Articulos recientes

Al navegar en nuestro sitio, aceptas el uso de cookies para fines estadísticos.

Noticias

Análisis

Acrecimiento 

Compartir:

Aprender a vivir con suficiencia
Los límites del crecimiento
Los límites termodinámicos
El aumento imparable de la huella ecológica
La energía como herramienta de educación a favor del acrecimiento
Reforma o revolución para una sociedad durable
La subversión del acrecimiento
Simplicidad y acrecimiento, un nuevo estilo de vida
Los límites humanos para ser más frugales
Captar el arte de la naturaleza
Hacerse las propias cosas
El mal de los juguetes tecnológicos
Cara o cruz o el arte de elegir
La pirámide de Maslow y los deseos inacabables
Bibliografía e Internet

El crecimiento económico ha llegado a su  límite: lo hemos probado y ya sabemos que no nos hace felices, sino que aumenta la miseria  mental, la contaminación ambiental y la destrucción de los vínculos comunitarios.
Más bien, como decía Gandhi, es necesario «vivir sencillamente para que los otros sencillamente puedan vivir». No es suficiente con asumir esta realidad; es necesario que nos esforcemos para dar la vuelta el imaginario colectivo actual.
Ha llegado la hora de decir: ¡Basta!

Aprender a vivir con suficiencia
Si después de una buena comida –y cuando todavía quedan alimentos en la cocina– nos preguntamos si estamos satisfechos, la respuesta no siempre será sencilla. Habría que pensar que si estamos satisfechos es que ya tenemos suficiente. Pero la realidad es que, como decía Epicuro, «nada es suficiente para el hombre, a quien aquello que es suficiente le parece poco», y que Séneca sentenciaba con aquello de: «No es pobre quien tiene poco, sino quien desea más». Y es que, al final, no vivimos tanto para ser felices o gozar del placer como para desear compulsivamente. Porque en nuestra cultura nos estimulan, con publicidad y con el bombardeo mediático, a transformar la felicidad en un éxtasis permanente. Queda lejos la coronación de la satisfacción después de un esfuerzo notable y cuando, una vez en la cima y después de gozar de la panorámica, hay que rehacer el camino, hacia abajo y con más facilidad, pero no por eso dejando de caminar.

El sentido de la suficiencia requiere anular la obsesión por el status social que el consumo estimula. Porque el mejor status no es el de tener más de todo, sino el de valorar los fines por encima de los medios y preferir lo que es bueno antes que lo que es útil.

Hay evidencias claras que en la sociedad humana los cambios no aparecen solos, sino que son el resultado de un deseo colectivo creciente. Cuando las personas piensan que las cosas pueden mejorar se produce un flujo energético que nos invade de optimismo y ponemos mas atención para encarar una nueva realidad. El mundo insaciable es un insulto a los que nos precedieron, pero sobre todo es un menosprecio hacia el presente y una amenaza para el futuro que todos anhelamos. Y es que del pasado tenemos mucha información que nos puede ayudar a pensar, para que el presente sea un poco mejor y el futuro simplemente posible y puede ser que no grandioso, como siempre queremos imaginar.

Porque, al fin y al cabo, el futuro no es un sueño, sino una esperanza para los que vienen detrás nuestro o, mejor, para aquellos que nosotros siempre pondríamos delante nuestro porque los queremos.

Por primera vez estamos delante de una sociedad, la consumista, en la que el futuro de lo que más queremos no forma parte de este imaginario colectivo. El consumo está pensado para satisfacer simplemente nuestras necesidades presentes, aunque amenacen nuestro entorno más cercano. A pesar del aire contaminado de las ciudades, continuamos atascándonos cada mañana con el coche para llevar a los niños a la escuela; el aire envenenado que respiramos nosotros, todos, perjudica más a nuestros pequeños, y es una prueba de ello el incremento exponencial de casos de asma infantil, alergias, etc.

En el libro ¡Basta!, el autor recoge un poema sánscrito muy revelador: Cuida este día de hoy porque es la vida, la absoluta vida de la vida. Porque el pasado ya es un sueño y el futuro es solo una visión, pero el presente bien vivido hace de cada pasado un sueño de felicidad y de cada futuro una visión de esperanza.

