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Y, después de Aysén, ¿qué…? 

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Documento de análisis del Comité de Defensa de los Derechos Humanos y Sindicales CODEHS

PRESENTACIÓN DEL PROBLEMA

No cabe la menor duda que uno de los acontecimientos más importantes, de este último tiempo, ha sido el movimiento social, organizado por los habitantes de Aysén, a fin de obtener del Estado chileno un conjunto de reivindicaciones, destinadas a mejorar sus condiciones de vida en una de las zonas más inhóspitas del país. No es el primer movimiento social que hace frente al poder estatal, a fin de hacerse oír; no es el primer movimiento social que se enfrenta a la autoridad exigiendo, para los habitantes de una región, respeto a su condición de chilenos. Con toda seguridad, tampoco será el último. Sin embargo, corresponde plantearse algunos interrogantes al respecto pues, tras esa protesta y las que se han venido desencadenando en los últimos días, lo que parece haberse instalado en Chile es una nueva forma de hacer frente a la autoridad; una forma de hacer valer derechos, que prescinde de las organizaciones políticas como intermediarias entre la población y el poder central. Recuerda, en cierta medida, los pliegos de peticiones que presentan, año a año, las organizaciones sindicales a cada empresa, con la diferencia que, en este caso, la empresa no es múltiple sino tiene una sola identidad: el Estado chileno.

No es extraño que ello suceda: la nueva fase de expansión sin precedentes que recorre el sistema capitalista mundial ha hecho anacrónico el rol de las organizaciones políticas tradicionales y obliga a los actores sociales a hacerse presentes por sí mismos ―y sin organización política alguna que los represente― en las contiendas emprendidas por la vigencia de sus derechos. Por lo demás: el imperio irrestricto de la economía social de mercado ha transformado a los partidos en verdaderas sociedades anónimas con fines de lucro que disputan entre sí el botín del Estado. No está de más, al respecto, recordar que los partidos de la Alianza Por Chile son, generosamente, financiados por los empresarios y altos ejecutivos nacionales, que los grandes grupos económicos no sólo ayudan a los partidos que representan sus intereses en forma directa sino a la generalidad de ellos y que algunas colectividades ‘de izquierda’ tienen dineros invertidos en bonos de las empresas más importantes del país[1]. El desprestigio de la política ―considerada, en su forma restringida, como el espacio en donde actúan los partidos― es manifiesto: los índices de aprobación tanto para el Gobierno como para la oposición rondan alrededor (más/menos) del 30%, lo cual quiere decir que el 70% de la población no cree en los ‘políticos’. Ayuda a acrecentar esta desconfianza actos de torpeza inaudita cometidos permanentemente por las instituciones del Estado, como el escándalo de las dietas y gastos de los parlamentarios, hecho ocurrido durante la semana comprendida entre el 9 y el 16 del presente mes y que enfrentó a la Cámara de Diputados con el Senado; más específicamente, cuando el Senado aumentó en ¡dos millones de pesos más ($ 2.000.000) el dinero que, mensualmente, reciben los miembros de la Cámara Alta para sufragar los gastos de secretaría, en un país donde el sueldo mínimo es de, apenas, ciento ochenta y seis mil pesos ($ 186.000) y casi el 70% de la población en edad de trabajar gana menos de quinientos mil pesos mensuales ($ 350.000)![2]

Podría pensarse que esta nueva forma de hacer política, en donde los propios involucrados actúan personalmente ante un poder situado al margen de ellos, y no por interpósita personae, resolvería los problemas de una sociedad. No ha sido así, sin embargo. Después de los intentos hechos en materia educacional y regional, nada más ha pasado. Los movimientos sociales han sido incapaces de transformar al país puesto que, hasta el momento, se han limitado a plantear solamente reivindicaciones regionales o sectoriales y no problemas comunes a todos los chilenos; en palabras más simples, las organizaciones sociales no han sido capaces de interpretar los anhelos generales de las grandes mayorías, sino tan sólo sus anhelos parciales.

¿A qué se debe ello? ¿Cuál es la razón que hace, si no fracasar, reducir, al menos, el grado de influencia de los movimientos sociales en toda la nación? Las preguntas formuladas precedentemente nos conducen a enfrentar el primer problema que pareciera orbitar en torno a los movimientos sociales, cual es su relación con los partidos políticos.


