El Pecado de Omisión de los Legisladores Chilenos: La legislación sobre plaguicidas
por Olga Larrazabal S. (Chile)
15 años atrás 7 min lectura
Tengo una querida amiga, con la cual compartimos alegrías y
penas que tiene un hijo que vive en la zona rural de Rancagua. Esta familia
vive en una pequeña parcela muy alegre y
tienen dos niños, uno de los cuales nació con un brazo, el derecho, que le
llega solo hasta el codo.
La ecografía mostró desde temprano esta malformación
genética llenando de zozobra a toda la familia que temía otro tipo de fallas, y
no se podían explicar la causa del problema.
Por ahí he visto al chico correr y jugar, y en las tardes se
saca su bracito ortopédico para descansar causando cierta inquietud entre los
que no están acostumbrados a verlo, ya que para el ser humano es difícil
acostumbrarse a los que vienen en formato diferente. Él todavía no entiende de esta diferencia,
todavía no va al colegio, no se ha enamorado ni lo han rechazado para un
trabajo. Todavía es un niño
psicológicamente sano. Pero
evidentemente le espera un futuro con ciertas limitaciones. Y podría haber sido bastante más complicado
si la falta de un trozo de cuerpo hubiera estado localizada por ejemplo, en el
encéfalo, en el tubo neural o en la cara.
En nuestras largas conversaciones con mi amiga, recordé que
había leído hace algún tiempo un artículo que decía que Rancagua tenía el
triste record de ser el lugar con la mayor cantidad de nacidos con
malformaciones genéticas de Chile. Llegando
a casa busqué el artículo y lo encontré pero no solo encontré este artículo,
sino una cantidad de artículos de diferentes países denunciando la correlación
existente entre el uso intensivo de plaguicidas y el aumento de malformaciones y de ciertas enfermedades (1)
El tema me preocupó ya que yo viví casi 10 años en los
campos de esa zona, en medio de viñedos y tomatales. Hoy empecé a hacer memoria de mi
inconsciencia respecto a las fumigaciones, cuando un avioncito pasaba rasante
por sobre nuestra casa tirando venenos a troche y moche. Porque la vida de la agroindustria está llena
de peligros de plagas, arañitas, pudriciones, hongos, heladas que pueden
arruinar el trabajo de un año entero.
Ante esas vicisitudes, los agricultores contraatacan con lo
que tienen a mano. Y lo que tienen a
mano es lo que venden en los centros de distribución de implementos para esta
industria, es decir, todo lo que la legislación permite echar para no perder la
cosecha. La única limitación es que te
digan que tu comprador, que puede ser una viña vinificadora, o una exportadora
de frutas, te diga taxativamente que no puedes usar ciertos productos porque si
los compradores extranjeros detectan residuos, toda la exportación se va al
traste.
Pero a veces se acaban los productos más inocuos, y los
huaso "lechan pa’lante" con lo que haya a mano.
El fantasma de perderlo todo es más potente y dicen: Bueno, si total es
una pasadita, no se va a notar.
Hay que dejar en claro que TODOS los desinfectantes tienen
su margen de peligrosidad, incluyendo todos los que usamos en la casa para
desinfectar baños y matar bichos.
Bueno, siguiendo con el campo, los cabros sacan agua del
canal, diluyen los químicos con mayor o menor protección, porque son bastante
porfiados y no leen la letra chica del envase, no se ponen los guantes ni las
máscaras si no se les insiste, y se largan a fumigar por los campos, donde
viven todos: Los patrones, los
empleados, los veraneantes , los patos
que nadan en el canal y las gallinas, los tordos y los zorzales, y
también las golondrinas visitantes.
Y así, en forma democrática, todos somos fumigados. Y como los implementos, seguro que los lavan
en el canal, compartimos los residuos con todos los vecinos que están más abajo
y que poseen a veces, huertos orgánicos.
Y todos regamos con la misma agua y esta agua va a parar a
la misma napa subterránea de dónde sacan el agua potable. Para todos. Y todos
comemos la misma comida. ¿Ven?
