Desde hace muchas décadas, todos los mandatarios chilenos han sido
blanco de los humoristas. Todos, invariablemente, han sido objeto de
apelativos, chistes y bromas de diverso calibre. Bastará recordar
algunos célebres titulares del diario Clarín en relación a don Jorge
Alessandri, muchas caricaturas de Topaze y, mucho más recientemente,
algunos programas televisivos en que se caricaturizó a los presidentes
Ricardo Lagos, Eduardo Frei Ruiz Tagle y a la señora Michele Bachelet.
En pocas palabras: Ocupar el sillón de La Moneda, supone exponerse no
sólo a la crítica de los adversarios políticos sino, además, a
convertirse en objeto privilegiado de humoradas y chistes.
Ni siquiera la figura adusta, terrorífica para muchos, de Augusto
Pinochet escapó a este destino. En los primeros años de la década de los
ochenta, junto a las protestas de la población llegaron los “chistes de
Pinochet” y otros miembros de la junta militar. En un clima represivo y
autoritario, el chiste se convirtió en una eficaz arma política. En una
atmósfera democrática, la humorada y el chiste constituyen parte del
juego y a nadie se le ocurriría rasgar vestiduras por ello. El humor,
contra lo que muchos piensan, no degrada la democracia sino que, al
contrario, la desacraliza, convirtiéndola en conducta cotidiana y
sentido común. Así, un periódico como “The Clinic” ha logrado sobrevivir
durante años, ocupando ese espacio indispensable en toda sociedad, el
chiste de grueso calibre que invita a la risa.
Pretender controlar la expresión humorística bajo cualquier forma, no
sólo es políticamente torpe y reprobable sino que evidencia una escasa
sensibilidad y, en el límite, una falta de inteligencia. Al humor se le
enfrenta, en primer lugar, con buen humor, pues nos está mostrando que
todo aquello que nos tomamos tan en serio, merece a lo menos una mirada
crítica capaz de relativizarlo. Por esto, más que castigar el buen humor
hay que celebrarlo, tener la capacidad de comprenderlo, sea como una
aguda crítica o un sonriente llamado de atención. La cuestión no es que
tal o cual humorista se haya mofado de la figura presidencial, la
cuestión primordial es tratar de entender por qué hace reír a las
muchedumbres. Una buena pregunta nos conduce al problema, una mala
pregunta instala un problema en la mente del que quiere comprender.
En una democracia, por formal que ésta sea, el primer mandatario es una
figura privilegiada como objeto del humor. Esto es así porque en su
calidad de primera figura pública, se trata de una imagen sobre expuesta
en los medios, centro de atención de todo un país. Cada gesto, cada
palabra captado por los medios puede dar origen a una humorada. Esto es
exactamente lo que ha hecho Stefan Kramer a propósito del frío saludo
Bielsa – Piñera. La cuestión comunicacional que se plantea no es si
acaso debe existir el humor en los medios sino aprender a leer en tales
representaciones el estado de ánimo de la población. El humor escenifica
aquello que no se puede decir por los canales protocolares: El humor
conecta la realidad con cierto sentido común, los extramuros del
espíritu cívico y eso es sano y necesario. Responder al humor con mal
humor es un mal chiste.
– Artículo enviado a piensaChile por el periodista Jordi Berenguer
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