PARTIDOS POLÍTICOS Y MOVIMIENTOS SOCIALES

Para algunos, la razón del aparente fracaso de los movimientos sociales en cuanto a cohesionar a toda la población en torno a sus demandas sociales estriba en que se hace necesaria la presencia de un partido político para dar vida al ‘programa’ de acción que traduzca los intereses de esas grandes mayorías y satisfaga, en consecuencia, las aspiraciones de los movimientos. Se desprende de lo dicho la imperiosa necesidad de unirlos a todos en torno a un partido, estructura política cuya función debería ser, precisamente, construir plataformas o planes que contuviesen tales aspiraciones. Por consiguiente, la necesidad de un partido político capaz de dar dirección a la población y, por ende, unir a los movimientos sociales bajo un solo mando o dirección, pareciera desprenderse como lógica consecuencia de la afirmación anterior. Es, por lo demás, el fundamento  de la opinión aquella según la cual los partidos políticos deben ser considerados en el carácter de sujetos necesarios e imprescindibles.

Colabora a perseverar en esa idea una superficial concepción acerca de la naturaleza misma de los movimientos sociales según la cual éstos solamente se organizan en torno a problemas concretos, específicos, propios del sector que los plantea, lo cual es efectivo. Los movimientos sociales serían la manifestación de los problemas de un particular sector de individuos que, de ser resueltos en forma oportuna por la autoridad, deberían poner fin, ineluctablemente, a cualquier tipo de manifestación. De hecho, así ha sucedido tanto con las organizaciones creadas para expresar las reivindicaciones de los habitantes de una región determinada (Aysén, Concón, Calama, Pelequén) como con aquellas que lo hicieron respecto de un sector social unido en torno al desempeño de una función específica (estudiantes, trabajadores forestales o mineros, en fin). Los movimientos serían, de acuerdo a ese criterio, manifestación de la ‘clase en sí’ y no de la ‘clase para sí’.

Un investigador acucioso establecería, no obstante, diferencias entre los movimientos regionales y los sectoriales o funcionales, si es que podemos denominar de esa manera a quienes se unen en el desempeño de una función específica: los sectores unidos en el carácter de habitantes de una localidad determinada lo hacen con una visión más global que quienes expresan sus reivindicaciones desde una perspectiva funcional. Ello no es casual: en el primer caso hay un activo intercambio de ideas en torno a los intereses de cada sector; los dirigentes o voceros regionales adquieren una visión de conjunto (podemos denominarla ‘global’, en este caso, aunque sea tan sólo una visión regional) del conflicto, lo que difícilmente sucede cuando se trata de las peticiones del otro sector.

Esta circunstancia parecería indicarnos que, para adquirir una visión más global de la sociedad, un movimiento social no necesitaría de partido político alguno con la función específica de confeccionarle ‘el’ programa de acción. Bastaría, simplemente, alentar a dicho movimiento a practicar una estrecha colaboración con los demás y obligarlo, de esa manera, a compenetrarse de los problemas ajenos y hacerlos propios, pues las leyes de la cooperación nos enseñan que un movimiento preocupado de los problemas de quienes actúan en su entorno contribuye eficazmente a provocar en éstos una reacción de idéntica naturaleza respecto de aquel. Al final, todos pueden terminar realizando sus intereses en estricta correspondencia y armonía con los intereses de los demás. Y, así, la generalidad comienza a tener una perspectiva global, y satisfacer sus intereses en la medida que otros lo hacen con los suyos, situación fácil de entender pues los intereses particulares de los movimientos se realizan en tanto se realizan también los intereses generales de la sociedad. No ocurre de manera diferente a como sucede con los intereses de las personas, que se realizan con mayor efectividad cuando lo hacen como conjunto social. Es en ese momento que los movimientos devienen en ‘el’ partido político o el ‘gran’ movimiento social del que habla Karl Marx en su carta al poeta Freiligrath.

 

DIFICULTADES QUE ENFRENTA UN MOVIMIENTO SOCIAL EN SUS LUCHAS

Así, pues, a nuestro entender, los movimientos sociales pueden, cuando maduran y se conectan entre sí, realizar la misma labor que compete a los partidos políticos y adquirir, con ello, una visión global de los problemas que afectan al conjunto social; pueden, del mismo modo, establecer formas de producir que satisfagan con creces las verdaderas necesidades de esa sociedad.

