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«No hay verdadera Navidad sin hablar de justicia e injusticia»

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Pregón de Navidad, 2010
Las tradiciones navideñas de nuestros días, Santa Claus,
luces, árboles, consumo, no tienen nada que ver con las tradiciones de Isaías y
de Lucas alrededor del nacimiento de Jesús. Son tradiciones de justicia,
consuelo y shalom. Dios no llega a nosotros desde la pompa y la diversión
barata, sino que, como dice don Pedro Casaldáliga, "Dios continúa entrando por
abajo". Eso hace difícil hablar de navidad. Pero siempre queda la esperanza de
que la palabra de Dios nos ilumine y nos anime para hablar del Jesús que nace y
viene a nosotros, y que tiene muchas cosas en contra. Brevemente voy a
mencionar cinco cosas que para mí están en el fondo de la navidad. 

Justicia. No se suele hablar de ella en navidad. Todo el
mundo sabe que hoy sigue siendo muy necesaria y muy claro lo que significa.
Pero está trivializada y maquillada. El comercio y el mercado no conocen la
justicia. Ni la mencionan. Se apoderan del dinero de los pobres y adormecen a
todos. Incluso en las iglesias pareciera que "denunciar la injusticia y
pelear contra ella es cosa del pasado". Pero no hay verdadera navidad sin
hablar de justicia e injusticia. En adviento, precisamente porque Dios se está
acercando, el profeta Isaías nos conmina: "Abran camino a Yahvé. Que todo
valle sea elevado y que todo monte y cerro sea rebajado". Que reine la
igualdad y quede desterrada la opresión. Con las "lanzas" -armas de
guerra-, hagan "cumas" -instrumentos de paz- para trabajar la tierra. Que reine
el trabajo y quede desterrado el despotismo del capital.

En estos días navideños acabamos de leer una palabra que
condena la injusticia. Es palabra que viene de lejos pero que suena cercana. El
Padre Ángel Olarán, misionero de Guipúzcoa, la tierra de san Ignacio de Loyola,
de 73 años, ha pasado 40 años en el África oprimida y reprimida. Estos días ha
denunciado, con solemnidad y vigor, "el abuso económico, social, cultural,
político e incluso religioso del ‘Primer mundo’ sobre el ‘Tercero’". Y
concluye: "un mundo que se enriquece de los que no tienen es diabólico". Y
también a la Iglesia
le dirige una palabra: "Quizás la muerte de miles de personas por hambre sería
más motivo de excomunión que otras cosas, anticonceptivos, abortos, matrimonios
gay".

El niño que nace, inocente e indefenso, nos exige practicar
la justicia.           

Consuelo. Sin muchas expectativas de vida digna, a no ser
lejos de su tierra, los pobres, los que emigran, necesitan consuelo. Con los
ojos puestos en esos desterrados, hemos leído en Isaías esta exigencia de Dios:
"Consuelen, consuelen a mi pueblo". Cuánta falta hace hoy el consuelo
para los afligidos. Y qué poco se ve de ese consuelo hondo, más allá de la palabrería
barata.          

También en El Salvador hubo un Isaías que consolaba a su
pueblo: "Verán, queridos hermanos, como regresarán los refugiados… Verán
cómo tanta sangre se tornará en vida… Verán cómo sobre estas ruinas brillará la
gloria del Señor". Utopía, sí. Pero era la de Monseñor Romero. Sólo con la
credibilidad que se gana con un amor sin fingimiento y con la decisión de
correr riesgos -hasta de la vida- se puede anunciar la utopía que consuela. Fue
el secreto de Monseñor. No resolvió problemas, pero trajo consuelo a los
corazones. No es fácil llevar consuelo a los afligidos, pero es necesario.          

Shalom. Es paz y
es más que paz. Los ángeles que se aparecieron a los pastores cantaron:
"Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena
voluntad". San Lucas escribía en griego y, por eso, para hablar de paz usó
la palabra eirene que significa ausencia de violencia, ausencia de guerra… Todo
ello, bueno y necesario. Pero la palabra hebrea es shalom, el bienestar de los
seres humanos basado en la justicia y la verdad, que fructifica en fraternidad
y gozo. Y nada tiene que ver con la pax romana, el sometimiento resignado que
exigen los imperios, ayer como hoy. Los salmos nos recuerdan que "la paz y
la justicia se besan". Si no ponemos manos a la obra de construir
justicia, no hablemos de paz,

De este shalom
poco o nada nos dicen hoy. Algo de ello 
-ojalá mucho- aparece en las celebraciones navideñas caseras: el gozo de
reunirse en familia, a veces incluso con signos de reconciliación. La cena de
navidad, familiar, sincera y sencilla, es el mejor "nacimiento", con figuras de
carne y hueso, que mantiene a Jesús presente en nuestra historia. Ese Jesús se
hace presente en el tejido social, bien tramado por amistad y lealtad. Y ojalá
llegue el día del gran shalom: que los pueblos del norte coman junto con los de
Africa, Asia  América Latina.