Es evidente que no pararemos el crecimiento simplemente a base de recibir consejos ecologistas. Necesitamos un cambio fundamental en nuestra manera de pensar, a pesar de estar atrapados en el deseo consumista. La gran verdad incómoda no es el cambio climático, sino que no queremos reconocer que hay límites para nuestro comportamiento como civilización.
Hay límites para nuestra capacidad de consumir alimentos, bienes y hasta información. Hay límites para nuestra capacidad de ser felices, porque esta felicidad no es un surtidor de placer infinito, sino saber que formamos parte de un colectivo que nos ama. La conexión con el prójimo, que surge al cantar juntos o al asumir retos colectivos, nos otorga un éxtasis neuronal que ha sido demostrado por diversos científicos. Por tanto, estimular este mecanismo de espiritualidad o de interconexión vital con el planeta se convierte en una buena práctica para avanzar hacia la suficiencia.

No podemos pensar que somos ecologistas simplemente porque reciclamos y compramos alimentos ecológicos y aparatos eficientes, si después vamos de vacaciones a destinos exóticos para los que nos es necesario hacer miles de kilómetros volando (un avión genera por km y pasajero unas diez veces mas gases con efecto invernadero que un tren). Pero el autocontrol y la renuncia no son placenteros, si no tenemos conciencia de especie. Porque nuestro mundo rico nos desconecta a los unos de los otros y nos quita el tiempo para las relaciones humanas, llevándonos a vivir en un estado de competencia permanente. No viajamos a islas tropicales para tener un placer más intenso, sino para dejar claro en nuestro entorno que tenemos el poder de hacerlo, a pesar de que estos viajes relámpago ofrecen muchos riesgos y un montón de dolores de cabeza. En el otro extremo, encontramos unas vacaciones de convivencia con gente en un pequeño pueblo, ni tan siquiera alejado, porque lo que importa no es tanto el paisaje, sino el sentido de pertenencia al grupo. No hace muchos años, mucha gente veraneaba en pequeños pueblos siguiendo otro ritmo. Ignoramos la sabiduría del pasado porque el mundo actual exalta las diferencias en vez de acercarnos a lo que compartimos. Lo mismo pasa con el trabajo: hoy estamos atrapados por el valor del salario como supuesta garantía de felicidad y moneda para ser libres, pero no lo es. Mas y más trabajo nos puede hacer perder el tesoro más valioso que tenemos los humanos, es decir, el tiempo. La verdadera libertad consiste en dedicar nuestro tiempo a mejorar nuestro entorno social y ecológico. La suficiencia, sin embargo, no llegará por el hecho de contraponer la renuncia a favor del planeta, al placer de tener la casa más grande, el coche más potente y el móvil mas avanzado.

Necesitamos arriesgar para vivir el momento en vez de sacrificar nuestra vida presente por el consumo y la acumulación de objetos y no valores o, todavía peor, por ayudar a construir proyectos que matan el futuro. Como ya hemos apuntado, la suficiencia o la sostenibilidad no son opciones racionales, ya que la razón no nos permite comprender el sentido del límite. Por esto nos es necesario trabajar las emociones, los sentimientos, ya que autolimitarse, como práctica racional, en realidad no hace más que hacernos todavía más contradictorios. Y por esto, el sentimiento de colectividad es fundamental. Las experiencias en ecopueblos, en barrios que han apostado por resolver los problemas ambientales asumiendo los retos de la austeridad, la frugalidad o la simplicidad, son mucho más sencillas. La cuestión no es ir a vivir al campo para cambiar de vida, sino aprender a vivir con menos. No podemos obviar que la lógica global de nuestro entorno es siempre más fuerte que nuestro voluntarismo personal. Pero es evidente que la suma de muchos voluntarismos personales acaba contagiando nuestro entorno, sometiéndolo a una nueva lógica.

Nuestra medida de la economía productiva es la base del problema. Hemos dejado de dar valor a los bienes reales, para convertirlos en una acumulación de cosas. Solo tenemos que echar una ojeada a nuestra casa para darnos cuenta de este engorro materialista que nos rodea. Pero para cambiar hacia la suficiencia o la austeridad es necesario asumir un nuevo imaginario, en el que sea valioso tener tiempo para saber hacer cosas y compartirlas con otras personas. Esto es más importante que perder el tiempo trabajando para pagar unas vacaciones “de sueño”. Por otro lado, para conseguir sueños, como puede ser el de una sociedad frugal o en acrecimiento, es necesario que los explicitemos. Esta monografía recopila esencialmente ideas de otras personas que han soñado una sociedad diferente. Un sueño que, a pesar de producir la normal sensación de vértigo, nos ha de permitir rehumanizar la economía, liberar el poder político de las garras de la economía y asumir la importancia solidaria de vivir en un planeta finito en recursos, pero también la importancia de muchas de nuestras capacidades como humanos, incluida la de ser felices.

