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Niños explotados, muestra de la vileza sin escrupulos del capitalismo

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Más de 211 millones de niños con edades comprendidas entre los 5 y los 14 años se ven obligados a trabajar. Para sensibilizar a la opinión pública ante este fenómeno planetario que afecta principalmente a los países en vías de desarrollo pero del que no escapan los países ricos, el 12 de junio de 2002, en Ginebra, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) tomó la iniciativa de organizar la «primera jornada mundial contra el trabajo infantil (1)»
La imagen que se tiene de la infancia oculta a menudo la realidad que viven los niños, que en muchos países, se sigue pareciendo a esas pesadillas que describieron en el siglo XIX, en novelas alucinantes, autores como Charles Dickens, Victor Hugo, Hector Malot o Edmondo de Amicis (2).
La globalización capitalista no ha contribuido a mejorar esta situación. En efecto, «en un mundo en donde la libre circulación de capitales y mercancías está garantizada, la industria de los países del Sur solo puede sobrevivir aprovechando al máximo el único terreno en el que sigue siendo verdaderamente competitiva: el bajo coste de su mano de obra (3)». Sin el trabajo infantil, con una remuneración muy inferior a la de los adultos, muchos países sufrirían el hundimiento de su competitividad, la disminución de sus exportaciones y la caída de su entrada de divisas.
Las empresas multinacionales no se quedan atrás a la hora de aprovechar la explotación de menores. Entre otras, las tabacaleras (Philips Morris, Altadis), las bananeras (Chiquita, Del Monte) y las del cacao (Cargill). En Malawi, por ejemplo, en donde la industria del tabaco emplea a la mayor parte de la población, decenas de miles de niños son explotados en la recogida y el secado de las hojas de tabaco. En Ecuador, niños entre 7 y 8 años trabajan en las plantaciones de plátanos doce horas diarias. En Costa de Marfil, primer productor mundial de cacao, miles de niños-esclavos trabajan en las plantaciones.
El problema de los niños-esclavos y del tráfico del que son objeto se convirtió en portada de la prensa mundial en abril de 2001, cuando se descubrió un barco con bandera nigeriana – el Etireno -, procedente de Benin, que transportaba decenas de niños que iban a ser vendidos como esclavos en Gabón. Según el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), más de 200.000 niños y adolescentes son víctimas de este tráfico, comprados y vendidos, en África Central y Occidental.
Incluso en los países ricos, cerca de 2,5 millones de niños – a los que habría que añadir 11,5 de adolescentes con edades comprendidas entre los 15 y los 17 años – trabajan en condiciones lamentables y peligrosas, en la agricultura, la construcción, los talleres de confección y las fábricas de calzado: 120.000 en Estados Unidos, 200.000 en España, 400.000 en Italia y más de 2 millones Gran Bretaña.
Con el fin de analizar la dramática situación de los menores, y doce años después de la Cumbre mundial sobre la infancia, organizada por las Naciones Unidas en Nueva York en septiembre de 1990, el pasado mes de mayo, en la sede de la ONU, se desarrolló una nueva Cumbre sobre la infancia en la que participaron 500 menores procedentes de más de cien países. Kofi Anan inauguró el encuentro con una dura constatación: «Lamentablemente hemos fracasado en la protección de los principales derechos fundamentales de los niños».
Es preciso decir que las cifras son abrumadoras. Más de 500 millones de niños viven con menos de un euro al día. Son los más afectados por la miseria, de la que conservarán toda su vida secuelas psicológicas y físicas. Más de 100 millones de niños no van nunca a la escuela. Cada año mueren 11 millones de menores de 5 años, es decir, unos 30.000 diarios, uno cada tres segundos…
Entre el año 1990 y el 2000, debido a los conflictos armados, más de un millón de niños ha perdido a sus padres o ha sido separado de su familia, más de 300.000 han sido reclutados como soldados, más de 2 millones han sido masacrados en guerras civiles, más de 6 millones han sufrido heridas, mutilaciones o minusvalías de por vida, 12 millones se han quedado sin techo y alrededor de 20 millones han sido expulsados de sus casas.
Por si fuera poco, más de 700.000 niños son victimas cada año del tráfico de seres humanos, retenidos contra su voluntad en condiciones de esclavitud, a causa, según la ONU, «de la demanda de mano de obra barata y a la creciente demanda de niñas y niños para el comercio sexual (4)»
El destino de las niñas es especialmente dramático. Son objeto de todo tipo de discriminaciones. Así, de los cien millones de niños no escolarizados, 60 millones son niñas. Por razón de su sexo, entre 60 y 100 millones de niñas han sido victimas de feticidios, infanticidios, malnutrición y maltrato. Más del 90% del servicio doméstico – la ocupación más frecuente entre los niños que trabajan – son niñas entre 12 y 17 años. En algunas regiones de África y de Asia, la tasa de seropositivos es cinco veces más elevada entre las niñas que entre los niños.
Ante semejante situación, es necesario volver a escuchar el llamamiento lanzado con voz firme, en nombre de todos los niños explotados del mundo, el pasado mes de mayo, en la sede de la ONU, ante 70 jefes de Estado y cientos de ministros de 189 países, por Gabriela Azurdy, una niña boliviana de 13 años: «Somos las victimas de la explotación y de abusos de todo tipo, somos los niños de la calle, somos los niños de la guerra, somos los huérfanos del SIDA, somos las víctimas y nuestras voces no se oyen. Es necesario que todo esto acabe. Queremos un mundo adecuado a las necesidades de los niños y niñas…»
*Fuente: Guevariando

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