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Gral. Bachelet a su hijo: «…siempre he pensado que el ser humano es lo más maravilloso de esta creación y debe ser respetado como tal.» 

Gral. Bachelet a su hijo: «…siempre he pensado que el ser humano es lo más maravilloso de esta creación y debe ser respetado como tal.»
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Pocos, si es que alguno, de quienes pertenecíamos a la FACH a comienzos de los años 70, pueden guardar un mal recuerdo del general Bachelet. Al estado llano al que yo pertenecía en esa época, nos llegaba su imagen juvenil y afable, contrastando con la adustez de sus pares. Desde su cargo de Director de Finanzas era conocida su excelente disposición y comprensión frente las extendidas necesidades económicas del personal, necesidades que no hacían diferencia entre suboficiales y oficiales subalternos. La popularidad del general tenía también otra base. Su espíritu deportivo estimulaba esta práctica dentro de la Fuerza Aérea en diversas disciplinas, muchas en las que él mismo se destacaba. Básquetbol para empezar- deporte que continuó practicando y estimulando en la cárcel- tiro skeet (al platillo), tenis entre otros. Y si mal no recuerdo, jugó también un papel preponderante en el paso institucional por el fútbol profesional con el Deportivo Aviación. Profesionalmente era también distinguido. Por algo había ocupado la única plaza de general reservada a su especialidad de administración. Conocíamos también de sus inquietudes intelectuales que se expresaban, entre otras, en el secreto público de su pertenencia a la Masonería, en la que también ostentaba un alto grado.

Quienes pretendíamos conocer a nuestros jefes más allá de sus apariencias, sabíamos también de su sensibilidad progresista y de sus simpatías con el Gobierno del Presidente Allende. Por eso no me sorprendió que a fines del año 72 éste solicitara a la Fuerza Aérea su destinación al Ministerio de Economía, para asumir la Secretaría Nacional de Distribución dependiente de esa cartera, a la sazón a cargo de don Orlando Millas.

Por ese tiempo yo egresaba de la Escuela de Economía de la Universidad de Chile a la que las autoridades institucionales de la época me habían autorizado ingresar, atendiendo a mis antecedentes académicos y profesionales y sin perjuicio a mi especialidad de piloto de combate. También entonces ya eran conocidas mis opiniones políticas, aderezadas con los frescos argumentos que me otorgaba la universidad. Mi posición todavía era vista y tolerada como una excentricidad de intelectual, como se me catalogaba. Sólo los más cercanos sabían que tras esas opiniones había también un compromiso de fondo. También lo sabían el Presidente y el general.

La conjunción de los elementos señalados determina que el decreto que comisiona al general al Ministerio de Economía incorpore también mi nombre. De esta forma en los primeros días del mes de enero del 73 el general Bachelet asume como Director de la Secretaría Nacional de Distribución, SND, designándome como su asesor y jefe de gabinete.

Los esfuerzos de desestabilización emprendidos contra el Gobierno popular por la oposición, desde los mismos inicios de su mandato -y aún antes-, durante el 72 habían centrado sus fuegos en el desabastecimiento, particularmente en el doméstico que más afectaba a la sensibilidad de la población. Para ello contaban con la complicidad del transporte y las empresas distribuidoras y con una muy bien articulada campaña de acaparamiento, que apostaba al fenómeno de la profecía auto cumplida. (Se va a acabar el azúcar y la harina, la sal)

La SND había sido creada para enfrentar este boicot, sin embargo la belicosidad de la oposición y las contradicciones políticas de la coalición de gobierno no le habían permitido desplegar su potencialidad. Se requería con urgencia una conducción que diera confianza a todos los sectores, que fuera impermeable a la manipulación político-partidista y con suficiente autoridad para imponer las soluciones técnicas que mejor respondieran a las urgentes necesidades sociales.

