El enemigo interno, poderoso adversario
por Arturo Alejandro Muñoz (Chile)
8 años atrás 6 min lectura

Quizá no nos habíamos percatado. Tal vez lo soslayamos debido a las urgencias desglosadas desde otros temas, pero la cuestión es que en estas últimas semanas el asunto fue cobrando relevancia y ella obliga a desmenuzarlo.
Las recientes deserciones de connotados políticos a sus respectivos partidos –‘abandonos’ presentados como ‘renuncias’– permiten evocar lo que en la guerra llaman “quintacolumnista” y “enemigo interno”.
Conviene aclarar el significado de cada término para entender lo que deseo explicar en estas líneas.
El término “quinta columna” nació en España, en plena Guerra Civil (1936-1939). Le es atribuído al general franquista Emilio Mola, quien describió a un periodista los planes para la toma de Madrid por parte de las tropas fascistas. Según ese general, había cuatro columnas de tropas convergiendo sobre la capital, a las cuales se añadía una «quinta columna» formada por los simpatizantes del bando golpista que vivían en el Madrid republicano y que, llegado el momento, ayudarían a conquistar la ciudad.
Respecto del ’enemigo interno’, el filósofo alemán Martin Heidegger aseguraba: “El enemigo puede haberse injertado en la raíz más profunda de la existencia de un pueblo, y oponerse a la esencia propia de dicho pueblo, actuar contra él”. Esa forma de “injertarse’ varía de acuerdo a las circunstancias, y podría ocurrir a través de un ejército, de un gobierno, o de un partido político.
La cuestión principal es que existe una forma de eficacia históricamente comprobada para destruir al adversario desde dentro. Mediante la quinta columna o el enemigo interno. Muchos partidos políticos chilenos lo han experimentado, y hoy lo sufren nuevamente.
El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los mismos oprimidos, aseguró alguna vez la escritora y feminista francesa Simon de Beauvoir, enriqueciendo un pensamiento antiquísimo escrito por el general chino Sun-Tzu en su libro “El arte de la guerra”: “Para conocer a tu enemigo (y sus debilidades) debes convertirte en su amigo (…) si conoces a tu enemigo mejor de lo que te conoces a ti mismo, el resultado de la batalla ya está decidido”.
La prensa chilena, calificada certeramente como ‘prensa canalla’, ha logrado meter en la cabeza de muchos lectores una falacia: que el ‘enemigo interno’ no es otro que aquel ciudadano que no trepida en expresar y divulgar una idea igualitaria que clama por justicia social.
El calificativo para tales personas, según esa prensa y según el propio establishment, es el de ‘terroristas’, o en el mejor de los casos, ‘resentidos sociales’.
Sin embargo, quienes de verdad han sido vapuleados, infiltrados y en una etapa de nuestra historia política nacional, masacrados, fueron los partidos de izquierda en el período 1965-1973.
Desde el atardecer del día martes once de septiembre del año mil novecientos setenta y tres, muchos chilenos conocieron en carne propia esto del ‘quintacolumnista’ y del ‘enemigo interno’: en sus lugares de trabajo o de estudio vieron aparecer, con tenidas militares y voces de mando, a varios de sus antiguos compañeros de labor o de salas de clases y bibliotecas.
Eran ellos los infiltrados que ‘vendieron’ amistad para conocer a quienes suponían enemigos, para luego apresarlos, torturarlos, y asesinarlos como ocurrió en universidades, empresas y campos.
Todo aquello ocurrió gracias a la permeabilidad inconcebible que les caracterizaba. En el caso del Partido Socialista, el desorden vestido de “despreocupación” le permitió a los agentes de la dictadura –entre 1973 y 1977– acceder fácilmente a nombres y direcciones de miles de miembros del partido, lo que se tradujo en una masacre.
Ninguna organización de izquierda tuvo, en ese triste período, mayor cantidad de asesinados y torturados que el viejo PS.
¿La lección fue aprendida en las organizaciones que años más tarde conformaron la Concertación? Lamentablemente, no. Las fallas del mundo político democrático y progresista existente hasta el 11 de septiembre de 1973 volvieron a repetirse, quizá en mayor volumen y profundidad.
Las precauciones de seguridad fueron aún más irrelevantes que las de sus predecesores. Según sus dirigentes, lo que interesaba en la ‘nueva democracia’ era contar con la mayor cantidad de afiliados posible. Incrementar su número, aceptando a cualquier postulante, era la prioridad.
Desde 1990 a la fecha, ha sido algo así como aceptar nuevos adherentes ‘a la que te criaste’, transformando a los partidos en una suerte de “cajón de sastre”. Si el PS firmó su propia condena a muerte admitiendo al Mapu, el arquetipo del “cajón de sastre” es el Partido por la Democracia (PPD), tienda ‘instrumental’ en la que es posible toparse con antiguos marxistas, ex pinochetistas, neoliberales integristas, allendistas y anti allendistas, republicanos y anti republicanos, en un desconcierto absoluto que hoy tiene a ese partido con un pie en la tumba.
La historia vuelve a repetirse (como reza el tango) en materia política en Chile. Ejemplos hay varios. Vea usted el caso del Partido Demócrata Cristiano (PDC). Su realidad actual confirma que fue “la quinta columna de la derecha’ en la Concertación, y luego en la Nueva Mayoría.
¿Para quién trabajaron desde el Congreso y La Moneda personajes como Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Gutenberg Martínez, Jaime Ravinet? Para el mega empresariado transnacional que se enriquece expoliando al país, sus recursos naturales y a su gente. Sin que ello provocase la ruptura con los “progresistas”, de los cuales conviene preguntarse si no son otro “enemigo interno”.
Algunos DC fueron abiertos adversarios de las políticas llevadas a cabo por su propio partido, y por el gobierno en el participaban. Jorge Burgos y Mariana Aylwin constituyeron el epítome de los quintacolumnistas dentro de la Nueva Mayoría. Soledad Alvear, quien no tiene empacho en declarar que está llana a formar parte de cualquier equipo de trabajo gubernamental al que Sebastián Piñera la invite, es otro ejemplo.
Los radicales (el PRSD) tampoco se quedan atrás. Jorge ‘cola-de-chancho’ Campos, ministro de Justicia en el segundo gobierno de Bachelet, protagonizó uno de los más desvergonzados actos de quintacolumnismo desde el regreso de la democracia en 1990.
Siempre trabajó, desde su ministerio, para los objetivos de la derecha fundamentalista, llegando al extremo de desobedecer una orden de la presidente Bachelet, contra los objetivos políticos y sociales del gobierno del cual formaba parte.
Si vamos a la vereda del frente, vemos que la derecha no sale indemne en estas cuestiones. José Antonio Kast es ya todo un ejemplo. ¿‘Enemigo interno’ o ‘Quinta columna’? Mi opinión personal es que Kast, nacionalista extremo, militarista, clasista y partidario de terminar con la separación de la iglesia y el Estado (o sea de hacer de Chile un Estado confesional) lo convierten en un ‘enemigo interno’ del gobierno de Sebastián Piñera, al que ha comenzado a sobrepasar con la facilidad de un corredor de fondo.
Todos estos enemigos internos y quintacolumnistas incentivan la coerción neoliberal, la aplicación exacerbada de la ‘seguridad’, la destrucción de la naturaleza y la pauperización de los sectores más débiles de la sociedad.
Así, el capitalismo en su forma neoliberal ha devenido en enemigo de todos… incluso de aquellos desinformados que tozudamente lo promueven y defienden sin percatarse de que están tragando una pastilla de cianuro recubierta de chocolate amargo.
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