Hiroshima-Nagasaki: El mayor crimen terrorista de Estado
por Alfredo Barahona (España)
7 años atrás 7 min lectura

«Mataron en pocos minutos a unas 120.000 personas y dejaron heridas a más de 100.000. Fue sólo el comienzo de un horror que con el tiempo acumularía más de 500.000 muertos»
«Sus altos mandos convinieron en que debían demostrarle al Japón que sería borrado del mapa si seguía resistiendo»
Fue la misma lógica que había utilizado Caifás para convencer al Sanedrín de matar a Jesucristo: “más vale que uno muera por el pueblo, y no que perezca la nación entera”
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Setenta y cuatro años recuerda aún con horror el mundo los días 6 y 9 de agosto, ante el mayor crimen terrorista registrado por la humanidad. Y no un terrorismo cualquiera, sino el perpetrado por un Estado contra otro y en absoluta impunidad hasta el día de hoy.
Para poner término a la Segunda Guerra Mundial, los líderes de los Estados Unidos de Norteamérica, principal entre las fuerzas aliadas ya entonces al borde del triunfo, infligieron sendos golpes de gracia a Japón, única potencia enemiga que aún se negaba a rendirse. Hicieron estallar sobre dos ciudades indefensas las únicas bombas atómicas utilizadas hasta hoy en una guerra. Mataron en pocos minutos a unas 120.000 personas y dejaron heridas a más de 100.000.
Fue sólo el comienzo de un horror que con el tiempo acumularía más de 500.000 muertos. El número de heridos nunca se conocerá.
El terror atómico se abatió sobre Japón aquellos 6 y 9 de agosto de 1945. El entonces Presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, había ordenado apretar desde sendos aviones un botón. Ello bastó para que en minutos murieran de forma terrible 120.000 personas en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Otras 210.000 perecerían en los siguientes cinco meses, en medio de atroces sufrimientos.
Eran hombres, mujeres y niños inocentes, ciudadanos comunes y corrientes que no tenían culpa alguna en los desvaríos militaristas de sus samurais gobernantes, empecinados en continuar la guerra a pesar del derrumbe estrepitoso de sus aliados alemanes e italianos.

La moral de la conveniencia
Los Estados Unidos, que se alzaban ya como el principal triunfador, se habían adelantado a fabricar en secreto las primeras bombas atómicas. Sus altos mandos convinieron en que debían demostrarle al Japón que sería borrado del mapa si seguía resistiendo. A la vez, lavarían la afrenta que el 7 de diciembre de 1941 les había propinado en Pearl Harbor la marina imperial nipona, destruyendo por sorpresa 13 buques de guerra y 188 aviones, y matando a 2.403 militares y 68 civiles norteamericanos.
El horror de un posible holocausto atómico era hasta entonces sólo un rumor en ambas líneas de fuego. Nadie sabía si alguien tenía la llave del terror y lo que éste significaba.
Harry Truman tuvo una mañana sobre su escritorio la confirmación de que había ganado el “quién vive”; sus primeras bombas estaban listas. Debía decidir si se lanzaban o no. Conoció el cálculo de cuántas personas morirían y de qué forma horrorosa. Dio la orden, y en tres días fueron lanzadas dos bombas atómicas, artefactos de un poder devastador nunca imaginado.
Aniquilado en forma tan contundente, Japón se rindió el 15 de agosto. La guerra había terminado. El mundo lanzó gritos de jolgorio. Los fuegos artificiales surcaron los cielos, y los héroes triunfantes fueron alzados en andas. Luego armaron un tribunal internacional que ahorcó a los criminales de guerra enemigos. A los propios los colmaron de honores.

La verdad tiene nombre
Si en valores y principios éticos universales el fin no justifica los medios, cuanto menos liquidar al último enemigo en rebeldía justificaba un crimen terrorista de tal autoría y magnitud. El argumento para justificar tamaño asesinato fue que con él se evitaría continuar un conflicto que implicaría muchas más víctimas y grandes costos materiales. Fue la misma lógica que había utilizado Caifás para convencer al Sanedrín de matar a Jesucristo: “más vale que uno muera por el pueblo, y no que perezca la nación entera” (Juan 11,50).
Muy pocas voces se alzaron así en el mundo para condenar entonces el mayor crimen terrorista nunca antes cometido por las autoridades máximas de un Estado contra millares de inocentes.
Han pasado 74 años, y nunca en Japón se ha alzado una condena o represalia contra su victimario. Tampoco éste – hoy su estrecho socio comercial- ha reconocido su horrendo genocidio. Menos aun ha esbozado un gesto de arrepentimiento.
Pero mientras haya memoria, los seres decentes seguirán señalando a Harry Truman y sus consejeros como los mayores y más desalmados terroristas de Estado conocidos hasta hoy.