En este sueño, todos estamos llamados a participar si queremos conservar un presente digno. Asumir la simplicidad vital o un estilo de vida más austero no nos es posible si no se produce un cambio de modelo social. Pero solo multiplicando el número de individuos que sumen a favor de la austeridad se expandirá esta sensación colectiva de que podemos hacerlo. Y este deseo será la clave para que aquello que de entrada parecía imposible se vuelva una realidad. Los pequeños cambios son poderosos. Es evidente que son necesarias medidas estructurales impulsadas por los gobiernos, pero mientras estos gobiernos sean esclavos del poder económico no hay nada más que hacer que debilitar este imaginario colectivo actual basado en el crecimiento económico como religión compartida. Sabemos que no fue fácil separar el poder político del religioso –hoy, por cierto, se vuelve a poner en discusión esta separación–, pero una cosa es la esfera personal y otra la colectiva. La libertad de conciencia está hoy bajo un espejismo, porque es difícil que se exprese en una sociedad consumista como la nuestra que está, además, en estado de shock permanente. Salir de este gulag exige que nos sacrifiquemos, que nos desnudemos de todo aquello que no sea necesario y que recuperemos el tiempo para pensar, para cantar juntos, para leer poesía y para jugar con nuestros hijos. Este aparente «sacrificio» se convierte en un placer cuando nos damos cuenta de que tenemos más salud y mejores relaciones humanas, y de que, en el fondo, estamos siendo más sinceros con nosotros mismos. Nuestra percepción de la libertad tiene que ver con aquello que conocemos y que sentimos; una vez conocemos la realidad escondida detrás del paradigma de consumo actual y sentimos que tenemos que hacer un cambio personal, no podemos actuar de otra manera, y quien continua haciéndolo sabe, en su corazón, que está equivocado. En este proceso de convertirnos en el cambio que queremos ver en el mundo, también tiene un papel la espiritualidad: tanto la de quien practica unos valores de respeto hacia su entorno y hacia los demás en el día a día, como la de quien considera que la Tierra es sagrada y el Universo un espacio dinámico donde rebota nuestra propia esencia humana.

Quién pondrá el cascabel al gato o quién será el primero no es tanto la cuestión, como el hecho de que el gato deja de ser feroz para convertirse en dócil si dejamos de lado los conceptos convencionales y asumimos que la necesaria revolución dentro del sistema es la suma de pequeños gestos hechos con amor, por la convicción de un presente y un futuro mejores. La propuesta del acrecimiento es uno de los escenarios imaginables, pero posiblemente no es el único. Otros pueden ser el acercamiento a conocimientos ancestrales –como los que se conservan en ciertos grupos indígenas– o la espiritualidad
“científica” que proponen algunos autores que se han implicado en el estudio de la física cuántica ( como se expresa en el film What the bleep do we know [“¿Y tú qué sabes?”]: Karma Films, 2006). Sea como sea, el cambio nace en el interior de cada uno. Entre todos solo podemos atizarlo para que reviva y nos permita abrir nuevos espacios para practicar la “abnegación enriquecedora” de la que han hablado algunos autores. Necesitamos un sentido de espiritualidad altruista, para aprender a contener los estímulos del cerebro inferior que nos impulsan a querer mas y más y para hacer aflorar un interés más amplio en el hecho de que vivimos en un planeta único, que sin nuestra responsabilidad está abocado a ser devorado por nuestra propia codicia. Y si nuestra mente no cambia su forma de pensar, no hay ninguna esperanza para un cambio de paradigma que permita asumir a nuestra civilización actual que formamos parte de un planeta finito, como también lo es nuestra existencia personal, que no colectiva. Pero para que un futuro sensato sea posible, es necesario un presente austero. Por esto, si amamos a nuestros hijos, ha llegado la hora de decir: ¡Basta!

Ya hemos comentado la importancia de cambiar de paradigma y abandonar el actual esclavismo económico no solo por la vía racional, porque esta vía está basada en una lógica consumista. A pesar de ello, puede ser necesario ser consciente de por qué necesitamos emprender este camino hacia la libertad de una vida suficiente o frugal.

