Peligros de la «intervención humanitaria» en Libia
por Robert Fisk (La Jornada)
15 años atrás 7 min lectura
Traducción: Jorge
Anaya
Conque vamos a tomar "todas las medidas
necesarias" para proteger a los civiles libios, ¿cierto? Lástima que no se
nos haya ocurrido hace 42 años. O 41 años. O… bueno, ustedes saben el resto. Y
no nos dejemos engañar sobre lo que en realidad significa la resolución del
Consejo de Seguridad. Una vez más, será el cambio de régimen. Y así como en
Irak -para usar una de las únicas frases memorables de Tom Friedman en ese
tiempo-, cuando el último dictador se vaya, ¿quién sabe qué clase de
murciélagos saldrán de la caja?
Y luego de Túnez y de Egipto, tenía que ser Libia, ¿verdad?
Los árabes de África del norte demandan libertad, democracia, no más opresión.
Sí, eso es lo que tienen en común. Pero otra cosa que esas naciones tienen en
común es que fuimos nosotros, los occidentales, quienes alimentamos a sus
dictaduras década tras década. Los franceses acurrucaron a Ben Alí, los
estadunidenses apapacharon a Mubarak y los italianos arroparon a Gadafi hasta
que nuestro glorioso líder fue a resucitarlo de entre los muertos políticos.
¿Sería por eso, me pregunto, que no habíamos sabido de lord
Blair de Isfahán en fechas recientes? Sin duda debería haber estado allí,
aplaudiendo con júbilo ante una nueva intervención humanitaria. Tal vez sólo
está tomando un descanso entre episodios. O tal vez, como los dragones en La
reina de las hadas, de Spenser, está vomitando en silencio panfletos católicos
con todo el entusiasmo de un Gadafi en pleno impulso.
Abramos el telón apenas un poco y observemos la oscuridad
que hay detrás. Sí, Gadafi es un orate absoluto, un lunático del nivel de
Ajmadineyad de Irán o Lieberman de Israel, quien una vez, por cierto, se puso a
fanfarronear con que Mubarak podía "irse al infierno", pero se puso a
temblar de miedo cuando Mubarak fue en verdad lanzado en esa dirección. Y
existe un elemento racista en todo esto.
Medio Oriente parece producir estos personajes… en oposición
a Europa, que en los 100 años pasados sólo ha producido a Berlusconi,
Mussolini, Stalin y el chaparrito aquel que era cabo en la infantería de
reserva del 16 regimiento bávaro y que de plano perdió el seso cuando resultó
elegido canciller en 1933… pero ahora estamos volviendo a limpiar Medio Oriente
y podemos olvidar nuestro propio pasado colonial en este recinto de arena. Y
por qué no, cuando Gadafi dice a la gente de Bengasi: "iremos zenga, zenga
(callejón por callejón), casa por casa, cuarto por cuarto". Sin duda es una
intervención humanitaria que de veras, de veritas es una buena idea. Después de
todo, no habrá "tropas en tierra".
Desde luego, si esta revolución fuese suprimida con
violencia en, digamos, Mauritania, no creo que exigiéramos zonas de exclusión
aérea. Ni en Costa de Marfil, pensándolo bien. Ni en ningún otro lugar de
África que no tuviera depósitos de petróleo, gas o minerales o careciera de
importancia en nuestra protección de Israel, la cual es la verdadera razón de
que Egipto nos importe tanto.
Enumeremos algunas cosas que podrían resultar mal; demos una
mirada de soslayo a esos murciélagos que aún anidan en el reluciente y húmedo
interior de su caja. Supongamos que Gadafi se aferra en Trípoli y que
británicos, franceses y estadunidenses destruyen sus aviones, vuelan sus
aeropuertos, asaltan sus baterías de vehículos blindadas y misiles y él
sencillamente no desaparece. El jueves observé cómo, poco antes de la votación
en la ONU, el
Pentágono comenzaba a ilustrar a los periodistas sobre los peligros de toda la
operación, precisando que podría llevar días instalar una zona de exclusión
aérea.
Luego está la truculencia y villanía de Gadafi mismo. Las
vimos este viernes, cuando su ministro del Exterior anunció el cese del fuego y
el fin de todas las "operaciones militares", sabiendo perfectamente,
por supuesto, que una fuerza de la
OTAN decidida al cambio de régimen no lo aceptaría y que eso
permitiría a Gadafi presentarse como un líder árabe amante de la paz que es
víctima de la agresión de Occidente: Omar Mujtar vive de nuevo.