Así se desató el horror sobre Hiroshima
A las 8:15 horas del 6 de agosto de 1945, la deflagración de algo más de un kilo de uranio-235 que escondía la bomba burlescamente llamada “Niñito”, liberó a 600 metros sobre Hiroshima una energía equivalente a 13.000 toneladas de TNT, uno de los explosivos más potentes conocidos por entonces. En menos de un millonésimo de segundo, un estallido nuclear en cadena provocó una luminosidad equivalente a 10.000 soles. Una bola de fuego de un kilómetro de radio planeó por algunos segundos sobre la ciudad, y fue quemando todo a su paso.
La temperatura alcanzó en el epicentro más de un millón de grados Celsius. En un área de hasta cuatro kilómetros, edificios y seres humanos se inflamaron en forma espontánea. Quienes se hallaban en un ámbito de 8 kilómetros sufrieron quemaduras de tercer grado.
Unos 80.000 de los 255.000 habitantes de Hiroshima perecieron o sufrieron heridas mortales al momento de la explosión. Otros 70.000 quedaron heridos.
Sobre estos últimos se testimoniaron cuadros horrorosos: algunos se arrastraban como zombies en busca de un hospital, con los ojos derretidos chorreando de las órbitas vacías; las bocas hechas llagas; jirones de ropas grabados a fuego sobre las carnes que no se desprendieron de los huesos.
El espanto se repitió sobre Nagasaki tres días después, matando de igual forma a otras 40.000 personas.
Era sólo el comienzo. La tremenda radiación esparcida en ambas ciudades mató en cinco meses a otras 140.000 personas en Hiroshima y 70.000 en Nagasaki. Cinco años después, los muertos posteriores a las explosiones sumaban 340.000. El holocausto nuclear japonés rondó así, por parte baja, los 500.000 muertos. De los heridos sobrevivientes se perdió la cuenta.

Se jactaron de su crimen
Apenas consumado el primer capítulo de tan estremecedora matanza, el presidente Truman confirmó soberbiamente al mundo el genocidio que acababa de consumar en Hiroshima. En un discurso radial que recorrió el mundo, dijo en tono triunfal, rememorando el ataque sorpresivo con que la Armada imperial japonesa había arrastrado a los Estados Unidos a la Guerra el 7 de diciembre de 1941:
“Los japoneses comenzaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Ahora les hemos devuelto el golpe multiplicado. Con esta bomba hemos sumado un nuevo y revolucionario incremento en destrucción, con el fin de aumentar el creciente poder de nuestras fuerzas armadas. Estas bombas se están produciendo en su forma actual, y están en desarrollo otras más potentes…
“Ahora estamos preparados para arrasar más rápida y completamente toda la fuerza productiva japonesa que se encuentre en cualquier ciudad. Vamos a destruir sus muelles, sus fábricas y sus comunicaciones.
“No nos engañemos: vamos a destruir completamente el poder de Japón para hacer la guerra… Si no aceptan nuestras condiciones, pueden esperar una lluvia de destrucción desde el aire como nunca se ha visto en esta tierra.”
Japón no lograba aún reaccionar ante el horror de Hiroshima y la soberbia de Truman, cuando la segunda bomba, tres días después en Nagasaki, lo convenció de rendirse. Se había logrado el propósito de todo acto terrorista: utilizar un recurso de destrucción o violencia tal que cause terror colectivo suficiente como para lograr un objetivo.

Perspectivas del terror atómico
Desde el horror de Hiroshima y Nagasaki ningún artefacto atómico ha vuelto a usarse en una guerra, y ojalá nunca se utilice. Porque las consecuencias serían incomparablemente peores.
Los artefactos nucleares fabricados desde entonces tienen potencias sideralmente superiores que hoy se miden en megatones, es decir, en millones de toneladas de TNT. El “Niñito” de Horishima desató 16 kilotones, o una potencia de 16.000 toneladas. Es de suponer cuáles serían ahora, en comparación, las consecuencias.
“Que el mundo de hoy no experimente nunca más los horrores y los espantosos sufrimientos” de la Segunda Guerra Mundial, ha dicho el papa Francisco. “Este es el anhelo permanente de los pueblos, en particular de los que son víctimas de los sangrientos conflictos en curso”.

*Fuente: ReligiónDigital
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