El mal de ojo: uno de los síntomas del modernismo reaccionario
por Esteban Jiménez P. y Marcelo Barría B. (Chile)
8 años atrás 5 min lectura
28 diciembre, 2018

El pasado 17 de diciembre del presente año se realizó el nombramiento de las autoridades del nuevo Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, lo cual implicó la instalación de una estructura básica de funcionamiento, que de realizar una gestión adecuada, podría aportar efectivamente al desarrollo tecnológico y cultural del país, solucionando en parte las graves carencias que poseemos en el ámbito científico. Por otro lado, un día después de dicho nombramiento, el Centro de Estudios Públicos (CEP), reveló en su Estudio Nacional sobre Opinión Pública 2018 que un 61% de los chilenos aún cree en la existencia del “mal de ojo”, mientras un 54% cree en las energías místicas que emanan de lugares sagrados y un 53% en los poderes sobrenaturales de nuestros antepasados, entre otras manifestaciones espirituales más.
Estos dos hechos que aparentemente se encuentran en las antípodas de la racionalidad humana, conviven armoniosamente en la sociedad chilena, constituyéndose –por el momento–, en síntomas de un cambio de visión de mundo que de experimentar una radicalización podrían engendrar efectos devastadores para una convivencia óptima.
El historiador norteamericano Jeffrey Herf (1990) aborda este fenómeno bajo la denominación de “modernismo reaccionario”, el cual consiste en la coexistencia de ideas antimodernistas, románticas e irracionales –sintetizadas básicamente a través del rechazo a los ideales de la Ilustración– junto a la adopción de los elementos más prominentes de la idea de racionalidad de medios y fines, expresada a través del culto a los avances de la tecnología moderna, a la eficiencia técnica y a un desarrollo industrial imparable.
Detrás del modernismo reaccionario encontramos una combinación de cientificismo y metafísica, la que comenzó a expresarse a principios del siglo XX especialmente en Alemania, donde el nacionalismo germano y la humillación del Tratado de Versalles de 1919 se constituyeron en una suerte de caldo de cultivo ideológico que permitió darle alas a una visión de mundo donde podía convivir lo mitológico y el cálculo racional, logrando un apoyo popular que poco después permitió el arribo de los nazis al poder.
En lo concreto, el modernismo reaccionario se manifestó a través de la irracionalidad política, la insistencia incansable en un origen mítico y divino que distinguiera a la nación germana, el rechazo y el exterminio del otro, conviviendo todo ello con un desarrollo científico y tecnológico altamente sofisticado para la época en campos de vanguardia como la cohetería, la utilización de rayos infrarrojos para visión nocturna, y diversos avances en la medicina y la industria farmacéutica.
Volviendo a la actualidad, si consideramos que la sociedad chilena está cada vez más conectada y ávida de nuevos avances tecnológicos, donde a la fecha se contabilizan aproximadamente unos 28 millones de teléfonos celulares en uso (sólo por dar un dato sobre nuestras preferencias de consumo, algo único en la región) la creencia en el “mal de ojo” –entendida como una “supervivencia” en lenguaje antropológico, es decir, como un vestigio cultural de algo que ya carece de sentido dentro de un contexto histórico y social– no pareciera ser el único agente que aporta a la conformación de un incipiente “modernismo reaccionario”; en medio de la crisis de legitimidad y confianza que azota al país, es posible observar con intensidad creciente en los medios de comunicación una serie de discursos y creencias reaccionarios que creíamos en retirada y que desafían todo avance de racionalización e integración en el mundo occidental.
Puesto de esta manera, ¿es posible interpretar de otra forma la evolución de este auge por el conservadurismo?, en especial si observamos sus expresiones más evidentes como son el rechazo por el migrante pobre, la evocación de figuras políticas de poder absoluto –si no es que derechamente de corte dictatorial como Pinochet–, la sostenida lucha fundamentalista por prohibir el aborto, y el afán por una progresiva militarización de las fuerzas de orden, etc.
Lo anterior nos habla del grado de profunda crisis de legitimidad en que se encuentra nuestra democracia, y a pesar de no tratarse de creencias mayoritarias, igualmente nos retrotrae a un imaginario digno de las grandes ideologías políticas que predominaron a inicios de siglo XX, donde la idea de integración social, tal como señala Jock Young (2003), estaba paradojalmente mediada por la marginación de aquellos miembros de la sociedad que no cuadraban con una visión de mundo totalitaria y excluyente.
Retomando a Herf, el modernismo reaccionario que advertimos pasa necesariamente por la ocupación de aquel espacio discursivo que solía utilizar la ideología política para aglomerar a los individuos hacia un horizonte común y que ahora, ya vacío de contenido, o desacreditados sus postulados, está ocupado sólo formalmente por la promesa de integración detrás del acceso al consumo, teniendo a la obsolescencia programada como horizonte utópico y de realización personal –las relaciones “líquidas” que señalaba Bauman–, atrofiando así cualquier posibilidad de reflexión más profunda que cuestione la irracionalidad detrás de este orden mitológico superficial.
Es así como en este contexto de precariedad reflexiva, individualismo exacerbado, miedo milenarista e inseguridad urbana que atraviesa todas las clases sociales, es muy fácil generar actitudes reaccionarias que deriven en detrimento de sus propios creyentes: la elección de Trump en Estados Unidos y de Bolsonaro en Brasil es un indicador de que un discurso de odio y de intolerancia –a contrario sensu de lo imaginable en países que han sufrido dictaduras– podría abrir la ventana para nuevos movimientos que, con la adecuada maquinaria y apoyo de la derecha más dura, puedan eventualmente presentar fiera competencia en nuestras próximas elecciones parlamentarias y presidenciales.
*Fuente: El Mostrador
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