Las tres D: dedocracia, disciplina y dictadura
por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)
13 años atrás 5 min lectura
Con el sistema proporcional, que se empleaba en la época republicana, no existía el problema de los cupos referidos a las candidaturas parlamentarias: había suficientes cargos en competencia y todos aspirantes podían postular. Antes de los años 70 existía la prohibición de pactos electorales, lo cual hacía aún abierto el sistema de postulaciones y el sistema D´Hont privilegiaba a quien encabezaba la lista; evidentemente, todos los candidatos eran seleccionados a dedo, salvo en las presidenciales que, a veces, surgían de convenciones, pero de todas maneras estaba limitado a delegados por partidos políticos y/o sindicatos.
Si recurrimos a Max Weber podríamos dividir los partidos políticos del período republicano en de patronazgo e ideológico: los primeros tenían una disciplina muy débil, pues aspiraban a repartirse los cargos de poder, más que hegemonizar en base a una ideología; los segundos, cuentan con una disciplina rígida y son mesiánicos – con ideología sui generis y utopía propia -. Veamos algunos casos en la historia política chilena: los liberales fueron un Partido de patronazgo y en su interior coexistían múltiples fracciones y en las postulaciones a cargos parlamentarios eran bastante individualistas; la otra cara de la moneda se daba en el Partido Conservador, de una rígida disciplina monacal; a partir de los años 30, el Partido Radical es también de patronazgo y casi sin disciplina para postulación a cargos de representación popular; la Falange y, posteriormente, la Democracia Cristiana, actuaron como mesiánicos y con una férrea disciplina partidaria – a ningún candidato se le hubiera ocurrido oponerse a la directiva de su Partido por no ser considerado para un cargo al cual aspiraba -.
En la izquierda chilena, el Partido Comunista, de raíz estalinista, por lógica – mirando sus orígenes – era de una disciplina muy estricta: se aplicaba el centralismo democrático – que tiene más de centralismo que de democrático- y los secretarios generales eran siempre reconducidos. El Partido Socialista era todo lo contrario: una montonera, una federación de fracciones, que se dividía en su proceso y, generalmente se expulsaban unos a otros – su líder máximo, Salvador Allende, fue expulsado por socialdemócratas en una ocasión y, posteriormente, dividió al Partido al negarse a apoyar al ex dictador Carlos Ibáñez del Campo -; su fundador, Marmaduque Grove, también salió del partido debido a desavenencias con la juventud, dirigida por Raúl Ampuero – uno de los personajes más brillantes en la historia de ese partido y, quizás, el único que conocía a Marx, durante este período.
Durante el período dictatorial – después de 1973 – el Partido Socialista llegó al colmo de su fraccionamiento, donde todos los sectores llevaban nombres propios de sus líderes: los chetistas, por Aniceto Rodríguez; los nuñistas, por Ricardo Núñez, los almeydistas, por Clodomiro Almeyda; los suizos, de Ricardo Lagos; los mandujanos, por Manuel Mandujano; esta historia de fracciones, indisciplina y dedocracia continúa hasta hoy, en que los nombres originales siguen llamándose por Nueva Izquierda, Megatendencia, Socialista-Allendista, hasta terminar en que Camilo Escalona se apropia del Partido, expulsando a las demás tendencias, salvo a los renovados, que aún se mantienen en su seno.
De las tres “D”, la única que no mantiene el Partido Socialista es la disciplina, pues perdería, íntegramente, su ADN, pero ya sabemos, que por lo ocurrido durante estos últimos años, y acentuado ahora, siguen siendo dedocráticos y dictatoriales, aun cuando parezca una paradoja.
Un Partido de patronazgo e indisciplinado es Renovación Nacional, donde los líderes juegan un papel fundamental y comparten esta característica con democratacristianos y radicales – los DC ya hace tiempo desecharon la ideología y el mesianismo para convertirse en una agencia de empleo, muy bien remunerado, y es raro encontrar un democratacristiano que conozca a Emmanuel Mounier, Charles Péguy, ni chucho menos, las Encíclicas papales; lo mismo ocurre con los radicales respecto a Valentín Letelier, el gran educador de ese Partido.
La Unión Demócrata Independiente cumple, a cabalidad, con las tres “D”: es un Partido dedocrático, dirigido por “coroneles”, que jamás aceptarían una elección popular por parte sus militantes y, mucho menos, para seleccionar a los candidatos a parlamentarios, lo cual significa, entre otras restricciones, que es un Partido dictatorial; la ideología de Jaime Guzmán Errázuriz es una mezcla de franquismo y catolicismo de ultraderecha – que representa un regreso a la Edad Media, o a la España de Felipe II – rey que orinaba en el Escorial mientras escuchaba misas cantadas por “pollerudos”- fuertemente impregnada del neoliberalismo de Hayek y, a su vez, un populismo propio del Opus Dei. El candidato Pablo Longueira, que intervino directa, consciente y autoritariamente en la designación dedocrática de la plantilla parlamentaria, tiene la intención calculada y voluntarista de volver a los orígenes ideológicos de Jaime Guzmán – que en la actualidad, con permiso de Lucifer, se dedica a conversar, diariamente, con su discípulo predilecto -; lo que más impresiona es la disciplina de estos sacristanes del único Partido confesional que va quedando en Chile – la cara de pena de Iván Moreira, despojado de su aspiración al ambicionado cargo de senador por Santiago Oriente, dice mucho más que miles de artículos-.
Hay que poner mucha atención a esta nueva cruzada: Longueira expresa un totalitarismo muy peligroso para la democracia; es muy capaz de aglutinar el miedo de los ricos ante los acontecimientos que vienen, dadas las crecientes demandas políticas y sociales, y la compra del lumpen proletariado por un creciente populismo asistencialista – esta conjunción de populismo y miedo a los ricos dio lugar a la marcha sobre Roma y a la rebelión falangista en España.
18/05/2013
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