ras el rotundo triunfo del Apruebo, muchos, legítimamente, estarán celebrando y descorchando botellas para dar la bienvenida al nuevo Chile que se nos viene. Yo mismo marqué esa opción, así como la del mecanismo de la Convención Constitucional.
Sin embargo, hoy no celebro con entusiasmo. Me invade la cautela, me llena un desasosiego que, sin embargo, no disminuye la esperanza, las ganas por construir un Chile más justo.
Es que hace 32 años, un día miércoles 5 de octubre, siendo un joven de 21 años, celebré a más no poder y con vino barato el triunfo del No, que jurábamos en aquel entonces, pondría fin a la dictadura y al sistema neoliberal que había implantado a fuerza de los fusiles.
La historia de lo que pasó después ya es conocida, y es no necesario ahondar mucho en ella.
Sólo contar que llegó la democracia, y que la alegría que venía se transformó en la “justicia en la medida de lo posible”, con una democracia charcha que de tal sólo tenía el nombre, y donde el tirano seguía siendo el comandante en jefe del Ejército, cargo que mantuvo hasta 1998, cuando pasó a ser nada menos que senador vitalicio.
Y así siguió el modelo económico implantado en la dictadura, con distintos administradores llamados presidentes que seguían a rajatabla el camino institucional trazado por el tirano, y que junto a sus funcionarios poco a poco comenzaron a acomodarse en el Chile fabricado por la fuerza, ocupando puestos que les garantizaban cuotas de bienestar ajenas a la mayoría de los chilenos.
Pero pese a todo ello, mi entusiasmo no amainaba, y en 1999 me subí alegre al tren de la victoria que llevó al sur de Chile a mi candidata presidencial, Gladys Marín, que obtuvo en la primera vuelta del 12 de diciembre de ese año un 3,19 por ciento.
Ricardo Lagos Escobar, obtuvo en esa oportunidad un 47,95%, mientras que Joaquín Lavín Infante lo siguió a milímetros con un 47,51%.
Recuerdo que, como periodista de la Radio Canelo, me tocó cubrir el comando de campaña de la Alianza por Chile, el bloque que llevaba a Lavín. Y fue fuerte estar en medio de la alegría desbordante del facherío más repulsivo que yo conocía.
Y entonces vino la duda, qué mierda hacer. Ya la Concertación había llevado la consigna “avanzar sin transar” hasta el vergonzoso “transar sin parar”, y mi rechazo a ella no era mucho menor que el que sentía por la Alianza por Chile, de Renovación Nacional y la UDI.
¿Pero eran lo mismo?
Y la duda se tornaba lacerante, así como inminente el día de la segunda vuelta.
Hay que parar a la derecha me decían varios con solemnidad, mientras otros me recordaban el historial casi delictual de los concertacionistas. Recurrí entonces a varios, busqué sus consejos.
El profesor Hugo Fazio, vicepresidente del Banco Central en el gobierno de Allende, me dijo que no sería lo mismo una gestión al frente del Ministerio de Hacienda de Hernán Buchi (ex Ministro de Pinochet), que una de Alejandro Foxley (Ministro de Aylwin).
Y el profesor Tomás Moulian, jefe de campaña de Gladys Marín en la primera vuelta, ante mi angustiante requisitoria, me comentó discreto “No le contís a nadie, pero voy a votar por Lagos”.
Y llegó el 16 de enero y voté por Lagos.
Recuerdo que en esa oportunidad me mandaron al Hotel Carrera, sede de campaña del comando de la Concertación. Y estuve en medio de la algarabía y la celebración de un cuiquerío perfumado que no me parecía muy distinto al que había visto en el Hotel Crown Plaza, el comando de Lavín.
Antes de terminar la celebración, me fui caminando a mi casa en la avenida Brasil casi al llegar a San Pablo. Iba por la Alameda, pensativo, preocupado, mientras los autos tocaban sus bocinas y lucían banderas celebrando el triunfo del candidato que en la Plaza de la Constitución, y ante el reclamo multitudinario de Juicio a Pinochet, respondió demagógico (chanta) “He escuchado el mensaje del pueblo”.
Yo había votado por la opción ganadora, sin embargo mi sentimiento era el de incredulidad, de una esperanza distante, de un deseo de creer. Y ya sabemos qué fue de Ricardo Lagos Escobar y de su gobierno.
Y bueno, ahora llegó el Apruebo, opción por la que voté. Pero no puedo abrir la champaña y salir a la calle a celebrar.
No puedo, pues ya avizoro a las manos traidoras que buscarán apropiarse del proceso constituyente para construir una Constitución muy similar a la actual, con grandes declamaciones, pero ambigua y evasiva a la hora de garantizar cambios estructurales para Chile.
Hoy nuevamente van a surgir esos reptiles de las democracia, esos gusanos que por años han vivido de la política, para decirnos que hay que frenar a la derecha, que debemos unirnos (a ellos) para cambiar la historia y construir un nuevo Chile.
Por eso, desde mi experiencia, formulo un llamado a no bajar la guardia, a no irse para la casa y a mantener en la calle las demandas que llevaron a millones a movilizarse activamente desde el 18 de octubre, cuando Chile despertó.
Es ahora cuando empieza realmente a cuajar legislativamente el proceso de cambio iniciado en octubre de 2019. Es ahora cuando resulta necesario movilizarse con más fuerza y vigilar que los convencionales que se elijan en pocos meses no sean simples herederos del actual modelo de país, hipócritas centinelas del Chile contra el cual marchamos. Nuevas caras para el mismo rostro de la inequidad.
Necesitamos a gente honesta, a gente comprometida con el cambio, que sea capaz de enfrentar los amarres de la legalidad, para romper realmente este cerco pre-impuesto a la Constitución que se viene.
Que no sea la misma carta fundamental con otras palabras. Que no se olvide que el fin de las AFP, la nacionalización de los recursos naturales, la educación y la salud fueron consignas profundamente arraigadas en la demanda popular, y que por ello, no sea admisible una Constitución lavada que no dé respuesta a esos reclamos.
Mi disculpa por mantener la cautela y no celebrar. Sinceramente espero estar equivocado.
*Fuente: El Rodriguista
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