La respuesta fue llamar para ese cargo al general Bachelet, quien respondió con creces a las expectativas puestas en él, dirigiendo asertivamente a un grupo de profesionales asignados a su Secretaría y proveniente de todos los partidos de la UP. En los nueve meses de su gestión, controlando eficazmente a las empresas distribuidoras intervenidas que estaban bajo su dirección y estimulando tanto la participación de los pequeños comerciantes como la organización vecinal, logró señalados éxitos en garantizar el abastecimiento básico a todas las familias de Chile. La tarea no era fácil, pues a la desconfianza y antipatía de los comerciantes y de importantes sectores de la población con las iniciativas gubernamentales, se sumaban las concepciones antagónicas sobre el abastecimiento que sostenían partidos y movimientos del sector popular.

Por una parte se postulaba el abastecimiento directo (canasta popular) excluyendo de la red de distribución al pequeño comerciante, que constituía un importante segmento social. Por otra se pretendía restar protagonismo a la organización social o partidizar los mecanismos de distribución y control. Con una sólida autoridad moral y con una incansable disposición al diálogo el general fue venciendo resistencias, desalentando las presiones y ganando adeptos transversales a las políticas diseñadas bajo su conducción para administrar la escasez objetiva y contrarrestar el desabastecimiento. No pocas veces también su autoridad militar definió soluciones políticamente conflictivas.

Desde la SND se diseñó el Reglamento de las Juntas de Abastecimientos y Precios, JAP. También desde la Secretaría se consolidó un catastro nacional de pequeños comerciantes y consumidores desglosado hasta nivel de manzana, que permitió una distribución eficiente de los bienes de consumo básico a nivel nacional. Como forma de descentralización se crearon las Secretarías Regionales de Distribución, lo que además de agilizar la gestión y sumar a las organizaciones locales al esfuerzo distributivo, permitía conocer las situaciones y problemas concretos hasta de los más remotos lugares. Esto determinaba que el trabajo del general no se restringiera a la capital, sino con frecuencia visitara las dependencias regionales. Y todo esto se hizo en menos de nueve meses. Trabajábamos sin descanso ni horario. Nos movía no sólo la grave responsabilidad de la función asumida, sino también el entusiasmo contagioso de pobladores, dueñas de casas y estudiantes movilizados en torno a la distribución. No puedo negar que también nos movía el amor por la camiseta.

Nuestra Comisión de Servicio la cumplíamos como Oficiales de la Fuerza Aérea, por lo tanto las tareas cotidianas de atender comandos vecinales, JAPs, organizaciones de pequeños comerciantes, dirigentes poblacionales, ejecutivos de empresas, autoridades políticas, etc., las cumplíamos vistiendo rigurosamente nuestro uniforme de aviadores. ¡Y nos sentíamos bien! Pero la motivación principal que movía al general y a mi, era el ser parte de un proyecto político con el cual nos identificábamos plenamente. Sin militar entonces en partido alguno, nuestra lealtad hacia el gobierno y particularmente hacia el Presidente era irrestricta. Muchas veces, al caer la tarde, comentábamos los preocupantes acontecimientos de cada día. En la intimidad de su oficina y contemplando la noche santiaguina desde el piso 19° del ahora edificio Diego Portales, dejábamos fluir nuestros sueños y temores.

Borradas las diferencias generacionales y las jerárquicas y en torno al infaltable té que nos servía Ximena, su secretaria, compartíamos candorosamente nuestras coincidentes visiones desde nuestras respectivas perspectivas. La de él, desde un compromiso maduro, informado y crítico, marcado con la prudencia y sabiduría de los años. La mía, desde un compromiso activo y militante; urgido con el «avanzar sin tranzar». Conocedor y comprensivo con mis iniciativas proselitistas militares, la suya era la actitud de un compañero-general: contentivo, consejero, previsor y reflexivo. Confiaba plenamente en la honestidad y consecuencia de Allende y la de muchos de sus colaboradores; tenía una gran fe en la vigencia del proyecto, sin embargo, como buen militar, lamentaba la dispersión de estrategias y fuerzas en el seno de la coalición de gobierno. No toleraba la indisciplina que desdibujaba la conducción unitaria del proceso. Coincidíamos en estas apreciaciones, que ponían un sabor amargo a nuestro té nocturno.