Democracia pura
Siempre me llamó la atención la cantidad de alergias que
existía entre estos niños campesinos que vivían en los alrededores y también en
Santiago, y la cantidad de antibióticos que les recetaban desde la más tierna
infancia para cualquier cosa. Era un
sistema de guerra contra las plagas cada vez más furibundo y encarnizado, que
uno no sabe en qué puede terminar.
En el intertanto empiezan a aparecer las denuncias de los
intoxicados en los campos chilenos, denuncias que van aumentando año a año, y
la información proveniente del Legislativo muestra que nuestros representantes,
que deberían estar más enterados que yo del
desarrollo del tema a nivel internacional, y sumamente preocupados,
tienen una pachorra y una flojera para informarse y legislar que no corresponde
al enorme sueldo que les estamos pagando.
Si por mí fuera, los habría echado a todos sin indemnización y con prohibición de asumir
cargos públicos, por peligrosos.
¿No se dan cuenta que al haber disponibilidad de elementos
venenosos los campesinos los van a usar si tienen apuro? Si existen elementos de reemplazo que tienen
menos peligrosidad, ¿a quién le interesa dejar en el mercado los más
peligrosos? Yo diría que a los
fabricantes y distribuidores de químicos, que ven que se les está extinguiendo
una línea de negocios que deja buenos márgenes de utilidad y no quieren soltar
la presa. Y los fabricantes, que son
corporaciones transnacionales, reparten aceite como malos de la cabeza. Lobby le llaman ahora.
Me parece que no es posible que en vista de las evidencias,
un senador de la República
opere en un letargo autocomplaciente que da vergüenza; que el mundo científico
avance, investigue, reclame protección contra estos venenos, y ellos como quien oye llover. ¿Acaso no se han dado cuenta de la cantidad
de cánceres y Parkinson que han aparecido últimamente? O quizás ya están medios gagás y por eso no
se mueven, no se informan y postergan el
trabajo cuando hay que investigar. Me parece que el "peso de la noche" que
hablaba Portales se le podría aplicar a estos pseudo pelucones, arribistas a
morir que calientan asientos en el Senado.
Argentina y Uruguay
están exigiendo cambios en el manejo del agro porque se están dando cuenta de
los dramas del uso indiscriminado de agrotóxicos. ¿Y Chile?
Bien, gracias.
Antes, para justificar la no toma de decisiones, un grupo de
Senadores determinó que este tema ya estaba legislado desde 1981 y que el SAG
era responsable. Imagínense, desde 1981
hasta nuestros días se han abierto mundos nuevos en materia de investigación
científica, se han desarmado imperios, se ha industrializado el agro abriéndose
a todas las posibilidades del mercado y estos sátrapas flojos quieren que todo
siga igual. Y que el SAG fiscalice todos los descalabros.
Nuestro nuevo presidente, que lo compramos por dinámico y
eficiente, debería dar prioridad a un proyecto que da cuenta del avance
científico y que está relacionado con la protección de los 16 millones de
chilenos. No de los ricos o de los
pobres o de los pueblos originarios, sino que de todos nosotros y de nuestra
descendencia.
Las trazas de estos plaguicidas en nuestros vinos o frutas
de exportación pueden jugarnos en contra en el mercado internacional. Porque aunque los que producen estos
venenitos sean europeos o americanos, ellos evitan consumir productos con
residuos químicos detectables.
Una cosa es vender los productos y otra es comérselos. Además ya se han hecho estudios sobre las
trazas de pesticidas en hortalizas y los resultados son fatales. Y todos nosotros los estamos consumiendo.
Y si se siguen
amontonando las pruebas de la letalidad de los plaguicidas, el no legislar los
convierte en cómplices de enfermedades y muerte y no sería raro que en el
futuro temas tan escandalosos como este
queden penando y les cueste a los involucrados el rechazo a nivel de las urnas,
que creo que les importa bastante más que irse al infierno por pecados de
omisión.
Diciembre, 2010
Nota:
1.
Prematuros.cl
Revista Médica de chile
v.128 n.4 Santiago abr. 2000
Rev. méd. Chile vol.133 no.8 Santiago Aug. 2005
Archivos de Pediatría del Uruguay
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