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MEO y partidarios: ojalá aprendieran la lección 

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A pesar de la alta votación obtenida, el controversial candidato presidencial Marco Enríquez-Ominami  no logró captar la anuencia mayoritaria de la ciudadanía que se opone al regreso de la derecha al poder. No logró convencer al país progresista  acerca de la supuesta seriedad de su postulación. No es nada de raro que así haya sido.

Hay una serie de parámetros, de premisas y condiciones sociales y políticas que son inherentes al nacimiento, a la estructura, a la representatividad, a los objetivos y al destino de una candidatura  presidencial,  los que no pueden ser bagatilizados ni omitidos, con mayor o menor voluntarismo. De acuerdo al resultado obtenido por el candidato Enríquez-Ominami, no queda la menor duda de  que las falencias de su candidatura en dicho sentido,  están en el núcleo de sus debilidades y de su fracasada proyección política.

Dijimos hace siete meses  atrás, que una candidatura presidencial  no se puede inventar al filo de la medianoche y en descampado, sin constituir una falta de respeto a la ciudadanía y a la primera magistratura de la Nación.  Dijimos que elaborar sueños de cambio y de progreso y pregonarlos, era legítimo y hasta necesario, pero  otra cosa muy distinta, es construirlos. Dijimos que pretender  un cambio generacional en los mandos de la Nación era una cuestión del todo deseable, pero que era falso y sin sentido, atribuir a un deseo, carácter de proyecto político.  Dijimos que proclamar  que “Chile cambió” era una afirmación que se contradecía totalmente con la plena vigencia de la Constitución Política de la dictadura, con la siempre creciente brecha en la desigualdad de la distribución de la riqueza, con la existencia del sistema electoral binominal, con la concentración del poder económico, político y mediático en manos de la derecha tradicional. Dijimos que tanto la ambigüedad ideológica como la pretensión de constituir una candidatura transversal en el espectro político chileno,  eran ambiciones  ilusorias e imposibles  frente a la existencia de la gran muralla ideológica y política, cerrada, poderosa y agresiva,  de la derecha nacional. Dijimos que la ausencia  de una fuerza ciudadana amplia y organizada, tras la candidatura “díscola”, eran características intrínsecas del oportunismo  y de la aventura políticas.

Todo eso y mucho más señalamos expresamente en artículos anteriores, en los que tratábamos de radiografiar la improvisada  candidatura “díscola”. No había ni sabiduría profunda ni genialidad alguna en nuestros juicios, los que otros también formularon.  Sólo eran expresión  de  un mínimo criterio político, de una racionalidad elemental y del ejercicio del más vulgar sentido común.  Sin embargo, la verdad y la fuerza contenida en ellos  fueron  quedando demostradas  a lo largo de la campaña del ”díscolo” candidato y han sido ahora ratificadas claramente en las urnas por la mayoría de centro-izquierda de la ciudadanía.  ¿Servirá esto de lección al fracasado candidato?  ¿Aprenderán  sus partidarios a razonar políticamente y a no dejarse conducir sólo por las emociones del descontento?

Mucho se habló al comienzo de la candidatura, exaltada interesadamente por los medios derechistas de comunicación, del ”fenómeno” Marco Enriquez Ominami,  pero nunca quedó claro, sin embargo, qué se quería decir con ello, si la calificación tenía una connotación positiva o negativa.  Pues lo único que ofrecía  entonces algún rasgo “fenomenal”, era la megalomanía que lo había inducido a autodesignarse candidato. Pero,  a lo largo de la campaña presidencial,  se ha hecho evidente  que sí ha existido  realmente un “fenómeno” alrededor de la candidatura presidencial  de Enríquez-Ominami,  pero éste fenómeno no es el candidato, sino el 20% de electores  que  decidió  votar por él. 

Estos  constituyen un verdadero fenómeno,  una clara anomalía  en la cultura cívica  y en el pensamiento político racional de  una buena parte de la ciudadanía.  Cuando un sector del electorado decide pasarse por el traste, todos los parámetros  y consideraciones que hemos señalado como inherentes a una candidatura presidencial  seria y de proyecciones,   para encandilarse en cambio  con una  candidatura  de pies de barro, significa que hay un elemento emocional poderoso  que lo está empujando en dirección contraria a sus propios intereses.

Y ello no podría calificarse de otra manera que como “anomalía” política o social.

