Desde un primer momento, la televisión chilena ha convertido el terremoto en un gran espectáculo. Durante un mes, las cámaras de los equipos periodísticos han escudriñado todos los rincones del centro sur del país en busca de la nota sorprendente, la imagen dramática, el vívido testimonio. A las ediciones especiales del primer momento, siguió el reportaje en los noticieros centrales. Los “enviados especiales”, con sus rostros sucios y sudorosos nos muestran con crudeza las consecuencias devastadoras del cataclismo Todo parece haber pasado a un segundo o tercer plano, lo único importante ha sido el sismo… y el rating.
Los medios de comunicación han construido un verosímil melodramático frente a la catástrofe que oculta los problemas sociales que han quedado al descubierto. Se nos ofrece un relato de buenos y malos en que coexisten gestos sublimes de solidaridad con vándalos que amenazan a la población. Allí los uniformados y el flamante gobierno irrumpen como los garantes del orden, la tranquilidad y la propiedad. Ya habrá tiempo para que los estudiantes de periodismo desmenucen al detalle esta narración fabricada por los medios, verdadera ideología del terremoto, como el más fiel reflejo de la realidad.
La misma televisión ha escenificado la nueva moral que nos envuelve a todos. Imágenes patéticas de las víctimas se yuxtaponen a una jugosa donación de algún empresario. La tele- caridad se evalúa en millones de dólares y en un desfile interminable de lágrimas y sentimientos encontrados. Esta es la manera cómo una sociedad de consumidores, sociedad individualista por definición, reacciona ante calamidades de esta magnitud: La tragedia de muchos se convierte en un triste espectáculo ante el cual sólo cabe la filantropía, la caridad, expurgando toda demanda ciudadana seria de justicia social. Finalmente, todos podemos estar con la conciencia muy tranquila, todos somos, de alguna manera, buenas personas. La magia de la televisión no sólo escenifica el bien sino que desculpabiliza a los ciudadanos.
Como bien sabemos, en los medios de comunicación todo es tan seductor como efímero, de manera que, casi sin darnos cuenta de ello, lo que fuera la noticia del día, de la semana o del mes, comienza a declinar, y como en aquella hermosa canción de Joan Manuel Serrat:
“Y con la resaca a cuestas
vuelve el pobre a su pobreza,
vuelve el rico a su riqueza
y el Señor Cura a sus misas.
Se despertó el bien y el mal,
la zorra pobre al portal,
la zorra rica al rosal
y el avaro a las divisas”
Las generosas declaraciones de un primer momento van cediendo ante el cálculo político mezquino. Si ayer se trataba de reconstruir un país más moderno y mejor, hoy la cuestión es evitar el alza de impuestos a las empresas. De algún modo, la realidad de un Chile desigual, escindido trágicamente entre ricos y pobres, vuelve a resonar en aquellos versos:
“Se acabó,
el sol nos dice que llegó el final.
Por una noche se olvidó
que cada uno es cada cual”
– enviado a piensaChile por el periodista Jordi Berenguer
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