Jesús de Nazaret.
Por increíble que parezca, no se suele mencionar mucho a Jesús de Nazaret en
estos días de navidad. Los supermercados no saben que hacer con él. Con
frecuencia, incluso las iglesias no pasan del "niño Dios", sin
insistir en que ese niño creció y llegó a ser el Jesús que salió de su casa,
fue al Jordán a escuchar a Juan y apareció junto con el pueblo para ser
bautizado. Es el Jesús que anunció a los pobres la venida del reino, sintió
compasión por ellos hasta revolvérsele las entrañas, los sanó, los defendió de
sus opresores y se enfrentó con éstos. Es el Jesús que, por ello, fue
ejecutado. Y es el Jesús a quien el Padre no dejó morir para siempre. El
verdugo no triunfó sobre la víctima.

Esto suele estar ausente estos días, pero está presente en
los relatos navideños de los evangelios. En el Magnificat, María preanuncia a
Jesús y reza a Dios como él: "Derribó a los potentados de sus tronos y
exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos
sin nada". El anciano Simeón proclama con gozo que ya puede morir en  paz, pues "sus ojos han visto al
salvador que iluminará a todos los pueblos", y añade que será "señal
de contradicción" a fin de que "queden al descubierto las intenciones
de muchos corazones". Unas buenas gentes llegan de lejos para ponerse a su
servicio, mientras Herodes "manda matar a todos los niños de Belén y de
toda su comarca de dos años para abajo". Este es un relato increíble en
tiempos de navidad, y muy poco tomado en serio. Es una leyenda piadosa
entonces, y ahora es realidad cruel en el centenar de niños asesinados en El
Mozote, y en los niños que mueren en el Congo escarbando coltán para las
multinacionales del norte.

Ese Jesús no
ofrece soluciones, ni resuelve ningún problema. Pero ha introducido un impulso
que ha llegado hasta nosotros para promover siempre justicia, consuelo y
shalom. Lo fundamental de esta noche es que Jesús nos hace una pregunta :
"Ustedes, ¿quieren vivir así, quieren ser así?".          

Nosotras y
nosotros.
Dios en nuestras manos. Cuando Dios quiere no ser sólo Dios surge
Jesús de Nazaret. Surgimos nosotros, hombres y mujeres, pipiles y mayas, judíos
y árabes, españoles y latino y norteamericanos. Poco entendemos de los relatos
de navidad si no nos hacen pensar qué somos en verdad. Sabemos de lo bueno y de
lo malo de que somos capaces. Conocemos nuestras posibilidades y nuestras
limitaciones. Pero se nos puede escapar lo más hondo, y navidad lo vuelve a
poner en su sitio: en un ser humano se ha hecho presente Dios, el misterio de
Dios.

"En Jesús ha aparecido la benignidad de Dios",
dice la carta a Tito. Leonardo Boff, hablando de Jesús de Nazaret, escribió:
"así de humano sólo puede ser Dios". Y Monseñor Romero, pocos días
antes de su entrega, cuando ya no sabía qué decir para mover a la solidaridad
con el pueblo sufriente, dijo simplemente: "que no se olvide que somos hombres".
Habló de la sublimidad, la "divinidad" digamos hoy, de lo humano.

Allí  donde hay un
gran amor, allí está Dios. Allí donde nace un gran amor, allí empieza Dios a
caminar en la historia con nosotros. Estos días, el 2 de diciembre, nos lo han
vuelto a recordar cinco mujeres de Estados Unidos, religiosas y mártires, que
hace treinta años entregaron su vida por este pueblo. Nos lo recuerda el Padre
Dean Brackley en un cuaderno que ha titulado "Cinco testigas solidarias:
Dorothy, Jean, Carla, Ita y Maura".          

Cada quien sabrá  qué
piensa -o no piensa- del misterio del ser humano, de ser hombre y ser mujer
sobre esta tierra. Navidad nos invita a pensarnos desde el misterio de Dios. Y
esta audacia está posibilitada por una audacia mayor: Dios tiene que ser
pensado desde lo humano, porque, antes, decidió "empequeñecerse" y
mostrarse en un ser humano como nosotros, Jesús de Nazaret. La transcendencia
se hizo transdescendencia para poder llegar a ser condescendencia. Y digamos
también que Dios no hace milagros. Ha tenido el humor de dejar su futuro en
nuestras manos. Ese sí es milagro.

Terminamos como empezamos con la fe de don Pedro
Casaldáliga: 

"Todo puede ser mentira, menos la verdad de que Dios es Amor
y de que toda la Humanidad es una sola familia"

Hermanas y hermanos de El Carmen. Éste es el mensaje de
navidad. Estemos alegres.  

Jon Sobrino
24 de diciembre, 2010
Iglesia de El Carmen, Santa Tecla

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