Pero, ¿es eso posible? ¿Puede un movimiento social madurar y establecer nexos con los demás movimientos sociales y traducir los intereses particulares de un grupo específico en intereses generales de todo un conjunto social?

Al intentar llevar a cabo tales propósitos, inevitablemente se tropieza con ciertos hechos que conspiran contra la idea de convertir a un movimiento social en la máxima expresión de los problemas sociales de una nación.

  1. El primero de ellos lo constituye la naturaleza misma del movimiento que, tal cual lo afirmáramos en los párrafos anteriores, encuentra su fundamento y razón de ser en situaciones concretas, específicas; en suma, por la simple circunstancia de representar las más sentidas necesidades de un grupo social, no de toda la población.

Por eso, el movimiento, de por sí, no tiene una perspectiva global. Por lo mismo, en el transcurso y desarrollo de su lucha, debe ir haciéndose crecientemente político, lo cual implica que:

a)      Debe tener no sólo la voluntad de enfrentar al Estado como contrapoder en la defensa de sus derechos, sino ser capaz de desafiarlo; y,

b)      Debe transformar las reivindicaciones particulares de sus asociados en reivindicaciones generales de toda una sociedad, lo cual se logra al tomar cabal conciencia que sus intereses particulares se realizarán en tanto lo hagan los intereses generales de toda la sociedad.

Estos dos requisitos son los que confieren al movimiento un carácter político; sin embargo, asumir la realización de ambas tareas no es cosa fácil. Conspira contra la misma otra circunstancia a la que nos vamos a referir de inmediato.

  1. El segundo de los hechos que pone trabas al desarrollo de los movimientos sociales lo constituyen, paradojalmente, los partidos políticos.

Y es que los partidos políticos no son parte ajena al sistema, como ingenuamente alguien pudo suponer; por el contrario, son parte integrante del mismo, son elementos consustanciales al Estado y parte de la escena política de la nación. El interés de los partidos políticos, pues, no es otro que el resolver los problemas planteados por los movimientos sociales a través de la vía institucional, llámese ésta Parlamento, Gobierno, Judicatura, Contraloría, en fin. Por más que un partido se diga ‘revolucionario’, nunca podrá dejar de ser parte integrante del sistema que busca abolir; siempre mirará con profundo recelo las peticiones que no se encauzan dentro de los márgenes legales, formuladas por las organizaciones sociales. Y siempre ha de intentar cooptar a la dirigencia de dichas organizaciones. Ya sucedió con posterioridad a las grandes protestas del ’83 contra la dictadura; en las protestas estudiantiles de 2011, la militancia política de dos de sus líderes ha resultado, a la postre, perjudicial para el movimiento, especialmente por el hecho que el partido al que pertenecen ambos ha entrado en tratos con la Concertación de Partidos Por la Democracia, hoy, profundamente desprestigiada. En la ‘revolución de los pingüinos’ y las protestas estudiantiles de 2011, el Estado usó toda la maquinaria parlamentaria para poner fin a las revueltas; el gobierno de Bachelet no lo hizo mejor que el de Piñera. En ambos casos, los perdedores fueron los estudiantes y el ganador fue el Estado.

Un partido puede organizarse para oponerse al sistema vigente pero, para perseverar en ese empeño, debe cumplir con requisitos casi sobrehumanos uno de los cuales ha de ser estar preparado para negarse a sí mismo, para disolverse al momento del triunfo social e integrar, como sujetos particulares y no como grupo humano, su militancia a la población para construir desde allí la nueva sociedad. Lo cual implica que, al contrario de las demás organizaciones políticas, no debe prepararse para gobernar. Pero emprender esta tarea tampoco es cosa fácil. El propio partido de Lenin quiso ser ‘un partido de nuevo tipo’ y terminó reproduciendo las diferenciaciones sociales y el autoritarismo propio de la sociedad que buscaba abolir.