El general Bachelet tenía frecuentes oportunidades de reunirse con el Presidente, en algunas de las cuales tuve el privilegio de acompañarlo. La admiración y lealtad era recíproca entre ambas personalidades, expresándose particularmente en la franqueza de los diálogos en torno a la situación general del país y en los problemas del abastecimiento. La deferencia del general hacia el presidente no morigeraban su respetuosa franqueza. La fuerza y entereza del general Bachelet con este compromiso político y profesional tenía también una fuente próxima: su familia. Como solía decirme, era importante contar con una retaguardia sólida, que alentara en nuestro caso- una opción personal cada vez más resistida en nuestro entorno militar. Recuerdo nítidamente como en oportunidad de trabajar con la Secretaría Regional de Iquique, nos acompañó con entusiasmo Ángela, su esposa. Haciendo un alto entre las múltiples reuniones, el general se dio tiempo para acompañarla al desierto para visitar sitios arqueológicos del interés de ella. Constituían una sólida pareja con múltiples identificaciones. La política era una de ellas, lo que constituía para el general un importante aliciente que contrarrestaba la creciente animadversión del generalato, en cuyo seno ganaban posiciones las opiniones más reaccionarias. Este apoyo sería más tarde insustituible, cuando el peso del odio-temor de los golpistas se ensañó con el otrora admirado general. Fue arrestado el mismo día 11 por los mismos que hasta horas antes disfrutaban de su amistad de treinta años.

Nos volvimos a encontrar el domingo 16 de septiembre en los subterráneos del Ministerio de Defensa, ambos dados de baja de la Fuerza Aérea y detenidos para enfrentar acusaciones ante la Fiscalía de Aviación, constituida circunstancialmente en ese lugar. El dolor generado por los acontecimientos no le impedía imponer naturalmente ante los interrogadores su dignidad de general. Las pesquisas pretendían aclarar supuestas vinculaciones con cubanos que en su carácter de Director de la SND habría tenido. ¡Y tratándose de cubanos, no podían dejar de ser peligrosamente subversivas! Frustrados con el nulo avance de tales investigaciones, al caer la tarde fuimos enviados incomunicados al Regimiento de Artillería Antiaérea de Colina. Soportando un trato duro pero respetuoso, permanecimos en ese lugar hasta el miércoles 19, día en que fuimos violentamente cambiados de lugar y de trato. Mientras éramos trasladados en un bus hacia el helicóptero que nos esperaba con su motor en marcha, el despliegue y rudeza de nuestros guardianes despierta en el general un sentimiento que volvería a repetirse con frecuencia: ¡nos van a matar!.

El fatídico vuelo, que en su rumbo inicial hacia la cordillera me hizo sentir con fuerza las aprehensiones del general culmina en la Academia de Guerra de la FACH, la AGA, transformada entonces en lugar de reclusión y tortura. Nuestra condición de oficiales, respetada hasta entonces, se desvanece con los primeros culatazos e improperios que nos reciben en el campo deportivo donde aterriza la nave. Los paradigmas jerárquicos internalizados por mí a lo largo de mis quince años de carrera se hacen añicos al ver el insólito y vejatorio trato que dan al general subtenientes y otros oficiales subalternos transformados en esbirros. ¡Entrábamos al núcleo represivo de la Fuerza Aérea!

