Todo ha ido derrumbándose alrededor nuestro en estos años
(instituciones, convicciones, la república tal como la conocimos), pero
el último derrumbe nos trajo una sorpresa inesperada, impensada…
La tierra habló el 27 de febrero. Ahora es el hombre el que habla desde
el fondo de la tierra. Y habla desde el desierto, el desierto que
empezaba a crecer en nuestra propia alma. La mirada de esos mineros a la
cámara-sonda y la luz de sus linternas tienen el efecto de un
relámpago. Un relámpago en la noche. Porque hemos estado sumergidos en
una noche sin darnos cuenta. La noche de un país que ha renegado de su
luz propia para copiar y encandilarse con la luz de los reflectores, las
cámaras, la farándula, el evento, el reality , etcétera.
Ante estos 33 hombres sumergidos en la tierra, todo reality , todo
"evento" palidece y se desintegra ante un "acontecimiento". La realidad
-con su consistencia de piedra y mineral- desaloja el simulacro.
Es la verdad, la verdad de nuestra radical precariedad y abismo la que
ahora brilla, y brilla sumergida, como un mineral de alta ley, puro,
tenaz y deslumbrante.
La luz de estos mineros nos ciega como la luz de la caverna del filósofo
griego. Como si no pudiéramos verla de frente, tanta es su potencia
enceguecedora. Ahora estamos ciegos. Ciegos por la luz de 33 pequeñas
linternas. Y debemos seguir ciegos todo lo que sea necesario, para
volver a ver.
¿Y qué vamos a ver? Nuestra desnuda esencia, nuestra verdad más honda,
nuestra belleza, nuestra esperanza tanto tiempo sepultada por la
mentira.
Estos 33 chilenos son los héroes de una hazaña épica interior. Porque
ésa es la batalla que hay que librar ahora: hacia adentro. Y hay que
"resistir". Resistir en el sentido radical que una vez señaló el poeta
Rilke. Resistir a los cantos de sirena de superficie, resistir a todo lo
que nos aleje de nuestro propio centro, y nos extravíe. Porque de tanto
alejarnos de nuestro centro, habíamos perdido contacto con la torre de
control. Pero alguien nos ha llamado desde la pura piedra. No un e-mail,
no un mensaje de texto: 33 caracteres escritos con la propia sangre.
Los mineros no están en un Infierno: somos nosotros los que estamos en
él. El Infierno del sinsentido, de la falta de verdad y autenticidad.
Ellos son nuestros Orfeos. Orfeo sacó a su amada Eurídice del Hades, el
país subterráneo de la muerte. Ellos, con sus mensajes y sus lámparas,
van a sacar a Chile de su extravío. Ellos son nuestros rescatistas.
Hasta ahora teníamos un Bicentenario de cartón piedra, de fachada.
Ahora, en esta espera, nos preparamos para nacer de nuevo. Es una espera
de un largo parto. Es la tierra que va a dar a luz a 33 hombres. Pero
en realidad somos nosotros los que vamos a nacer, porque estábamos
dormidos y muertos. No bastó un terremoto para despertar. Necesitábamos
un Gran Mito para agruparnos alrededor de él: y ésta no es una "noticia"
más, sino un Mito nacido del inconsciente del pueblo chileno. Como si
la república quisiera nacer de nuevo, como si estos 33 mineros fueran
sus hijos pródigos a punto de regresar. Y mientras no regresen, Chile no
existe todavía.
Habrá entonces que dejar hablar de Bicentenario: habrá que hablar del
nacimiento de una patria nueva, una patria en gestación que se está
incubando al interior de nuestras propias entrañas y alma. Una patria
que gestaremos entre todos en estos cuatro meses de rescate, de rescate
de nuestra propia esencia perdida.
Una patria más pobre pero más rica, cuyos diamantes son los ojos de los
más pobres. Una patria que quiere florecer (como desierto florido) con
dolores de parto. Una patria de lámparas de minero y miradas limpias.
Martes 24 de Agosto de 2010
*Fuente: Cristián Warnke
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