Acabó la fiesta. No tiene caso volver a discutir quién se hizo cargo de sus costos, aunque las opciones tecnológicas como facebook, twitter y los msm que autoconvocaron sorpresivamente a miles de jóvenes (y no tanto) por fuera de las estructuras organizativas durante la campaña frenteamplista, bien podrían haber ahorrado rispideces y sospechas, además de implicar a invitados anónimos en la propia celebración, socializando responsabilidades diversas. El antecedente de Obama, en un contexto completamente diferente, no debe despreciarse como técnica recaudadora para las izquierdas. Estos recursos son, además de medios de interacción social y cultural, una posible fuente de colecta monetaria mucho más descomprometida e ignota que el lobby de los sponsors corporativos, aunque constituyan productos comerciales de propósitos también lucrativos. Sobre todo si, desde ese zaguán festivo, se ganara efectivamente el purgatorio (al decir de Mujica) por asalto. No será el cielo soñado en décadas pasadas, aunque cualquier otro camino imaginable, conducía al infierno.
Me perdí la fiesta. Tuve que volverme a tomar exámenes finales en mi universidad y aunque se hubiera televisado en Argentina tampoco la hubiera visto porque no tengo televisión, ni nunca tuve. Esta autoprivación, sin embargo, no me exime de algunas necesarias mediatizaciones. Por un lado porque el mensaje televisivo está presente en las tramas discursivas y en las construcciones hegemónicas del sentido común por el que todo escritor es permeado y sobre el que intenta influir a la vez. La TV fluye imperceptible y “naturalmente” como la sangre por nuestras arterias, venas y capilares, como anticipaba McLuhan. Por otro, porque la desposesión del propio aparato y conexión no garantiza hermetismo, al menos para quien pasa mucho tiempo fuera de su casa y país, y en cualquier alojamiento posible florecen las cajas bobas con sus recurrentes y concentrados proveedores de señales y contenidos. Por último, porque la teleaudiencia no conlleva participación alguna, sino inversamente su negación fisgona, pasivizante y acrítica.
Si hubiera estado en Uruguay, mi única alternativa de participación en la fiesta hubiera sido presencial, o nada. Pero no sólo por propia elección sino por serias razones políticas (o más bien la ausencia de tales) del propio gobierno de izquierda. Y como no pretendo abusar de este espacio para exhibir mis deseos (frustrados en este caso), caprichos o costumbres sino para reflexionar en torno a estos hechos, la resultante sería ineluctablemente la siguiente: si hubiera estado en Uruguay y no hubiera podido acercarme a la plaza, la programación habría sido provista en términos prácticos y concretos por Direct TV, un distribuidor televisivo de algún otro planeta que no advirtió aún que este país existe productivamente y que tiene televisión de aire, pública y privada.
Pero no son las empresas capitalistas de la comunicación las que deben interrogarse sobre contenidos y políticas de distribución de los mensajes sino los gobiernos, particularmente los populares y progresistas. La ausencia de todo canal uruguayo (a excepción de VTV, incorporado más o menos recientemente, cuya programación es poco más que plurideportiva) no se explica sólo por las estrategias comerciales de la empresa sino por la ausencia de exigencias gubernamentales. No hablo de nada revolucionario ni mucho menos expropiador. Sólo me pregunto si es posible que la empresa no esté obligada a subir siquiera la señal de la televisión nacional del país cuyo éter (de naturaleza ontológica indubitablemente pública) explota y cuya porción de plusvalía extrae a cambio del “servicio”. ¿Es posible que no se le exija transmitir señales con contenidos producidos en el país en el que se hace de clientes (o rehenes en los casos específicamente rurales) y factura en consecuencia?
Sin embargo este no es siquiera un aspecto central de una posible política comunicacional de izquierda y de distribución de los mensajes. Nada sustantivo cambiaría con sólo subir las señales locales a Direct TV o a cualquier otro transportador, ya que la comunicación audiovisual hegemónica uruguaya sigue estando en manos de las mismas contadas familias de hace medio siglo, hoy un poco más tinellizadas. Seguramente también se haya podido ver algo de aquel acto a través de la CNN, o mejor aún desde Telesur. Pero es sólo un síntoma de que en este plano vital de la lucha contrahegemónica el gobierno de izquierda no ha hecho aún absolutamente nada. Ni siquiera algo tan elemental y tímido como exigir la distribución de algo de la producción nacional. La estructura audiovisual uruguaya es exactamente la misma que la del momento de apogeo neoliberal. Una antigualla amenazante.