Lo que sigue en ese centro de estudios devenido en antro es historia conocida. Las torturas, agravadas por la torpe manipulación de los aprendices de verdugo, se suceden en las horas, días, semanas y meses siguientes, sin distinguir jerarquías, grados, edades ni condiciones de salud. El general Bachelet no es una excepción. Ni su grado, ni su simpatía, ni su edad, ni su previo ataque al corazón detienen la furia de quienes fueron sus subalternos ni tampoco de quienes fueron sus amigos y camaradas por treinta años: los generales de entonces, promotores de la tortura algunos, cómplices tolerantes otros, sumisos y acobardados los más. Por algún tiempo nuestros caminos se separan en los oscuros subterráneos de la AGA. El empeoramiento de su salud obliga a sus captores a trasladarlo al hospital institucional. Nos reencontramos días antes de Navidad en la Cárcel Pública de Santiago. Hasta allá habíamos sido trasladados los oficiales y suboficiales procesados por la Fuerza Aérea al culminar la fase investigativa del proceso. Éramos cerca de un centenar. Se nos apiña en la Calle 2 de ese recinto penal, en cuyo acceso luce el rótulo prisioneros de guerra. Con otros diez compañeros compartimos con el general la celda 12 en la esquina del patio. Con una superficie escasa, que permitía después del encierro (a las 5 de la tarde) sólo una o dos personas de pié, acomodábamos nuestras camas en altura, como un curioso gallinero vertical.

La débil y relativa seguridad que nos otorga la cárcel da pie a la organización de nuestras vidas en ese lugar. El general Bachelet asume el liderazgo de una conducción colectiva en la que, a pesar de la rasante o igualante condición penitenciaria, las jerarquías de alguna forma prevalecen. Ya no son las estrellas ni los galones de oficial que las sustentan, sino la fuerza moral y ascendiente que cristaliza en algunos en las situaciones límites. Rápidamente transformamos el deteriorado y maltrecho lugar en un lugar vivible, aseado. También prontamente adquirimos la cultura artesanal carcelaria, partiendo por los repujados en cobre, y se organizan las pichangas y los juegos de básquetbol, aprovechando el patio rectangular y embaldosado en torno al cual se ordenaban las celdas. El general participa entusiastamente en todas las actividades.

Un día aserrando madera para proveer de camas a los que no les había alcanzado, otro, repujando su diseño, que eran unas manos provenientes de una oscura celda aferradas a unos fieros barrotes, y frecuentemente disfrutando del básquetbol, como jugador, árbitro o alentando a su equipo. Tenemos por primera vez acceso a visitas una o dos horas por semana. La oportunidad es importante no sólo sentimentalmente, sino constituye el contacto con el exterior. Ángela, junto a otras compañeras, se convierte prontamente en nuestra emisaria con las instituciones nacionales e internacionales de derechos humanos. Encabeza de esta forma el general Bachelet una acción de denuncia que permitiría hacer públicas nuestras precarias condiciones vitales y jurídicas. También las visitas nos proveían de alimentos que en cada celda, el personal de turno preparaba para la carreta. Nadie se omitía de estas obligaciones, que partían con la preparación del desayuno, el almuerzo y la merienda para el encierro, con lavado de platos incluido. Cuando se reiniciaron las citas a la AGA, muchas casi con carácter de secuestro, descubrimos que la tal seguridad provista por la cárcel era inexistente. Y el general no fue una excepción.

En el mes de febrero, cuando el Fiscal desesperaba por no contar con los elementos que le permitieran tener un caso sólido para el consejo de guerra que se aproximaba, comienzan los repasos. Así llamábamos a las nuevas sesiones de tortura en la AGA que buscaban incriminaciones duras. El general Bachelet es integrado a estos repasos. Obvio, hasta entonces nada había que justificara su detención y prevista condena. Los apremios que recibió el general en esas citas lo afectaron. Lo notamos dolido y preocupado. Sus interrogadores buscaban desesperadamente inculparlo con cargos descalificadores que justificaran ante los incrédulos y quizás ante ellos mismos tan aberrante como inexcusable represión.

Esa mañana del doce de marzo el general estaba de turno. Después de la apertura de la celda y la cuenta matutina, se afanaba lavando los platos usados en la noche. Sabía que durante la mañana Ángela llevaría los alimentos que consumiríamos ese día. A su lado, yo me afeitaba nervioso pues durante la noche me habían notificado que esa mañana sería llevado a una cita. Mi nerviosismo era contagioso, el peligro y sensación de vulnerabilidad se extendía entre todos. Es entonces cuando le sobreviene al general el ataque al corazón. Mientras el comandante Yáñez, médico de la Fuerza Aérea procesado con nosotros, le aplica los primeros auxilios, otros compañeros golpean desesperadamente la puerta de hierro de la calle pidiendo ayuda.

