olla repleta de mierda, no de atún en rodajas. Con los brazos en círculo sobre la mesa me enseñó el tamaño aproximado del puchero. Cada día te sentabas ante la olla y te metías una cucharada de mierda para dentro.

“Flaco”…, me dijo, asentándome las pupilas para atraer toda mi atención. E hizo el gesto de llevarse la cuchara sopera a la boca.

Era una prueba de estoicismo. Entretanto, Dante me aleccionaba al oído sobre lo mal que me conducía con la traidora, que era una caprichosa y una mimada. Cómo le permitía esto, cómo le toleraba lo otro. “Flaco”, oía de vez en cuando. Las pupilas de Ciro Pascual y la cuchara con mierda entrando en su boca. Sus facciones se habían cincelado en un material glauco, grisáceo, entre la cera y la piedra como las esculturas de los santos. En su rostro veía plasmarse el culto del carretón. “¡Flaco!”… Y la cuchara a la boca. Sus pupilas fijas, botones de cristal incrustados en la carne pétrea. Dante en mi oreja: Te tienen de las pelotas. “Hasta que un día —escucho—, miras el fondo de la olla y ya no hay más mierda: se acabó”. “¡Flaco!”. Otra vez la cuchara. Y yo me pregunto si algún día se termina la mierda de la olla. ¿O forma parte de los misterios religiosos?

5

Por el ojo de una cerradura veo a una mujer de belleza legendaria. Una de esas mujeres que con su aura van enamorando hombres al pasar. A Ciro, a Dante León, a Oliver Parvus o Partus, e incluso a mí, que la conozco por un recorte de periódico en blanco y negro en el que las teclas del piano hacen juego con los colores de su pelo, de su piel y su sonrisa arrogante, revoltosa. Una mujer que podía enloquecerte tanto para bien como para mal, me advertía Dante. Una enferma del mate, decía su tío Ciro Pascual como si necesitara mantenerse a salvo de una marea turbulenta. Antes de partir al exilio ya le había hecho unas cuantas escenas. Una vez llamó a la policía y lo acusó de violación de domicilio. “Llévense a este hombre, no lo conozco”. Ciro bajó esposado las escaleras del edificio, con los pacos detrás. Desde la calle miró hacia arriba y la vio llorando en la ventana como si recién tomara nota de su arrebato.

De una hermosura rabiosa, decía Dante. Y yo le creía, insisto, pegado al ojo de una cerradura. Había soñado con ella. Se me acercaba sonriente, maliciosa, con ropas y atuendos de una época que la había encumbrado en su espuma. Un época indeciblemente más feliz, me decía yo dentro del sueño. Un vestido a cuadros hasta las rodillas, zapatos de terraplén, peinado globoso y un pañuelo de colores rodeando su cuello. Le quitaba el pañuelo y su cabeza caía guillotinada entre mis brazos como si saltara hacia mí a través del tiempo. Me preguntaba con qué adherirla al cuerpo como si de esa hazaña dependiera la suerte de la novela que no había escrito pero empezaba a redactar en sueños con una lógica que al despertar me resultaba incomprensible.

*

No hay fotos, no hay testigos. De todas maneras los veo subir por la escalerilla del avión de la Swiss Air casi con lo puesto, uno o dos bolsos de mano y los restos de esa espuma que aún no se evapora totalmente, pues rara vez dimensionamos la magnitud de un desastre histórico y la inercia nos induce a pensar que todo podría retrotraerse, que en una de esas Michel J. Fox nos hace un hueco en la máquina que viaja a través del tiempo.

Por algún motivo que Dante ignora y que probablemente se relaciona con su condición de refugiados políticos, un funcionario internacional los acogió en su piso de la Mathius Corvinusgasse, en Berna. Ese tal Corvinus había sido un alquimista medieval, Ciro se enteró de ello por pura casualidad. El edificio era la construcción más extravagante que había visto en su vida: un apartamento independiente de segundo piso con muros de piedra y salida a una terraza en altura convertida en jardín de plantas. Una selva tropical encima de la cabeza, que al funcionario internacional le parecía lo máximo.

Lo peor para Ciro es que las desgracias se nos imprimen hasta en sus ínfimos detalles: el funcionario se llamaba Oliver Parvus o Partus, nunca logró oír bien su apellido. Era de ancestros angoleños. Un negro de modales finos, dedos largos que sostenían una pipa que echaba un humo dulzón. Camisas blancas y chalecos marrón claro, abotonados. Quiso el destino que en su salón hubiese un piano. Clarissa (ella, la pianista) empezó darle lecciones al funcionario internacional y este, a cambio, a enseñarle el idioma alemán. Ella no solo se propuso hablar la lengua sino también aprender con rigor su complicada sintaxis y su ortografía, otro más de sus caprichos.

