Sábado, 25 de febrero de 2017

Cada año pasa por la ceremonia del Carnaval para disfrazar de nuevo el eterno retorno de todas las cosas.
Hasta los propios años se enmascaran con títulos como Año de Jubileo, Año Bicentenario, Año Bisiesto, para fingir que no son el mismo ciclo siempre repetido.
En vano se disfrazan de pasado presente o futuro los instantes de la eternidad.
Nunca sabemos si nos disfrazamos por la compulsión de ser lo que no se es o de ser lo que somos.
No hay peor disfraz que el de la horrible foto de la cédula de identidad.
El más insincero antifaz es el de uno mismo.
La grandeza en asumir como real la máscara que por pudor asumimos.
La peor de las máscaras está compuesta de años.
Con cada enamorarse vuelve con renovadodisfraz la vieja pasión que siempre recomienza.
Infelices niños a quienes disfrazan de las fantasías de sus padres.
Infelices padres a quienes nadie disfrazó de niños.
Este mundo es el Carnaval de otro mundo donde las gentes son lo que verdaderamente son.
Cambia el Ávila de máscara a cada variación de luces y de sombras.
Allá desfilan las ideologías, escuelas, modas literarias, partidos, confesiones que en realidad son comparsas.
Cada generación es un disfraz que para la nueva fiesta de las máscaras la humanidad asume y desecha.
Hundámonos en el mundo abisal donde el disfrazado de guardián deja salir el contrabando.
Maletines disfrazados de empresas revientan con los dólares preferenciales que les otorgan enmascarados.
Los grandes hampones que acaparan o esconden lo importado con divisas preferenciales circulan con disfraces de intocables.
La inacción se disimula con palabras, se maquilla con discursos la connivencia.
Los redentores bailan pegados con los sepultureros que abren nuestras fosas.
No se sabe qué día cae el anticarnaval en el cual seremos obligados a desfilar sin las máscaras.
El resto del año lo pasamos condenados a estar disfrazados de nosotros mismos.
Se ignora si será bendición o maldición la que sentencie a todos a convertirse para siempre en el disfraz que llevan.
Después de trizados los libros por la memoria revolotean en el imaginario como papelillo.
Por allá va el relámpago disfrazado de idea.
El papelillo es la lluvia que va borrando las máscaras.
Opera el carnaval por el divorcio entre las realidades y los signos y el carnaval del mundo sería un lugar donde las realidades correspondieran exactamente a los signos.
Quién adivina si será maldición o bendición la de la revolución que hará realidad el ambiente que convenga al disfraz que elegimos.
Se disfrazan los números unos de otros y salen mal todas las cuentas del universo.
Por allá desfilan las letras convertidas cada una en otra hasta hacer ininteligibles las escrituras de los siglos.
Ideogramas y jeroglíficos intercambian irreparablemente sus sentidos hasta hacer indescifrables las palabras.
La clave de sol desfila convertida en clave de fa y la de fa travestida en clave de do y se trastroca dodecafónicamente la música de las esferas.
No se sabe cómo ordenar el universo con las moléculas disfrazadas de átomos, los átomos de electrones, los electrones de tachyones y la materia de antimateria.
Cada señal desvía y cada signo miente.
Hay que arder para tener derecho a la ceniza.
*Fuente: Luis Britto García
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