Enteradas las autoridades carcelarias de la situación, deciden buscar al enfermero del recinto para que evalúe la situación, impermeables a las exigencias estentóreas de todos pidiendo y suplicando se actúe con la urgencia necesaria. En el ínter tanto yo había sido trasladado a la galería de entrada de la cárcel en espera de mi traslado. Desde allí, ya encadenado, observo como el general es trasportado por algunos de los compañeros en camilla hacia la enfermería. Uno de ellos, el capitán Silva, me trasmite con un gesto de su mirada lo irreversible de la situación. La crueldad e insensibilidad de sus camaradas y la negligencia ¿culpable? del Servicio de Prisiones le habían arrebatado la vida.

Esa noche, de regreso a nuestra celda, mientras desenvolvemos los alimentos que nos había llevado Ángela y que habían permanecido intocados durante el día, descubrimos que en el fondo de una torta había pasado oculta una bolsita con pisco sour. ¡Ángela y el general habían querido darnos una sorpresa!

Puestos de pié aquellos que podían y el resto sentados en sus camastros elevados, con la solemnidad de soldados honrando al camarada caído hicimos un brindis. Brindamos desde el fondo de nuestros corazones por el magnífico compañero que había desplegado sus alas al más allá; brindamos por el valiente oficial que nos había alentado con su ejemplo y conducción; brindamos por el General que despreciando los privilegio de su rango, había optado por la noble causa de los pobres y marginados de su Patria.

En mi rincón oscuro, el quebranto fue aliviándose con la cálida sensación de orgullo, de privilegio, de trascendencia y de fuerza, todo cristalizado en el recuerdo imperecedero de un hombre que había, con su muerte en la cárcel, ennoblecido nuestra causa, honrado el uniforme que compartimos y alcanzado las estrellas: el General de la Fuerza Aérea de Chile Alberto Bachelet Martínez.

San Jose, Costa Rica
(14/03/05)

-El autor,  Raúl Vergara Meneses, es hoy Capitán FACH (R), Ing. Comercial U.Ch. -Asesor Proyecto Fuerzas Armadas y Derechos Humanos Instituto Interamericano de Derechos Humanos.

*Fuente: LasHistoriasQuePodemosContar

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3 Comentarios

  1. Hector Felipe Ortega Verbal

    He leido íntegramente lo del señor Raul Vergara Meneses con mucha emocion ,tantas personas como el General Alberto Bachelet Martinez en Chile, con su bondad , su inteligencia, con sus talentos , fueron exterminadas sistemáticamente por una de las mas oprobiosas formas de exterminio en nuestro pais por un conjunto de individuos que utilizaron todos los recursos del Estado para sus fechorias, con el respaldo de la la calumnia ,de la infamia ,de la falacia no conocida de tal manera en Chile,exterminada gran parte de nuestra sociedad mediante la tortura,los campos de concentracion, la huida del territorio nacional de miles de nuestros compatriotas o sea la perdida para la nacion de grandes valores culturales, han transcurrido casi un siglo y con mu dificil recuperacion de nuestros valores mas que democraticos , morales,eticos
    actualmente con gobiernos de ineptos, de inaudita crueldad para sus habitantes con el uso desmedido de la irracionalidad policial,acrecentada mas aun con este flagelos de caracter mundial, Vine una nueva eleccion el 11 de abril como consecuencia del movimiento social del 18 octubre del 2019
    que puede suceder frente a su vez a las artimañas de un sector social enemigo del pueblo chileno? Es toda una incognita,para saber que solucion espera el pueblo chileno.
    En todo caso reitero mis congratulaciones al señor Vergara Meneses
    digno de

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