La jornada del lunes tuvo previsiblemente dos aspectos: el de la racionalidad a través de la oratoria y el de la emotividad mediante la celebración. La distinción es metodológica y sus compartimientos no son estancos. Hay algo de lo emotivo en los discursos, tanto como una racionalidad propia en la festividad. Particularmente en la izquierda, que ha logrado la máxima gregarización de la política, o para decirlo del modo en que Constanza Moreira lo expuso aquí hace algún tiempo, que ha hecho de la celebración un instrumento político cardinal activado en las campañas electorales. La izquierda ha logrado asociarse y prácticamente monopolizar la movilización, los reflejos cívicos y la demostración colectiva. Se ha adueñado del espíritu festivo y ha conseguido potenciar sus fuerzas aún en la derrota. Por eso lamento no haber podido participar aunque finalmente algo de la emotividad celebratoria “pesqué” en los días sucesivos, mediante fragmentos de youtube por Internet. Y el resultado ha sido, aún a pesar de lo limitado y tardío del medio, como mínimo erizante por lo que llamaré racionalidad emotiva.
No sólo se celebraba allí la asunción del segundo gobierno de la izquierda uruguaya, sino particularmente el ascenso de un símbolo muy particular de la resistencia inquebrantable, de la perseverancia en los principios, de la resignación del beneficio personal. Considero que debe combatirse toda forma de expresión del personalismo, pero no puedo desconocer que la figura presidencial exaltada encarnó en la corporeidad acribillada, sumergida y aislada en el pozo, humillada por la violencia, la soberbia extrema y el desprecio por lo humano. No se trataba el lunes de colocar la banda en cualquier cuerpo sino en el de la representación de la resistencia ante la infamia y la criminalidad. La emoción celebraba la ratificación de la dignidad y los derechos humanos. Ésta es su racionalidad emotiva.
Nada podré decir de la posible sensibilidad oratoria por mi ausencia física y televidente, que también compensé parcialmente con la lectura de la prensa, consciente de que no es lo mismo la escritura que la escucha en la retórica. Tampoco abundaré en los aspectos brillantes y sustantivos de la letra discursiva con tramos descriptivos del diagnóstico social, de las tareas programáticas o de los objetivos de gobierno, que han sido además subrayados por muchos compañeros y colegas a lo largo de la semana. En particular rescato el énfasis en la integración latinoamericana como política exterior rectora, su reiterada disposición a la negociación permanente dentro del pluralismo y la unidad, su voluntad transformadora y el objetivo estratégico de eliminación de la indigencia, el combate a la pobreza y la masificación del conocimiento y la cultura, soslayando por el momento la alarma ante la ortodoxia macroeconómica.
Me detendré un momento, contrariamente, en señalar dos sorprendentes omisiones de aspectos justamente abordados en estas líneas. Por un lado, el que entiendo expresa elocuentemente la propia celebración desde el sustrato discursivo de la emotividad: los derechos humanos. Por otro, la transformación indispensable de la industria comunicacional.
La dolorosa derrota en el plebiscito por la anulación de la ley de caducidad, no puede eclipsar la temática ni menos aún debilitar las iniciativas posibles para el avance de la verdad y la justicia, aún desde los limitados confines del artículo cuarto. Tal como se ha hecho hasta aquí, aunque deseablemente con mayor eficacia y celeridad. No se trata de desconocer el veredicto popular inapelable ni de cuestionar la práctica plebiscitaria de democracia directa, sino de sacar conclusiones de esta dolorosa experiencia para pergeñar la revolución política (por oposición a revolución social, tal como le fue formulado por el director de este diario al presidente ecuatoriano en un reportaje al que espero poder dedicar alguna futura nota) que el Uruguay está en condiciones de ofrecer al mundo como experiencia piloto y prueba de dinamismo creativo de una izquierda unitaria.
Junto con la democratización de las comunicaciones, la recuperación de la verdad (aunque no pueda ya procesarse a todos los criminales) debe ser un pilar de los cambios por venir. Las causas de la victoria que el diputado Baráibar viene analizando deben matizarse considerando que ella alumbró conjuntamente con dos duras derrotas y que la estructura comunicacional fue un factor fundamental para ellas. El Frente Amplio y el propio Mujica no ganaron por los medios, sino a pesar de ellos.
Si algo no le falta a este Presidente es la fuerza para encarar la lucha y la perseverancia para no abandonarla. Se acabó la fiesta, vuelve el frente de batalla.
– El autor es Profesor Titular e investigador en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires
Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. cafassi@mail.fsoc.uba.ar
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