  1. El tercero de estos hechos está en directa relación con aquello a lo cual nos refiriéramos más atrás, y lo constituye la dificultad que encierra intentar compatibilizar las distintas opciones y reivindicaciones que cada movimiento ha hecho suyas y que han posibilitado su exitoso ingreso en el campo de las luchas sociales.,

En efecto, tal compatibilización no es sino la articulación (se haga o no con la participación de los partidos) de lo político (en el sentido amplio de la palabra) con las demandas regionales, generacionales, sexistas, raciales, religiosas, ecológicas, en fin, planteadas por los distintos movimientos sociales que, al contrario de lo supuesto, por regla general no se manifiestan en el plano exclusivamente económico. Y esta no es una tarea fácil.

 

EL DILEMA DEL MOVIMIENTO SOCIAL EN LA COYUNTURA

Un segundo aspecto que va a poner a prueba la capacidad de los movimientos sociales en superar a las organizaciones políticas y dar oportuna respuesta a los grandes problemas nacionales lo marcarán las elecciones tanto de concejales como de presidente de la República y parlamentarios que se realizarán entre los años 2012 y 2013; las primeras se tendrán lugar en exactos seis meses más, en tanto las segundas lo harán el próximo año. Así, pues, la convocatoria a elecciones definirá, de una vez por todas, si la época de los cambios se ha hecho o no verdaderamente presente y un nuevo sujeto histórico (el movimiento social) deberá irrumpir en el escenario político nacional. La afirmación precedente no es gratuita.

En primer lugar, porque las organizaciones sociales deberán resolver una pregunta básica o trascendental que, desde ya, se formula el electorado para sí: si acaso ha de votarse en esas elecciones o no y, en este último caso, si con esa determinación se pretende negar legitimidad a la representación política que resulte elegida por no representar la voluntad del electorado de toda una nación.  El llamado a no votar, en tal caso, debe ser multitudinario; de otra manera ―y este es el temor de muchas personas― se legitimaría el triunfo de los sectores más reaccionarios de la sociedad. Pero esta opción es antisistémica; y muchos miembros de la sociedad preferirían orillar los márgenes de ese sistema y evitar hacerle frente en forma directa[3].

En segundo lugar, si los movimientos sociales no se pronuncian y mantienen silencio ante el proceso eleccionario (o lo ignoran, como muchos creen que es la mejor solución), el electorado concurrirá a las urnas porque la sociedad funciona, también, por inercia. En este caso, la opción del silencio se traducirá en el otorgamiento del consentimiento para votar. Y la opción para hacerlo por candidatos propios no tendrá lugar, como se verá de inmediato.

En tercer lugar, si los movimientos sociales se pronuncian por participar en el acto cívico deberán resolver si acaso lo hacen para respaldar a candidatos propios o a aquellos que han presentado los partidos políticos.

Pronunciarse por la participación en el proceso eleccionario con candidatos propios no es una decisión fácil. Conspira contra ella el tiempo, pues implica la realización de un trabajo previo de selección de candidatos que deberían representar los intereses de cada una de las organizaciones sociales. Implica, en suma, un proceso de unión que aún no se da ni se vislumbra en el futuro próximo. Es, por lo mismo, una labor que debería haberse comenzado a realizar hace un tiempo y que no se ha hecho, labor que resulta un tanto estéril a la vista de los acontecimientos, pues las fechas establecidas por la Constitución no esperan al remiso.

En cuarto lugar, los movimientos sociales deberían pronunciarse si acaso apoyan a los candidatos de los partidos políticos, lo que resulta muy difícil para los mismos pues, ante ellos, la política, considerada en la forma antes descrita, se encuentra totalmente desprestigiada.

Lamentablemente, el proceso eleccionario no puede ni va a ser ignorado por las organizaciones sociales. Guste o no guste a aquellas, las elecciones van a acaparar la atención de la ciudadanía en los meses venideros. Aún cuando las encuestas muestran, desde ya, un claro rechazo al mundo político de la nación y un fuerte respaldo al movimiento ciudadano, como ya se ha señalado. Por eso, las elecciones de este año y las del próximo constituirán un acontecimiento que no pasará inadvertido para los habitantes de este país pues, precisamente, ha sido orientado a atraer su atención por varios hechos:

a)      Se trata de un proceso que ya se está manifestando en la escena política de la nación y que tiene enfrascados en disputas a los partidos políticos;

