Si algo no puede criticarse de Trump es su sinceridad. Tanto en su campaña como a lo largo de su gobierno ha dicho y ha practicado que su prioridad es “hacer grande de nuevo a Estados Unidos”. Es decir, una búsqueda de la hegemonía mundial que tuvo después de la segunda guerra mundial. De que toda otra consideración, sea la paz y seguridad mundial; la vigencia de la democracia y de los derechos humanos; e, incluso, la sustentabilidad ecológica del planeta, pasan completamente a segundo plano.
Por ello no puede extrañar que Trump haya retirado a Estados Unidos del Acuerdo de París destinado a impedir que el calentamiento global siga creciendo y amenace catastróficamente a la humanidad (incluso ha dicho “no creer” en el calentamiento global…); que también lo haya retirado del acuerdo con otras potencias y con Irán, destinado a evitar que este último desarrolle armamento nuclear, por considerar poco confiables los mecanismos de verificación del acuerdo (e incluso esté presionando a varios países europeos para que también se retiren de aquel…); y que asimismo lo haya retirado del Tratado con Rusia destinado a eliminar todos los misiles nucleares y convencionales de rango corto y medio; acuerdo fundamental para frenar la carrera armamentista y que fue suscrito en 1987 entre Reagan y Gorbachov.
En este mismo sentido, tampoco puede extrañar su inamistosa actitud con México y América Latina, de construir un muro divisorio a lo largo de toda su frontera; su inhumana política anti-inmigratoria que culminó con la bárbara separación de los hijos de sus padres; su inicio de una virtual guerra económica con China; y su continuado apoyo a una de las dictaduras más represivas del planeta como la de Arabia Saudita, pese a que ella asesinó -violando, además, los principios diplomáticos más elementales- en su sede diplomática de Estambul a uno de sus más notorios disidentes (¡y que residía en Estados Unidos!), el periodista Jamal Khashoggi; y a que promueve una feroz guerra civil en Yemen.
Por todo lo anterior, es muy ingenuo creer que Trump está prioritariamente preocupado de la vigencia de la democracia y del respeto de los derechos humanos en Venezuela; y que -angustiado frente a ello- está incluso dispuesto a arriesgar las vidas de miles de sus compatriotas en una invasión al país sudamericano. Lo que sobre todo le preocupa es el creciente involucramiento de Rusia y China en la economía de Venezuela. No es el que Maduro haya establecido una virtual dictadura al desconocer -vía Tribunal Supremo- al Poder Legislativo; ni que existan graves y sistemáticas violaciones de derechos humanos en Venezuela; y, ni siquiera, que exista una gravísima crisis humanitaria producto del desastre económico de la “Revolución bolivariana”. Si estas fueran las reales preocupaciones de Trump, ello se reflejaría en la búsqueda de una efectiva solución legal y pacífica del terrible problema existente (que está causando un éxodo de proporciones bíblicas en Venezuela); a través de un involucramiento de Naciones Unidas.
No le costaría mucho a Trump convencer a Rusia y China -¡que tendrían económicamente bastante que perder con una eventual invasión estadounidense y el posterior entronizamiento de un gobierno “enemigo” de ellos!- de que el Consejo de Seguridad conmine al gobierno venezolano a efectuar elecciones democráticas, garantizadas por la misma ONU y cuyas nuevas autoridades respetarían los derechos humanos; y las responsabilidades internacionales asumidas con los países extranjeros, garantizándoles de este modo a Rusia y China que los cambios políticos que seguramente se producirían no irían en desmedro de los acuerdos internacionales existentes.
El punto es que Trump está demostrando de manera evidente que prefiere, ante todo, “hacer grande de nuevo a Estados Unidos”; y que bajo estos criterios no está dispuesto a permitir que, respecto de un país como Venezuela, Rusia y China sean parte de la solución; aunque ello signifique resolver pacífica y democráticamente el grave conflicto. Prefiere -no importando las violaciones del derecho internacional; las muertes de quizás miles de venezolanos y estadounidenses; ni los traumas dejados por una invasión como esa en el conjunto de América Latina- que Estados Unidos “vuelva a ser grande” en la región, imponga sus puntos de vista y desplace a Rusia y China de un país económicamente importante como Venezuela.
Desgraciadamente, los demás actores internacionales relevantes -Europa y América Latina- que podrían presionar a Trump en esa dirección, no lo están haciendo. Europa se encuentra muy debilitada con la crisis de la UE -que se ha manifestado particularmente en el Brexit- que refleja un malestar y un desconcierto respecto de las proyecciones futuras de la misma Unión. Y América Latina se encuentra hegemonizada por el Grupo de Lima que ha adoptado crecientemente una posición seguidista de Trump en la materia, convirtiéndose en un virtual apéndice de la política exterior estadounidense.
Por otro lado, los actores internos venezolanos parecen también más interesados en una ruptura total que en un acuerdo pacífico-democrático. La oposición -que podría considerarse a estas alturas la más beneficiada con una intervención del Consejo de Seguridad de la ONU- ha desempeñado desde los inicios de la era Chávez una postura fundamentalmente golpista. Desde los intentos por declarar “demente” a Chávez en 2000; el exitosamente fugaz golpe de Estado realizado por ella en abril de 2002; el boicot a las elecciones parlamentarias de 2005; y la búsqueda de la caída (“salida”) del gobierno de Maduro en 2014, a través de los intentos de hacer ingobernable al país; ha llevado a cabo consistentes políticas en esa dirección, que lo único que consiguieron fue fortalecer a los sectores más radicales del chavismo-madurismo. Incluso ahora han “proclamado” el fin del gobierno de Maduro, a través de su reemplazo por el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, ¡sin siquiera efectuar formalmente una votación de la Asamblea para estos efectos!
A su vez, el gobierno de Maduro se ha obstinado en sus posiciones autoritarias de manera tal que ha llegado al extremo de negarse a aceptar ayuda humanitaria, ¡arguyendo que no hay una crisis catastrófica en el país! Incluso, pareciese más interesado en provocar un enfrentamiento respecto de ello, que formular alternativas razonables de distribución de dicha ayuda a cargo de las Naciones Unidas. Todo indica que Maduro y su entorno han llegado a tales grados de radicalismo ¡que prefieren una inminente intervención de Estados Unidos! para terminar o consolidar de forma “épica” su régimen, en lugar de buscar una solución pacífica y democrática que, todo indica, lo dejaría finalmente fuera del gobierno. Se está dando, pues, respecto de Venezuela un escenario que no ha sido para nada inusual en la historia: que los extremos se hacen funcionales uno a otro para buscar un triunfo total y absoluto. En concreto, Trump y Maduro están provocándose mutuamente en la idea de llegar a un enfrentamiento violento. Muy poco les importan los venezolanos, los estadounidenses y el conjunto de América Latina en este demencial rumbo de los acontecimientos. ¡Pobre Venezuela!
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