Este mes de septiembre en el año del bicentenario, bien merece revisar
aquello que marcó, desde la década de los setenta, nuestra vida
republicana hasta el presente. No se trata de una rigurosa mirada
retrospectiva de carácter histórico, sino más bien de una reflexión que
quiere rescatar una experiencia en todo cuanto ella tiene de actual.
Para ello, es imprescindible dejar de lado cierto localismo, acaso
provincianismo, con que se piensan estos acontecimientos.
Como bien sabemos los chilenos, todavía hoy existe una polvareda de
prejuicios auto justificatorios y de desinformación interesada tendente a
desprestigiar todo lo relativo al gobierno que precedió al golpe
militar de 1973. Más allá, entonces, de la mitología construida como una
retahíla de lugares comunes, convertida hoy en “historia oficial” para
las masas, es necesario volver a examinar aquella experiencia llamada
Gobierno Popular, encabezada por Salvador Allende, tratando de
comprender aquello que excede lo contingente de aquella época.
Lo acontecido en Chile entre 1970- 1973 fue, en primer lugar, una
experiencia radical de democracia que al igual que otras experiencias
históricas comparables culmina un proceso e inaugura otro. Se trata de
un momento original y originario, inédito, que por lo mismo, reclama
hasta el presente un examen detenido como uno de los posibles de la
historia de la humanidad. Pocas veces los pueblos alcanzan cimas en su
historia, sea por la radicalidad del reclamo, por la estatura de los
anhelos, por la profundidad del cuestionamiento. La “vía chilena al
socialismo”, es, a nuestro entender, una de aquellas cumbres.
Si bien el gobierno del doctor Allende se inscribió en las coordenadas
internacionales de su momento histórico, marcado a fuego por la llamada
Guerra Fría, no se puede negar que el proceso que lleva a esta nueva
constelación de sentido obedece al desarrollo de una cultura popular en
el seno de la sociedad chilena durante la primera mitad del siglo XX. En
pocas palabras, la experiencia radical de democracia, a la que
aludimos, es una experiencia social y política chilena ligada a la
madurez alcanzada por el movimiento popular. Esto significa que en la
sociedad chilena se halla entre sus posibles una experiencia de este
tipo, así como su violenta negación. Más que apelar a las “lecciones de
la historia”, lo importante es advertir aquello de fundamental que se
hizo manifiesto en un momento dado de nuestra historia, pues ello nos
mostrará, justamente, lo inacabado, lo inconcluso, lo pendiente. Ello
hace posible que la política haga inteligible la historia, convocando lo
esencial de un Otrora para convertirlo en un Ahora.
Cada once de septiembre nos trae a la memoria, a todos los chilenos,
aquella clausura de una experiencia. Para algunos pocos reafirme y
justifica, todavía, la violencia de la negación. Para otros, en cambio,
muestra que es posible y legítimo aspirar a una forma de gobierno
radicalmente democrático de nuevo cuño, en suma es concebible un Chile
otro en que cualquier figura de privilegio económico, social o político
resulte abusiva, inaceptable, en suma, prescindible; y por tanto, es
posible y necesario para los chilenos trascender los límites actuales de
esta pseudo democracia concebida como instrumento de dominación
– El autor es investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS
-Agradecemos el envío de este artículo a piensaChile al periodista Jordi Berenguer
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