Los límites del crecimiento
El año 1972, a instancias de un organismo más bien conservador como es el Club de Roma, se hizo un informe basado en un modelo de computación por parte de un equipo del Massachussets Institute of Technolofy (MIT), dirigido por los esposos Meadows y titulado Los límites del crecimiento (The limits to growth). En aquel informe se analizaban diferentes escenarios aplicando un modelo informático de simulación conocido como Worl3, que presentaba doce posibles escenarios de desarrollo en el mundo entre los años 1900 y 2100. El modelo Worl3 mostraba cómo el crecimiento de la población interactuaba con la disponibilidad de los recursos naturales y cómo éstos terminaban siendo un elemento limitador. El informe recibió muchas críticas, sobre todo con el argumento de que los modelos matemáticos no se ajustaban a la realidad. En 1992 se hizo una revisión que titularon Mas allá de los límites (Beyond the limits), donde se constataba que ya habíamos traspasado algunos límites y se confirmaba el modelo de 1972 en su peor escenario. Pero, treinta años después, vuelven a escribir un nuevo informe (Limits to growth: The 30-Year Update), en el que las variables analizadas no hacen sino mostrar que vamos hacia el colapso. Por ejemplo, en el año 1998, el 45% de la humanidad vivía con ingresos de dos dólares al día o menos, mientras que el 15% de los ricos (entre ellos nosotros) consumíamos el 85% de las riquezas del planeta, y este abismo continúa agrandándose. También podemos ver cómo la población no para de crecer. En 1972 había 4.000 millones de personas en el planeta y treinta años después ya superábamos los 6.000 millones. En todo este tiempo, la presión sobre los recursos naturales no ha parado y en estos momentos hay signos de agotamiento en el suministro de muchas materias primas como el cobre, el aluminio o el hierro. Por otro lado, la contaminación de ríos, mares, suelos y aire no ha parado de incrementarse y ya no digamos la concentración de gases de efecto invernadero.
Los escenarios que aporta el modelo Worl3, revisado treinta años después, no puede ser más demoledor. Si continuamos al ritmo actual, en el año 2040 se comenzaran a notar síntomas de colapso. Los autores de este informe proponen tres opciones para hacer la transición hacia un mundo sostenible: una es esconder, negar o confundir las señales. En general, esta actitud toma la forma de esfuerzos para traspasar los costes a aquellos que se encuentran lejos, en espacio y tiempo. Otro es aligerar las presiones de los límites, aplicando soluciones técnicas o económicas. Estas aproximaciones, sin embargo, no eliminan los motivos de la presión sobre los límites.
La tercera opción es modificar las causas subyacentes, reconocer que el sistema socioeconómico ha sobrepasado sus límites y se encamina hacia el colapso, y entonces intentar cambiar la estructura del sistema.

En todo caso, el valor de su trabajo es precisamente haber elaborado un modelo matemático de comportamiento de la interacción entre el crecimiento demográfico y un planeta con recursos limitados, que se ajusta con mucha precisión a lo que está sucediendo.

Los límites termodinámicos
La segunda Ley de la Termodinámica de Sadi Carnot (1796-1832) formula que más entropía significa más desorden. Pero, dado que los seres vivos mantienen un elevado orden interno, es evidente que han de intercambiar energía y materia con el exterior para conservar el orden. Para un tiempo corto (24 horas para un animal superior), se puede considerar que el organismo se encuentra en un estado estacionario. Así que, para sobrevivir, la mayor parte de los seres vivos consumen energía y generan contaminación o residuos, porque la vida no tiene manera de escaparse de la Segunda Ley. Así pues, por el hecho de vivir, un organismo genera entropía constantemente y provoca un flujo de entropía hacia fuera a través de sus límites.

Esta ley se aplicó a la teoría económica por primera vez por Sergei Podolinsky (1850–1891), aristócrata ucraniano exiliado en Francia que intentó, sin éxito, sensibilizar a Marx en la crítica ecológica. Podolinsky escribió una obra sobre economía energética, donde buscaba conciliar el socialismo con la ecología. Pero no fue hasta la década de 1970 que Nicholas Georgescu-Roegen (1906–1994) –de origen rumano, pero que desarrolló su carrera en los USA– alertó sobre el hecho que la economía no puede desligarse de la entropía, es decir, de la no reversibilidad de las transformaciones de la energía y la materia. Y es que al final del siglo XIX, los economistas clásicos destruyeron la idea de que la economía está desligada de la biosfera y, por tanto, de que no tiene límites. De aquí viene que Georgescu-Roegen señalase la imposibilidad de un crecimiento infinito en un mundo con límites, porque la biosfera tiene sus propias reglas que no podemos cambiar.