¿Y qué tal si sencillamente no llegamos a tiempo, si los
tanques de Gadafi siguen avanzando? Entonces enviamos mercenarios a ayudar a
los "rebeldes". ¿Nos instalamos temporalmente en Bengasi, con
consejeros, ONG y la acostumbrada palabrería diplomática? Nótese cómo, en este
momento crítico, no hablamos ya de las tribus de Libia, ese curtido pueblo
guerrero que invocamos con entusiasmo hace un par de semanas. Ahora hablamos de
la necesidad de proteger al "pueblo de Libia", ya sin registrar a los
senoussi, el grupo más poderoso de familias tribales de Bengasi, cuyos hombres
han librado gran parte de los combates. El rey Idris, derrocado por Gadafi en
1969, era senoussi. La bandera "rebelde" roja, blanca y verde -la
vieja bandera de la Libia
prerrevolucionaria- es de hecho la bandera de Idris, una bandera senoussi.
Ahora supongamos que los insurrectos llegan a Trípoli (el
punto clave de todo el ejercicio, ¿no es así?): ¿serán bienvenidos allí? Sí,
hubo protestas en la capital, pero muchos de esos valientes manifestantes
venían de Bengasi. ¿Qué harán los partidarios de Gadafi? ¿Se
"disgregarán"? ¿Se darán cuenta de pronto de que siempre sí odiaban a
Gadafi y se unirán a la revolución? ¿O continuarán la guerra civil?
¿Y si los "rebeldes" entran en Trípoli y deciden
que Gadafi y su demente hijo Saif al-Islam deben recibir su merecido, junto con
sus matones? ¿Vamos a cerrar los ojos a las matanzas de represalia, a los
ahorcamientos públicos, a tratos como los que los criminales de Gadafi han
infligido durante tantos años? Me pregunto. Libia no es Egipto. Una vez más, Gadafi
es un chiflado y, dado su extraño desempeño con su Libro Verde en el balcón de
su casa bombardeada, es probable que de cuando en cuando también monte en
cólera.
También está el peligro de que las cosas "salgan
mal" de nuestro lado: las bombas que caen sobre civiles, los aviones de la OTAN que pueden ser
derribados o estrellarse en territorio de Gadafi, la súbita sospecha entre los
"rebeldes"/"el pueblo libio"/los manifestantes por la
democracia de que la ayuda de Occidente tiene, después de todo, propósitos
ulteriores. Y luego hay una aburrida regla universal en todo esto: en el
segundo en que se emplean las armas contra otro gobierno, por mucha razón que
se tenga, las cosas empiezan a desencadenarse. Después de todo, los mismos
"rebeldes" que la mañana del jueves expresaban su furia ante la
indiferencia de París ondeaban banderas francesas la noche de ese día en
Bengasi. ¡Viva Estados Unidos! Hasta que…
Conozco los viejos argumentos. Por mala que haya sido
nuestra conducta en el pasado, ¿qué debemos hacer ahora? Es un poco tarde para
preguntar eso. Amábamos a Gadafi cuando llegó al poder en 1969 y luego, cuando
mostró ser un orate, lo odiamos; después lo volvimos a amar -hablo de cuando
lord Blair le estrechó las manos- y ahora lo odiamos de nuevo. ¿Acaso Arafat no
tuvo un similar historial de altibajos para los israelíes y los estadunidenses?
Primero era un superterrorista que anhelaba destruir a Israel, luego un
superestadista que estrechó las manos de Yitzhak Rabin, y luego de nuevo se
volvió un superterrorista cuando se dio cuenta de que había sido engañado sobre
el futuro de "Palestina".
Algo que podemos hacer es ubicar a los Gadafi y Saddam del
porvenir que alimentamos hoy, los futuros dementes sádicos de la cámara de
torturas que cultivan a sus jóvenes vampiros con nuestra ayuda económica. En
Uzbekistán, por ejemplo. Y en Turkmenistán, Tayikistán, Chechenia y otros por
el estilo. Hombres con los que tenemos que tratar, que nos venderán petróleo,
nos comprarán armas y mantendrán a raya a los "terroristas"
musulmanes.
Todo es tan conocido que fastidia. Y ahora estamos de nuevo
en ello, dando puñetazos en el escritorio en unidad espiritual. No tenemos
muchas opciones, a menos que queramos ver otro Srebrenica, ¿verdad? Pero un
momento: ¿acaso aquello no ocurrió mucho después de que impusimos nuestra zona
de "exclusión aérea" en Bosnia?
© The Independent
Fuente: La
Jornada
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