Ciro Pascual se ganaba la vida en una fábrica artesanal de embutidos. Molía vísceras, las sazonaba, las amasaba en una pasta asquerosa; el olor a carne y a especias se le había impregnado en las palmas, bajo la piel, tal vez en el espíritu, y a la pianista le repugnaba. A vuelta de la fábrica atravesaba el jardín de plantas en la terraza y los veía sentados al piano, de espaldas a él, tocando a cuatro manos. O los veía de frente en el escritorio que miraba al amplio ventanal, repasando ejercicios de sintaxis y ortografía alemanas. Clarissa repasaba inclinada sobre la mesa y Oliver Parvus o Partus se paseaba por detrás explicándole algún aspecto del idioma con aires de profesor de colegio. Los cristales dobles apagaban sus voces. Parecía una obra de teatro mudo. Algo de estilo japonés, he pensado yo, ignoro por qué. Ciro saludaba con una mano y seguía de largo para ir a lavarse.

Una tarde no los encontró ni al piano ni en el escritorio. Estaban tirando sobre la alfombra. El suizo-angoleño se montaba a su mujer y ella lo abrazaba con las piernas rodeándole la espalda. No habían terminado de desvestirse.

Quizás Ciro Pascual se fue a negro, perdiendo la memoria unos instantes. Nunca logró aclarárselo a sí mismo, le dijo a su sobrino Dante León. Al momento siguiente Clarissa y el otro hombre se encontraban frente a él en la terraza, tomados de la mano. No habían terminado de acomodarse bien la ropa; los faldones blancos de la camisa del funcionario caían sobre el cinturón, un hombro de su mujer estaba tapado por el vestido, el otro al descubierto. En la bragueta de Parvus, o Partus, se delataba una erección. Su rostro le sonreía. Podía quedarse la tiempo que quisiera en el apartamento, sin pagar. Clarissa se iba a vivir con él. El funcionario internacional se lo ofrecía en un castellano más o menos correcto. Al parecer, la pianista también le había estado enseñando su lengua.

Su perplejidad no abatía las sonrisas de la nueva pareja. De ella, la enferma del mate, se podía esperar cualquier cosa; toda su vida, todas sus decisiones, se explicaban por la falta de cordura. En cuanto a la forma en que se condujo esa tarde el funcionario internacional Parvus o Partus, Ciro había llegado a la conclusión, racista a más no poder, de que era la mezcla nefasta entre el elemento civilizado suizo y la barbarie africana, en la cual siempre predomina el componente salvaje y tribal, que se enmascara en las buenas costumbres aprendidas a la ligera. El tipo se floreaba como diplomático en congresos y conferencias, pero le ponías una concha por delante y volvía a ser un mono. Ciro había experimentado la diplomacia de lo brutal, como que te notifiquen segundos antes de lanzarte una bomba atómica. Así resolverían esos enredos en la tierra de sus antepasados, cada vez que el príncipe del clan se encaprichaba con una plebeya. Ante ese cuadro uno no encuentra las claves para comportarse. No al menos un hijo de inmigrantes napolitanos nacido y criado en la comuna de Independencia, Santiago de Chile, a unas dos cuadras del Hipódromo. Si lo supiera habría patentado la receta y sería millonario desde mucho antes, con menos esfuerzo y menos sacrificios. Eso le dijo Ciro Pascual a su sobrino Dante León, que luego me lo relató a mí, el dueño de estas piezas y engranajes que buscan convertirse en un reloj que haga tictac.

6

Ahora que me acerco al final observo que me sobran estas piezas y que algo parecido me ocurría de niño al ensamblar un juguete con la ayuda de un plano o un manual de instrucciones. Piezas que no sabría dónde encajar, que no calzan con las otras ni parecen cumplir una función específica. Pero ni la realidad ni el lenguaje crean piezas inútiles, diría yo, y ese juicio me hace pensar que tal vez he construido el artefacto equivocado, por usar el plano equivocado o por haberlo leído mal. Todo por mirar a través del ojo de una cerradura.

Son piezas y engranajes del presente, no hay duda. Sin perder de vista que el tiempo presente se viene prolongando desde que tengo uso de razón. Toda mi existencia, prácticamente. Me encuentro en la superficie de una tierra osificada y los objetos sensibles tienen su razón de ser en las más profundas capas geológicas de este tiempo. Para decirlo de otro modo: todos ellos resuenan hasta los avernos.

¿Dónde me encuentro, entonces? Ante el frontis de un edificio que tiene el color y la textura de una piel de elefante. Una construcción de los años cincuenta del siglo pasado, diez pisos, muros exteriores de un metro y medio de espesor, muros interiores de ochenta centímetros de espesor. El arquitecto de esta obra se propuso construir una fortaleza o un claustro a prueba de cataclismos en medio de la ciudad, en una calle de Providencia no muy lejos de la manzana donde hubo una casa de estilo neoclásico de la que ya se habló.