Este autor denuncia que el pensamiento económico occidental (ya sea el capitalismo o el comunismo) tiene una concepción mecanicista que no incluye los factores naturales y, si bien es posible conservar la energía en cantidad, esta energía se degrada en calidad, lo que provoca el fenómeno de la entropía o desorden progresivo.

Georgescu-Roegen emplea la metáfora de crítica al sistema económico actual con el argumento de que es como estudiar el aparato circulatorio de un animal sin considerar el aparato digestivo. En esta visión errónea, como pasa en nuestra economía actual, podríamos ver que el aparato circulatorio es un sistema en perpetuo movimiento que podemos estimular a voluntad. Pero la realidad es que es el sistema digestivo, con la aportación de alimentos desde fuera, el que permite el buen funcionamiento del aparato circulatorio, y éste está limitado a la disponibilidad de alimentos y a los propios ciclos de la naturaleza. Así que nuestra economía depende de recursos naturales de baja entropía y escasos (hidrocarburos, tierras fértiles, agua potable, etc.); la contaminación y el agotamiento son consecuencias esperables que no deberían de externalizarse como hacemos actualmente, porque entonces aumentamos la entropía del entorno y, por tanto, dificultamos la propia supervivencia. Evidentemente, con nuevas tecnologías se pueden producir adaptaciones más armoniosas entre la sociedad humana y la naturaleza que retrasen la creación de alta entropía. Y de hecho, si estos ciclos se adaptasen a la misma recuperación entrópica de la naturaleza por la energía que recibe del Sol, viviríamos en una sociedad sensata. Hasta ahora, las nuevas tecnologías van encaminadas a más producción, a más externalización de la contaminación y a reducir, en definitiva, la calidad de la vida. Georgescu-Roegen, con su bioeconomía, advirtió hace más de treinta años la necesidad de introducir los flujos de los recursos naturales en nuestra actividad económica.
Tal como lo vemos hoy, se puede dar la paradoja que, como afirmaba el economista John Kenneth Galbraith (1008–2006), «cuando el último hombre se encuentre en un atasco de tráfico y respire el aire envenenado que le rodea, podrá estar contento de saber que el Producto Interior Bruto se ha incrementado una unidad».

El aumento imparable de la huella ecológica
La huella ecológica es un índice (vean la Prespectiva Ambiental, 34) desarrollada por Mathis Wackernagel y William Rees durante la década de 1990, que nos permite contabilizar los recursos que necesitamos, en superficie de territorio consumida. La huella ecológica es una superficie que se expresa habitualmente en hectáreas y que corresponde al territorio consumido para mantener una población, región país o persona.

El espacio disponible sobre el planeta Tierra es limitado: 51.000 millones de hectáreas, pero el espacio bioproductivo es de 11.500 millones de hectáreas. Así que la huella ecológica media por persona con la actual población sería de 1,8 hectáreas por persona. Si tenemos en cuenta que la huella media de un europeo es de 4,5 ha y la de un norteamericano de 9,6 ha, se ve claramente que algunos nos llevamos una parte del planeta que, en igualdad, no nos correspondería. Pero también es necesario saber que una huella ecológica de 1,8 hectáreas (suponiendo una población estable) significa vivir con un estilo que requiere de un nivel de austeridad importante (equivale al estilo de vida de un chino que vive en el medio rural ). Entre los años 1960 y 1995, el consumo mundial de minerales se multiplicó por 2,5; el de metales por 2,1; el de madera por 2,3 y el de productos sintéticos – como el plástico– por 5,6. Este crecimiento superó el incremento de la población del mundo y se produjo en el momento en que la economía mundial experimentaba un cambio, con la inclusión de más sectores de servicios, como las telecomunicaciones y las finanzas, que no necesitaban tantos materiales como la fabricación, el transporte y otras industrias que en otra época habían sido dominantes. Entre el año 1900 y el 2000, la producción económica se incrementó 18 veces y llegó a los 66.000 millones de dólares en el año 2006.