Todos sabemos el enorme descontento creado, tanto por los desaciertos y omisiones de los gobiernos de la Concertación como por la destructiva oposición de la Coalición por el Cambio, en el ciudadano común.  La rabia y la desilusión han sido crecientes y el distanciamiento  estructural entre la llamada “clase política” y la ciudadanía, no hace más que acrecentarse.  Pero, ni la clase política ni la ciudadanía hacen tampoco nada por modificar tal situación. El único momento de relativa comunicación entre ambos interlocutores se produce sólo en periodo de elecciones. Por tanto, nada hay de extraño en que estos electores  desencantados  constituyan oídos ávidos par las “buenas nuevas”, vengan de donde vinieren.  Incluso están dispuestos a conceder credibilidad y votos a cualquier candidato aparecido de la nada,  sin programa de gobierno, sin partido o fuerza social que lo respalde, pero que afirme con énfasis  que con él “todo va a cambiar”.  He aquí, la renuncia voluntaria a razonar políticamente. Y he aquí, el resultado lógico.

Ahora, después del  fracaso de su postulación presidencial, la  que pretendía  teóricamente abarcar desde la derecha hasta la izquierda y ante la expectativa del país por lo que MEO recomendaría a sus seguidores para la segunda vuelta, éste no ha tenido otra alternativa que  decir a sus seguidores: ¡“Hagan lo que quieran!”. (¡Plop!)

No nos queda más que desear que sus electores se decidan a hacer ahora, lo que no quisieron hacer antes, o sea, pensar, en vez de reaccionar  sólo emocionalmente.  Hasta me voy a atrever a hacer una recomendación, a pesar de los insultos que pueda recibir, pero lo haré sin ninguna intención propagandística, porque ya no viene al caso:  lean sin prejuicios el programa de gobierno de Jorge Arrate, el candidato simbólico de la izquierda.  Creo que este  programa es mucho más que un programa de gobierno,  es un verdadero tratado de educación cívica, un compendio del sentido común, un manual del ciudadano sensato y solidario.  Y allí están  todos los cambios que Chile necesita ahora o en el  futuro.


Nota de la Redacción: A pedido de su autor agregamos el siguiente comentario, que nos ha hecho llegar, para una mejor comprensión de su artículo:

Como de costumbre, nunca faltan quienes tienen mayores o menores problemas de comprensión de lectura:

  1. No soy comunista, nunca lo he sido. Sin embargo, ser identificado como comunista tampoco es para mí un agravio. Los comunistas chilenos han demostrado siempre una estatura ética y moral mil veces superior y muy distante, por ejemplo, de la de aquellos que creen que la mejor manera de hacer política es eliminando físicamente o masacrando a los adversarios politicos. Esta no es una opinion subjetiva, es un hecho concreto y real de la historia política de Chile.
  2. He dicho en otra oportunidad que cualquiera fuere quien triunfara en esta elección presidencial ello no iba a significar ningún salto trascendental hacia adelante y que esta posibilidad solo podría surgir de una Asamblea Constituyente y una nueva Constitución Política. Y que ésta es la única y fundamental herramienta para producir cambios verdaderos en nuestro país. Las elecciones binominales solo perpetúan la marginación ciudadana y la injusticia social. Y no he dicho por ninguna parte que Frei pueda ser una excepción. Si alguien vota por él, será cosa suya, no mía.
  3. Le guste o no le guste, lo quiera o no lo quiera, ese 20% de electores de MEO, va a tener que aprender definitivamente,  que  no se debe  aceptar candidaturas improvisadas que carecen de sustento social, que no tienen una línea ideológica clara y que carecen de un programa de gobierno sólido, coherente y representativo del pensamiento de la ciudadanía. Independientemente de las buenas intenciones que puedan tener quienes la promueven y quienes se adhieren a ella. Un pseudo proyecto politico que tiene como factor aglutinante sólo  los legítimos sentimientos de frustración, descontento y rebeldía de los ciudadanos con la política imperante, es una débil plataforma para el triunfo. Y lo que es aún peor, someten finalmente a sus partidarios a una frustración aún más grande y al quiebre de muchos sueños, sobre todo en los jóvenes que se inician en la vida política. Es fácil de constatar que estos proyectos ya han fracasado en muchas partes del mundo.  Esta es la lección.
  4. En ninguna parte del artículo he “acusado de irracionales a los chilenos”, lo que es un juicio exclusivo del Sr. Rigo. Sólo he constatado la motivación fundamentalmente emocional de dichos electores y su “renuncia voluntaria a razonar políticamente” en este asunto. Ser “irracional” es algo muy diferente, Sr. Rigo.
  5. Todo el mundo sabe que la candidatura de Jorge Arrate y el Juntos Podemos, no estaba destinada a alcanzar la presidencia de la República, sino a aglutinar a parte de la izquierda, en un intento por convertirla en un referente politico. La competencia para ellos tenía otro curso y otra meta. Lo lograron, sin perder nada. Por tanto, no tienen ninguna lección que aprender. 
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