Cuando una sociedad insiste machaconamente en que la felicidad es un atributo divino conquistable con dinero y la química cerebral que produce el éxito, lo lógico es que el bípedo implume haga lo imposible por entrar, utilizando el caballo de Troya que sea necesario, en el paraíso dorado del Rey Midas.

Diariamente recibimos millones de mensajes, directos y subliminales, de “jubilosas deidades” que no dejan de susurrarnos: Si quieres participar en nuestra orgía, hazte rico. ¡Cuidado con conformarte con lo poco que tienes! ¿Merece la pena sobrevivir honradamente en el infierno o, lo que es lo mismo, en la indigencia o precariedad? 

Con esta religión, que se propaga a través del cine, la televisión y los grandes medios de comunicación, entre otros canales rectores, la ética es desterrada al desierto y se impone la esquizofrenia social: el fomento y el castigo de la corrupción. El actual orden económico, que es la madre de toda la podredumbre sistémica, es como un pulpo tóxico y planetario que abraza con sus tentáculos a la heterogénea prole del simio erecto.

No sería descabellado afirmar – con permiso de La Academia[1]-, que la corrupción se estimula oficialmente y desde arriba y que, paradójicamente, cuando se pilla con las manos en la masa a los fundamentalistas del euro –casi siempre denunciados por los huerfanitos del clan que no han sido untados-, se les castiga con el máximo espectáculo y ruido posible para calmar los ánimos de los condenados a galeras.

La plutocracia que nos gobierna adora el circo y el teatro de títeres, donde los corruptos critican a los corruptos y hablan de una moral de la que a estas alturas no cree ni Dios. Los más amables aceptan que el pillaje y la ley de la selva están en la genética del ser humano y se muestran filosóficamente condescendientes con los que no tuvieron la suerte de ser  como ellos, que son puros y limpios como la virgen Maria.

Aunque el cefalópodo lo toca todo y a todos, la agrietada razón nos dice que nada tienen que ver el indigente que roba para no pasar hambre y el triunfador que desvalija las arcas del Estado y las huchas de los miserables. La sociedad que hemos levantado con la connivencia de los Hunos y los Otros, solo acepta maquillajes. Sin un cambio radical del sistema, yendo hasta las raíces, no es posible el rescate de la cordura que podría salvar a la tribu humana.

En este mundo, con bases de hormigón y corazones de carbón, la pobreza se hereda como el color de la piel, la calvicie y el espíritu de Abel, el fundador de la extrema derecha que dedicaba sus mejores momentos a hacer la pelotilla al demiurgo (al jefe). Caín, el primer rojo del que tiene constancia la humanidad, no tuvo más remedio que quitarse de en medio a su enemigo, quien estaba obsesionado por eternizar los privilegios, el orden jerárquico y la desigualdad social.

Según un reciente estudio de Cáritas, – que por otra parte no dice nada nuevo-, la pobreza se hereda en España (y en el mundo) y se transmite de generación en generación. El informe, hecho público a principios de abril, señala que ocho de cada diez niños españoles nacidos en la indigencia acabarán siendo pobres en el futuro y morirán siendo pobres ¿Puede haber algo más revelador y elocuente del actual sistema que la casta justifica con argumentos irrefutables, la amenaza del pueblo desinformado y arsenales de bombas atómicas que llegado el caso cumplirán su función?

Me imagino que, a pesar de la sistémica corrupción, habrá una minoría que puede permitirse el lujo de ser honesta; me refiero a los privilegiados que tienen un trabajo digno y las necesidades básicas cubiertas, pero eso tampoco tiene mucho mérito, a lo mejor su bondad no es más que miedo a ir a la cárcel o timidez depresiva.

yingyyang   A veces soy taoísta e interpreto lo que veo a través del Yin y Yang (la dualidad de todo lo existente). El símbolo de esta filosofía, fundada por Lao Tse (en el siglo VI a.C), es un círculo en cuyo interior hay dos peces acoplados, uno blanco y otro negro. Dentro del blanco hay un punto negro, y dentro del negro, un punto blanco. Eso quiere decir, entre otras cosas,  que nada es al cien por ciento lo que parece.

Lao Tse, que era un pesado y quería adoctrinar en la virtud al emperador de la China ignorando la naturaleza humana, un día, convencido de la imposibilidad de cambiar el sistema, decidió marcharse de su país natal y cruzar la frontera hacia India montando en un búfalo y tocando la flauta. Cuando se disponía a cruzar la línea fronteriza, un guardián, llamado Yinyin, le pidió que escribiese algo antes de iniciar el gran viaje.

Dice la leyenda que Lao Tse se quedó unos días en casa de Yinyin y escribió el Tao Te King[2] . Una de las sentencias más célebres de este librito, que es un compendio de pensamientos esenciales, es: Las palabras hermosas no dicen la verdad; la verdad no se puede decir con palabras hermosas.

Sobre los cambios que están ocurriendo en España, una amiga helena, Margarita Adamou, periodista de la revista Panorama Griego, editada en Atenas, me acaba de decir una cosa que no quiero dejar pasar por alto: Siguiendo la actualidad española, me siento como espectadora de una obra teatral que ya he visto.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para decirnos: Mientras siga vigente este sistema, hablar de honestidad y esperar un renacimiento de la moral y la justicia, es como plantar flores en cemento. Como diría nuestro aedo Luis Eduardo Aute: Voy buscando la razón de tanta falsedad…Es más fácil encontrar rosas en el mar.              

Notas:

[1] Alusión al genial “Informe para una Academia” de Franz Kafka.

[2] Tao Te King, estas tres palabras chinas significan -por el orden en que están escritas-, Camino; Virtud y Libro Clásico.