Portuarios por la dignidad y solidaridad
por Catalina Rebollo (Chile)
14 años atrás 4 min lectura
Los recursos naturales de nuestro país, exportados como materia prima, son la principal fuente de ingresos nacionales. Cobre, frutas, pescados, vinos, hortalizas y celulosa, entre otros, dejan nuestras tierras para ser procesados y consumidos en naciones del otro lado del océano como China, nuestro principal consumidor. Pero para que estas transacciones puedan efectuarse, entre los productores y los consumidores debe intermediar el servicio de trasporte. Debido a la geografía de Chile y las magnitudes de las cargas, el principal medio para llegar a los clientes extranjeros es el marítimo. Es por ello que el paro de los trabajadores portuarios, unidos en apoyo a las demandas de los obreros de Ultraport en Mejillones, ha causado tanto revuelo en la clase empresarial. Si se paralizan los puertos, se paralizan las exportaciones. Se pierde plata.
En el puerto de Mejillones, al ubicarse en la región de Antofagasta, el producto estrella que llega para ser embarcado es el cobre. Las cargas de Codelco, Gabriela Mistral, Radomiro Tomic, Spence y Escondida, entre otras mineras, pasan por este puerto antes de surcar el mar hacia su destino. “El sueldo de Chile”, luego de surgir gracias a las manos de los mineros sumergidos en la cordillera, se interna en el océano por el trabajo de los hombres de los puertos.
Como se ha visto en estos días de paralización y movilización, nada se mueve desde las costas si es que los brazos de estos hombres no se disponen a hacerlo. Los empresarios reclaman, mueven influencias, billetes, fuerzas policiales, exigen invocar la Ley de Seguridad del Interior del Estado, pero las cargas no zarpan.
Este país, sin sus trabajadores y obreros, no se mueve. Podrán pulular ejecutivos, gerentes, políticos, estadistas. Ninguno de ellos tiene sentido sin el engranaje base que mueve y propulsa las cifras con las que todos ellos se llenan la boca. Hablan de desarrollo, de rankings en la OCDE, de cifras macroeconómicas, puntos porcentuales, acuerdos comerciales por aquí y por acá. Disfrazan de bonanza nacional una realidad donde son sólo algunos los que descansan amparados en sus fortunas, apellidos, poderes y en una desigualdad que permite que colmen sus bolsillos a costa de otros. Esos otros que son los brazos que levantan el país.
Obreros de la construcción, portuarios, forestales, mineros y temporeros, por nombrar sólo algunos, trabajan en condiciones y con remuneraciones que para nada reflejan el alcance de la economía nacional que se pregona. Acá, no se reparte la torta. En este país, importan más las cifras que las personas, quienes se vuelven meros instrumentos para alcanzar números. ¿No les dará vergüenza a los gerentes y directores de Ultraport que sus trabajadores tengan que salir a la calle y paralizar los puertos del país para que se les otorgue media hora de colación, para que tengan un lugar digno donde comer, para que se les respeten sus derechos sindicales? Mientras, en la página web de la empresa, rezan frases como: “Tomamos las medidas necesarias para mantener un ambiente de trabajo grato y de buena calidad, velando así por la salud, integridad y comodidad de nuestros colaboradores.”
Del otro lado, los trabajadores portuarios se puede sentir orgullosos de levantar un movimiento solidario y unificado capaz de poner en jaque al empresariado. Ojalá otros sectores productivos del país pudieran tener el nivel de organización que han mostrado. Pero las reglas del juego se escriben para favorecer a otros, a los mismos de siempre, para que el “jaque mate” sea casi imposible. Para que los sindicatos no prosperen y los trabajadores tengan que someterse, por necesidad, a las condiciones indignas que muchas empresas sostienen. Es cierto, no son todas, pero para que estamos con cosas… Ni siquiera es necesario acercarse a un puerto para visualizar la precariedad de las condiciones laborales de este país. Cada hora de almuerzo, por las calles de Santiago, las veredas y estrechas franjas de pasto se pueblan de trabajadores de la construcción intentando descansar algunos minutos de las arduas faenas y alimentar el cuerpo. Levantan edificios corporativos, oficinas donde más tarde algún gerente se sentará a admirar el paisaje desde las alturas. La misma “altura” que les hará perder de vista las bases e ignorar su condición humana, sentados en la nube de las buenas cifras económicas.
*Fuente: Radio de la U de Chile
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