Un país fuera de sus goznes…
Más de dos meses manifestando, quitándole tiempo al hogar y a los hijos, al trabajo, al descanso, haciendo caso omiso de la represión brutal, de la agresión mediática, del frío hibernal, de las decepciones, de las maniobras del gobierno… ¿Qué explica la persistencia del movimiento chalecos amarillos?
La persistencia de las causas.
Si el aumento de los impuestos a los carburantes operó como el detonante, la materia explosiva está constituida por las incontables dificultades del diario vivir: desempleo, bajos salarios, humillaciones, segregación rampante, pensiones en caída libre y objeto de la voracidad impositiva, reducción o simple desaparición de los servicios públicos, Sanidad Pública sometida a recortes presupuestarios fatales, Educación Pública objeto de reformas inverosímiles, Enseñanza Superior al garete, cuarta edad abandonada en morideros infames, artesanos que ya no viven de su arte, agricultores que ven su nivel de vida desvanecerse sin remedio, ‘auto-emprendedores’ auto-explotados, injusticia fiscal indignante, desprecio del pobre y del miserable, culto del rico y del ‘triunfador’, hábitat degradado y degradante, poder político secuestrado por una elite parasitaria, arrogante y egoísta… En una palabra, por la incertidumbre del mañana después de cuatro décadas de esfuerzos que cada gobierno justificó aduciendo ‘ya vemos el final del túnel’, ‘estamos construyendo una Francia mejor para todos’, ‘tenemos que restaurar la confianza, la competitividad, el liderazgo ’ y otras sandeces parecidas.
Ante las protestas por las promesas traicionadas, Jacques Chirac llegó al extremo de afirmar “Las promesas comprometen solo a quienes las escuchan”.
El lenguaje de Macron es aun más brutal: “Los franceses olvidaron el sentido del esfuerzo”, “Son galos refractarios al cambio”, “Gastamos una pasta gansa en los mínimos sociales”, “No cederé en nada ni a los haraganes ni a los cínicos”, “Algunos, en vez de desordenar el burdel harían mejor yendo a buscar trabajo”, “Una estación de trenes es un lugar en que uno cruza gente que triunfa y otros que no son nada…”
Todo esto en un país que nunca fue más rico en toda su Historia. Y que nunca en su Historia había visto mayor acumulación de la riqueza en pocas manos. Simplemente, la República olvidó las numerosas manos que crean esa enorme riqueza.
A poco andar los chalecos amarillos recordaron que en democracia el demos ejerce el kratos y, mirando en rededor, cayeron en cuenta de que no es el caso. No en la Francia actual. Surgió entonces la idea del referendo de iniciativa ciudadana (RIC), modo de invitar al pueblo, al demos, a decidir de lo que le concierne.
Intelectuales, periodistas, politólogos, filósofos, políticos, ex presidentes, economistas y otras gentes de bien se apresuraron en denunciar el RIC como una manifestación de populismo extremadamente peligrosa. ‘Si les damos la posibilidad de decidir de todo… podrían revertir lo ya avanzado’, fue EL argumento.
‘Lo ya avanzado’ nos trajo al movimiento de los chalecos amarillos, de modo que EL falaz argumento tuvo una muerte prematura. Surgieron entonces los ejemplos que matan: el pueblo podría ‘reinstaurar la pena de muerte’, ‘anular el matrimonio homosexual’ o peor aun, ‘un referendo podría ser manipulado por los lobbies’…
Como todo el mundo sabe, los lobbies nunca manipularon ninguna elección presidencial, y el pueblo es tan cretino que las cuestiones importantes solo pueden ser analizadas, debatidas y decididas por los ‘expertos’ y, partiendo, por los políticos profesionales.
Los chalecos amarillos han planteado cuestiones de fondo –¿quién y porqué ejerce el poder en vez del pueblo soberano? ¿cómo distribuir la riqueza creada con el esfuerzo de todos de manera más justa? ¿cómo extender el dominio de los derechos ciudadanos? ¿cómo evitar el surgimiento y entronización de una indeseable oligarquía? ¿podemos designar los magistrados por medio de un sorteo, en vez de elecciones, como hacían en la Grecia antigua?– para las cuales esperaban respuestas.
La réplica de Macron fue un alarde de jesuitismo: propuso un ‘gran debate nacional’ para el cual él mismo definió los temas. No satisfecho, cada semana se reúne con cientos de Alcaldes, a las inquietudes de los cuales responde con el discurso arrogante y seguro de sí mismo que conviene a un adolescente tardío inclinado a un narcisismo enfermizo: ‘Los franceses olvidaron el sentido del esfuerzo…’. Exit el pueblo y el ‘gran debate nacional’. Las reivindicaciones… ¿son solubles en el palabrerío?
Las almas sensibles que pueblan los medios al servicio de los patrones (siete multimillonarios poseen la casi totalidad de los diarios franceses) buscan denodadamente una viejita inquieta por el desorden, con el sano propósito de hacerla decir ‘ya está bueno de desorden, me siento insegura, ya no puedo salir a la calle’. Esos medios, incluyendo la ‘televisión de información en continuo’, no muestran que la brutal violencia proviene de una policía a la que acallaron y sometieron con significativos aumentos de salarios y el pago de estipendios atrasados en el preciso momento en que amenazaba con ponerse un… chaleco amarillo.
No solo los manifestantes, sino la inmensa mayoría del pueblo francés estima que del ‘gran debate nacional’ no saldrá nada: las conclusiones las resumirá el propio Emmanuel Macron. El mismo que repite a quien quiera oírle que ‘Roma no se hizo en un día’, y que ‘nada se resuelve en 24 horas’. Curiosa afirmación de quien eliminó el impuesto a las grandes fortunas en menos que canta un gallo.
De modo que, a la pregunta de quienes –sorprendidos de su obstinación– se interrogan sobre las razones que explican la persistencia del movimiento de los chalecos amarillos, conviene ofrecer la única respuesta admisible: La persistencia de las causas.
*Fuente: Politika
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