En el tiempo presente Ciro Pascual habita en los dos últimos pisos, que ocupan toda la planta del edificio, unos mil quinientos metros construidos, más o menos. Todos nos preguntamos, al menos la primera vez, cómo ha sido esto posible. La respuesta es que el arquitecto que diseñó la fortaleza quiso reservarse una planta completa para él y otra para algún ser muy querido, tal vez su madre, y las conectó por dentro a través de una escalera de mármol de dos tramos con un amplio descanso intermedio.

Dante León fue contándome los progresos de la remodelación, que en total duró un par de años y estuvo a punto de enloquecer a uno de los vecinos, quien un día no soportó más el ruido de los taladros y máquinas picadoras y esperó a Ciro Pascual a las puertas del departamento para reventarle el cráneo con un martillo. Ciro negoció con el vecino ofuscado una compensación monetaria para calmar los ánimos, lo que me induce a pensar que en ciertos casos el dinero puede hacerte entrar en razón.

*

Grandes puertas correderas revestidas con láminas de caoba dividen las salas y habitaciones. Cuando están abiertas es posible lanzar la mirada de uno a otro extremo de cada piso y recibir de vuelta la impresión de una amplitud muy holgada, como si los espacios fueran bolsones de soledad. Uno llega a decirse (yo, al menos) que se trata de un efecto buscado pues la idea, justamente, es sentir el placer de no encontrarse con nadie, el placer de arrojar la mirada a través de la soledad y el silencio. Puesto que es imposible entenderse con nadie —dada la naturaleza del tiempo presente—, quien tiene el poder de comprar su soledad, aquel que puede ahorrarse el desagrado de lidiar con otros seres humanos que se comportan como él, lo hace. Así de sencillo. La soledad y el silencio son bienes de consumo.

En el piso superior hay una mujer. Su nombre es Clara y nunca la he visto. Se trata de la última pareja de Ciro Pascual. Deben llevar unos quince años juntos y hace unos diez o doce años que Ciro perdió interés en ella, pero a esta altura no está de ánimo para reacomodar desde los cimientos su situación sentimental y, por lo que sé, desde hace un tiempo mantiene una relación discreta con la gerente de Recursos Humanos de la importadora, una mujer casada. Cuando hay de por medio asuntos como el trabajo, el poder y la posibilidad de despedir empleados, contratarlos o reasignarlos a otra unidad como si fueran parte de mobiliario, las relaciones se electrifican como si nos viésemos envueltos en los terminales nerviosos de la existencia, aunque para mí solo se trata del erotismo propio del tiempo presente.

Clara también toca el piano; lo hace por diversión, lo aprendió cuando era niña. Ella se define como una terapeuta del alma. Impone las manos y aplica imanes curativos para realinear las energías corporales. Trabaja con flores de Bach y otras hierbas. A Ciro Pascual todo aquello le huele a charlatanería, pero solo lo comenta con su sobrino Dante León, que me lo hace saber a mí, que la imagino a ella.

No la he visto jamás, ya se dijo. Pero una vez la oí tocar el piano. Desde la planta superior los acordes bajaban por los peldaños de mármol y nos alcanzaban diluidos en la sala donde Ciro estaba viendo televisión tendido en un sofá y Dante esperaba de pie la respuesta a un pequeño favor, y yo simplemente lo acompañaba.

Todo el mundo le pide favores a Ciro Pascual, que los concede a disgusto haciendo notar el fastidio que le provocan estas solicitudes. Lo hace a propósito, como si gozara rebajando a quienes dependen de su buena voluntad. Las personas a su alrededor parecen ser una molestia; diría que incluso él es una molestia para sí mismo, especialmente al final del día, cuando pone a descansar el carretón de mano y la sustancia del tiempo se transforma en una procesión funeraria.

¿Está muerto el tiempo libre?, me pregunto. En sus ratos de ocio Ciro Pascual mira por TV combates de artes marciales mixtas de la Ultimate Fighting Championship en un canal pagado de deportes. Hombres y mujeres intentan vencerse uno al otro por la vía del nocáut o el estrangulamiento. La cúspide del espectáculo son los instantes en que uno de los luchadores se desploma tras un golpe seco en la mandíbula o el cuerpo se le afloja por la asfixia y parece que fuera carne muerta. Ante aquel espectáculo se encuentra Ciro Pascual y Dante espera la respuesta a su favor.

