Adolescencia y juventud, divino tesoro…
por Leonel Reyes Fernández (Iquique, Chile)
14 años atrás 3 min lectura
Rubén Darío –poeta nicaragüense- nunca imaginó que su célebre frase “divino tesoro” cobraría especial énfasis en las actuales y dolorosas circunstancias que vive la diócesis de Iquique. El adultocentrismo perverso de algunos sacerdotes ha manchado y violentado este valioso tesoro, no sólo importante para el mundo confesional religioso, sino para la propia sociedad en su conjunto.
Hoy por hoy, existe en nuestra ciudad una corriente de opinión poco crítica, indiferente y poco interesada en lo que sucede a nuestros adolescentes y jóvenes. Todo se centra en figuras adultas -sean del mundo político, económico y social- y el tema generacional pasa a segundo o tercer plano de la noticia local.
No es primera vez que sufre este tipo de discriminación y marginación social. Solo para recordar, este segmento etáreo a través de la historia de nuestra humanidad, ha tenido una progresiva lucha de evolución social. Sus etapas cronológicas y biológicas siempre han sido permanentes en el tiempo, pero sus percepciones sociales poco a poco han ido cambiando. Podemos distinguir tres grandes etapas.
La primera, fue percibirlos como meros objetos casi inanimados, merecedores sólo de compasión, cuidado y asistencialismo. Las actitudes –en el mejor de los casos- eran de proveerles de los elementos básicos de atención y subsistencia. Sin embargo, nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes eran más que eso.
La segunda etapa, fue percibirlos como seres de la especie humana, pero carentes de capacidad racional y emotiva. Estaban en proceso de maduración, por tanto, eran unos “adultos pequeños”. Eran una “tabula rasa” de mentes vacías que requería ser formateada según los intereses de cada sociedad. Pero nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes eran más que eso.
La tercera etapa –y es la que estamos viviendo hoy- fue percibirlos como sujetos sociales con características específicas y muy particulares. Los aportes de las ciencias psicológicas del desarrollo y la Convención Internacional del Niño (1989) marcan el hito histórico que señala la emergencia de un nuevo paradigma sociocultural. Al percibirlos como sujetos sociales no sólo reivindicamos su calidad de personas, sino también como protagonistas de su propia etapa cronológica y sujetos sociales en proceso de desarrollo. Derechos y deberes son el binomio jurídico social para su protección, crecimiento y participación.
Sin embargo, todas estas consideraciones evolutivas e históricas siguen siendo invisibilizadas e invalidadas en nuestros días por actitudes adultistas mezquinas e irresponsables; siguen siendo violentadas sistemáticamente por abusos sexuales por gente manipuladora y perversa; siguen siendo objeto de maltrato y explotación laboral; siguen siendo víctimas de políticas anti-generacionales. Aún tenemos la deuda histórica con esta población generacional que día a día llama la atención con sus demandas y necesidades; que llaman la atención cuando están bajo consumo de algún tipo de droga o alcohol; que llaman la atención adquiriendo estereotipos globalizadores; que llaman la atención clamando consideración y participación en la sociedad.
Una sociedad que no respeta, no valora y no acompaña a sus nuevas generaciones es una sociedad incapaz de reproducirse sanamente; una sociedad que bloquea y maltrata a sus niños, niñas, adolescentes y jóvenes es una sociedad que limita y compromete seriamente sus propias capacidades de desarrollo social, político y económico.
La obra poética “Cantos de Vida y Esperanza” de Darío es y sigue siendo una nostalgia, pero a la vez una inspiración y un llamado a reaccionar contra todo abuso sexual y contra cualquier tipo de maltrato físico, psicológico y social que melle su dignidad de personas. Es hora de actuar, rompamos el silencio.
*El autor de este Artículo es Diplomado en Derechos del Niño y Políticas Sociales para la Infancia-Adolescencia. En la actualidad es Técnico en Prevención y realiza labores de desarrollo social y comunitario en Iquique.
-El autor, Leonel Reyes Fernández, es Licenciado en Ciencias Religiosas
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