b)      Se trata de un proceso que busca restituir el predominio de la escena política de la nación por sobre la escena social;

c)       Se trata, por consiguiente, de un proceso cuya finalidad es restaurar el poder de los actores políticos por sobre los actores sociales y subordinar éstos a aquéllos;

d)      Se trata de un proceso en el que ya están participando personas que, de una u otra manera, estuvieron ligadas a movimientos sociales y que fueron absorbidas por el remolino político de la nación (personas cooptadas); y,

e)      Se trata de un proceso diferente a los anteriores pues, teóricamente, se incorpora un contingente extraordinario de votantes (cuatro millones de personas) cuyo pronunciamiento va a ser decisivo en las lides.

Así, pues, el escenario de las luchas sociales no se presenta fácil para los movimientos que han surgido durante estos años. Por el contrario, mostrarán la capacidad de sus líderes y consejeros para irrumpir con éxito en los acontecimientos que van de producirse, de todas maneras, en los meses venideros.

 

EL FUTURO DEL MOVIMIENTO SOCIAL

Los movimientos sociales no han logrado articularse en un movimiento global, en un movimiento único capaz de enfrentar al Estado y resumir en sí las aspiraciones de la gran mayoría de chilenos. Desde este punto de vista, aunque han resultado exitosos para el logro de sus objetivos, no lo han hecho respecto de los intereses de las grandes mayorías nacionales. La tendencia que acusan todos ellos, en tanto no realicen los intereses de toda una colectividad, es resolver problemas particulares.

Es cierto que logran éxito en esas acciones, pero no es menos cierto que dejan insatisfechos los anhelos de las grandes mayorías nacionales que, de súbito, ven en ellos la esperanza de una vida mejor, la coronación de todas sus inquietudes y desvelos. Pero eso no es así.

Así, pues, en la medida que los movimientos sociales continúen por el desarrollo de la vía de las reivindicaciones propias y no extiendan sus petitorios en un verdadero abanico social de necesidades, en tanto ellos continúen por la senda de la satisfacción de sus requerimientos más particulares, no habrá posibilidad alguna de atribuirles la posibilidad de encabezar con éxito un cambio social. Los movimientos habrán terminado, se habrán agotado en la lucha por sus propias peculiaridades y serán incapaces de llevar a una sociedad hacia la transformación de sus estructuras. En ese sentido, no serán mejores que los partidos políticos cuya gestión pusieron seriamente en duda. No los superarán. E, incluso, podrán hasta ser víctimas de sus propias invectivas. Jamás lograrán elevarse por sobre aquellos que desprestigiaron y no pasarán de ser la expresión del ‘wishfull thinking’, de la aspiración que jamás ha de ser realidad.

La historia espera una decisión al respecto; y a la historia no es posible hacerla esperar.

Por el COMITÉ DE DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS Y SINDICALES (CODEHS)

Patricio Orellana

Oscar Ortíz

María Eugenia Zúñiga

Carlos Méndez

Raúl Elgueta

Miguel Mercado

Manuel Acuña

Santiago, abril de 2012


[1] Ver artículo sobre el financiamiento de los partidos en vespertino ‘La Segunda’, de fecha 14 de abril de 2012.

[2] Esta comparación parece no importarle al presidente del partido Socialista, señor Osvaldo Andrade, de acuerdo a lo expresado en la entrevista que se le hiciera en el transcurso del programa ‘Estado Nacional’, presentado por TVN, de fecha 15 de abril de 2012. En esa oportunidad, y en una clara defensa a las leyes del mercado, señaló el también parlamentario socialista que la comparación era absurda pues el sueldo mínimo podría elevarse de acuerdo a los convenios laborales que pudieren celebrar patrón y asalariado.

[3] El dilema de participar o no en las elecciones (municipales, parlamentarias, presidenciales, lo mismo da) se presentó, igualmente, en las luchas sociales que libraron los movimientos sociales en Argentina, en 2003. Sobre el particular, véase el trabajo “La política y lo político en los movimientos sociales en Argentina”, de Héctor Palomino, Gustavo Rajher, Leticia Pogliaghi e Inés Lazcano, investigadores de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, documento que se puede encontrar en las páginas de Internet.

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