Recordemos que solo los EEUU, con un 5% de la población mundial, consumen un 25% de los recursos de combustibles fósiles de mundo y tienen una renta mediana de 80 dólares/día. Por el contrario, 2.500 millones de personas (un 40% de la población mundial ) viven con 2 dólares/día o menos. Y, mientras tanto, prácticamente todos los ecosistemas del mundo se están reduciendo para ceder el espacio a los seres humanos y sus hábitats, explotaciones agrícolas, centros comerciales y fábricas, y los residuos se acumulan. El Índice Planeta Vivo (Living Planet Index) muestra un descenso del 35% en la salud ecológica del planeta desde 1970 hasta ahora, mientras que el PIB se ha multiplicado por tres respecto a aquel año. Según este mismo índice, nuestra sociedad superó la capacidad de carga del planeta en 1978.

Con esta realidad, no es necesario decir que el planeta no es suficiente para nosotros: mantener el estándar de vida del Norte requiere de tres a seis planetas que no tenemos. Esto quiere decir que los estamos tomando prestado de las generaciones futuras. En otras palabras, estamos condenando a la miseria a los que vendrán detrás nuestro, ya antes de nacer. Si continuamos con un índice de crecimiento del 2%, teniendo en cuenta el previsible crecimiento poblacional, hacia el año 2050 necesitaríamos más de treinta planetas más. Con el actual índice de crecimiento de China, del 10% anual, en un siglo se multiplicaría por 736. Es evidente, pues, que la desmesura actual muestra como nunca que el crecimiento ilimitado en un planeta finito está abocado al colapso, como ya ha pasado en otros momentos de la Historia (vean el libro de Jared Diamond, Colapso, Editorial Debate 2006). ¿Cómo podemos imaginar que un PIB que en el año 1950 era de 6.000 millones de dólares y que en 2000 era ya de 43.000 millones pueda continuar creciendo? Estamos delante del precipicio, o de la llamada paradoja del nenúfar planteada por Albert Jacquard (1925–) en 1998, en la que ilustraba que, en una progresión geométrica de 2, nos puede llevar varios años que una población de nenúfares colonice la mitad de un estanque. Pero una vez que lo ha hecho, necesitará tan solo un año para colonizarlo todo y ahogar toda la vida de la balsa.

La industria se plantea ahorrar en recursos y las estrategias de ecoeficiencia van en ese sentido. Ahorrar hasta un 30 o un 40 % de las materias primas y productos intermedios es posible. Pero también queda claro que el ahorro en la fabricación se traduce en un aumento en la producción. Esta es la paradoja de Jevons, descrita por el economista
William Stanley Jevons (1835–1882), que notó que, gracias a los avances tecnológicos, las calderas de vapor cada vez consumían menos carbón, pero el consumo global aumentaba. La paradoja es, pues, que la mayor eficacia para una tecnología más avanzada incrementa su consumo. Un avión nos permite ir de Barcelona a París en noventa minutos y, por tanto, hay más vuelos, como también, al haber más autopistas, hay más tráfico o cuando hay más facilidad de acceso a la información –como supuestamente habría que pensar, con Internet–, el consumo de papel impreso se incrementa. El optimismo tecnocientífico augura un futuro brillante, en el que se producirán paneles solares a un coste irrisorio o podremos viajar a Marte. Pero hemos de recordar que en la década de 1950, cuando se pusieron en marcha las centrales nucleares de energía, se aseguró que la energía sería tan barata que no haría falta pagarla. Nada más lejos de la realidad, y esto dejando de lado los riesgos radioactivos que hemos asumido y traspasado a centenares de generaciones de seres humanos.

Podemos imaginar lo que queramos, pero de momento, las 11.500 hectáreas bioproductivas no se pueden multiplicar. Podemos, asimismo, planificar para reducir la población del planeta y así hacer una transición que nos deje tiempo para adaptarnos a una huella ecológica razonable, para llevar un estilo de vida más cómodo de forma igualitaria. Pero todos sabemos que el tema poblacional es un tabú, a pesar de la evidencia de la relación entre la explosión demográfica del anterior siglo y la problemática ambiental actual.
De hecho, el día que perdamos el acceso al petróleo fácil, el declive poblacional será inevitable, hasta conseguir una población compatible con las capacidades de carga del planeta, probablemente una población mundial de unos mil millones de personas, como antes de la industrialización (1860). Las decisiones sobre la población no son sencillas y no están exentas de retos culturales.