*

Con las chauchas de engranajes y piezas que me sobran podría decir que en esos momentos estalla una discusión entre Ciro y su sobrino Dante León a causa del favor que este le pide. La discusión sube de tono hasta la violencia verbal y Dante, ciego de resentimiento, le suelta una bomba que le tenía reservada desde hace muchos años: le dice que su fortuna se levanta sobre la prostitución de su sobrina, la hija del hombre a quien más quiso en esta tierra.

Uno podría pensar que Ciro está preparado para ese y otros golpes todavía más demoledores. Pongamos que así es. Entonces le responde que si esa es su opinión, da por sentado que no está dispuesto a aceptar su herencia. Y en un arrebato desafiante marca el número de Ariel y le anuncia que ha decidido reconocerlo como su hijo y legítimo heredero.

Esa escena podría desencadenar el comienzo de una historia diferente, con una trama que, lo admito, me causa un profundo desinterés y un gran desánimo. Habría que introducir abogados, jueces, tribunales, cuestiones tributarias, peritos de distintas especialidades y otros ingredientes. Puede que los manuales para escribir historias de ficción entreguen algunas luces para alumbrar esa ruta. Pero he renunciado a todos los manuales para no desquiciarme.

*

Por el contrario, imagino un desenlace de otra especie. Al tomar esta decisión me doy cuenta de que no poseo ninguna pieza como broche de oro para cerrar la historia y he creado falsas expectativas para engatusar a un eventual lector. Mil disculpas.

Lo que sigue es de otra especie, ya se dijo.

Las notas del piano todavía se deslizan por las escaleras hacia nosotros. No sabría cómo definir su sonido sino comparándolo con una melodía luciferina que modela los espacios o quizás es modelada por ellos. Eso está por verse. Bajo aquella melodía Ciro Pascual se levanta del sofá, apaga el televisor y fija en mí sus pupilas de cristal hundidas en la piel marmórea o cerosa. Y yo empiezo a moverme al son de sus impulsos.

En este sueño (no sabría calificarlo de otra manera) nos internamos de sala en sala y de habitación en habitación hacia el fondo del noveno piso, hasta una última pieza que, por alguna razón que no logro captar, no puede verse a simple vista, o sea, cuando todas las mamparas y puertas están abiertas. Digamos que su esencia no se ofrece a los sentidos.

Pues bien, en esta última pieza se encuentra el trono de Lucifer, y el trono está ocupado. Saque usted sus propias conclusiones.

A medida que voy avanzando hacia el fondo del noveno piso hasta encontrarme con el susodicho, ya no me caben dudas de que estoy dentro de un sueño y lo que aquí se va escribiendo es La herencia de los vencidos, esa novela que pretende acometer contra el tiempo presente. Por lo tanto, pongo toda mi atención en sus situaciones, aun cuando sé que al despertar me será imposible hilvanar su sentido.

Vamos cruzando en fila india ante el trono del ángel caído. Ciro, Dante y yo. El príncipe de los infiernos no parece nada del otro mundo: es un poco más grande que nosotros, un poco más musculoso que nosotros. Como pasado por el gimnasio, se diría. Su piel rojiza brilla como si estuviera embadurnada con esmalte al óleo. Tiene unos cuernos curvos como en las películas y un anzuelo en la punta de la cola. Está hecha para pescar almas, me digo. El príncipe de las tinieblas no es nada del otro mundo, insisto. Y aquí vamos pasando por su lado. Please to meet you, le dice Ciro Pascual con una inclinación respetuosa. Buenas noches, nos responde a todos Lucifer, el señor de los infiernos.

Más allá de su trono hay otra puerta que está, digamos, al fondo del fondo del averno. La puerta tiene una cerradura y la cerradura, un ojo. Esto me huele familiar. Y detenido ante ella, solo, me sobreviene una reflexión un tanto osada. Más que atrevida, insolente. Una de esas ideas que uno se permite en los sueños y que en la vigilia nos abochornan. Pienso en el otro Dante, el autor de La Divina Comedia. Y entonces me doy cuenta de su error. No ha sido una equivocación cualquiera sino un error cardinal. Un error de orientación geográfica que ha decidido el curso de la humanidad (frases de este tenor no se pronuncian más que en los sueños, ya se dijo).

Te equivocaste medio a medio, le digo al Dante, aunque no se encuentre a mi lado sino en el Paraíso, tal vez, junto a Beatriz. Se lo digo sin temor a su genio terrible y a sus balandronadas. Oye, le digo, al llegar al fondo no había que devolverse. Mira. Y le enseño la puerta que hay frente a nosotros. Por aquí es la salida. ¿En qué estabas pensando? Dante Alighieri se reserva sus palabras. Junto a la puerta veo a mi padre, huérfano. ¿Cuándo se acaba el tiempo presente?, le pregunto.

¿Papá?

*Fuente: Politika

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