A principios del siglo XX, en Cataluña se promovió la primera «huelga de vientres» entre las mujeres que no aceptaban que sus hijos se convirtiesen en carne de cañón para las guerras de África o en esclavos de las fábricas. Delante de la actual situación de amenaza real planetaria, la conciencia ambiental más aguda podría llevar a toda una generación, de manera voluntaria, a renunciar a la procreación o limitarla a un hijo, como compromiso para un futuro posible. Pero es evidente que cualquier cambio de este estilo exige un cambio de paradigma social no solo en términos de política demográfica, sino también de políticas socioeconómicas. La construcción de una sociedad de acrecimiento exigirá una notable dosis de ingenio, pero también de renuncia y de esfuerzo. Es impensable que el modelo de uso de la energía que utilizamos
en nuestro estilo de vida se pueda perpetuar y menos con países emergentes como China e India, con crecimientos desmesurados y que, en todo caso, no hacen sino imitar lo que nosotros hemos hecho antes.

Alan Durning, en 1992, en su obra How much is enough? (¿Con cuánto hay suficiente?) apuntaba una difícil opción: que la obstinada búsqueda del consumo no solo minaría la calidad de vida de aquellos que están dentro de la sociedad de consumo, sino que disminuiría la capacidad de satisfacción de los que se sitúan fuera de la clase consumidora.
El año 2006, un estudio más bien conservador bajo la dirección de Nicholas Stern, encargado por el del Reino Unido, puso de manifiesto que el coste de frenar el cambio climático mediante la reducción de gases de efecto invernadero supondría cada año, aproximadamente, el 1,1% del PIB mundial, pero también advertía que la producción económica global podría reducirse en cifras que oscilan entre el 5% y el 20%.

Algunos sectores se han planteado desmaterializar su actividad económica, es decir, plantear no tanto el consumo de productos como el de servicios que éstos ofrecen y, lógicamente, reducir los residuos y reincorporarlos al ciclo productivo. Un diseño de la cuna a la cuna (cradle to cradle), como plantea William McDonough, puede contribuir a ajustar la escala económica. También los impuestos sobre la contaminación medioambiental pueden contribuir a reducir las emisiones contaminantes. Pero para estabilizar las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera por debajo de las 450 ppm (que se considera el límite para que el cambio climático no sea reversible) haría falta reducir el 90% de las emisiones antes del 2050. Es decir, que el esfuerzo económico que esto supone exige un cambio de paradigma respecto a la visión del sistema actual.

Como expresó el escritor canadiense Ronald Wright (1948–), «si la civilización tiene que sobrevivir, tiene que vivir de los intereses y no del capital de la naturaleza». Los intereses son el flujo de bienes y servicios procedente de los stocs de capital natural. Estos stocs incluyen áreas vírgenes, suelo de calidad y diversidad genética y de los diferentes sumideros atmosféricos, terrestres y acuáticos heredados de la anterior generación. El capital natural proporciona bienes como comida, medicinas, fertilizantes orgánicos y materias primas para incontables procesos de fabricación; ofrece servicios como el control de inundaciones, el reciclaje de residuos, la formación de suelos y la polinización de las flores, y también mantiene los gases atmosféricos en equilibrio, todo de manera gratuita. Cuando de pierde o se degrada el capital natural, el flujo de bienes y servicios se pone en peligro o se pierde totalmente, de la misma manera que la aniquilación de stocks de capital humano destruye la capacidad de una comunidad de ofrecer alojamiento, comunicaciones, suministro de agua o de energía. Por tanto, no agotar los stocks de capital natural y los flujos de servicios del ecosistema es un requisito para conseguir la sostenibilidad. La huella ecológica nos ofrece una forma valiosa de contabilidad ecológica, para utilizarla como termómetro de las mejoras económicas que introducimos a favor del acrecimiento.
[Continuará]

Redacción: Lali Roca
Traducción: Pau Valverde Ferreiro

Fuente: Ecoterra Aquí puede ver la versión completa de este documento en formato pdf.

– Agradecemos a nuestro lector Felipe Valenz por sugerirnos este tema y estas fuentes.

Compartir:

Artículos Relacionados

Deja una respuesta

Los campos marcados son requeridos *

WordPress Theme built by Shufflehound. piensaChile © Copyright 2021. All rights reserved.