«Unos pocos a luneta y el resto a la horqueta»
por Rafael Luís Gumucio Rivas (Chile)
17 años atrás 8 min lectura
Me encanta usar los dichos colombianos que me enseña mi esposa, pues los encuentro muy decidores: la luneta es la platea y el palco, y la horqueta, la galería, en el teatro Colón de Bogotá. Agrego algunas curiosas frases más, sólo para solazarme como “arriba los de corrosca y abajo los de sombrero”, o la moraleja de una de una de las fábulas de Rafael Pombo, “gobiernos dignos y timoratos, donde haya quesos no mandéis gatos”, o aquel humor negro de que” algunos nacen con estrella y otros estrellados”, todos estos pensamientos encierran una gran actualidad para el Chile de hoy.
En 1907, uno diría casi hoy, la oligarquía, que devino en plutocracia, con muy buena voluntad quiso rendirles un homenaje a los jóvenes estudiantes por su buen desempeño y solidaridad con ocasión del terremoto en Valparaíso, en 1906. Cualquier semejanza con la incorporación de talentosos jóvenes de “Un Techo para Chile” alas candidaturas del bipolio, no es más que una mera coincidencia que sólo seres muy mal intencionados pueden encontrar. En esos tiempos el teatro principal era El Municipal; los palcos se remataban a las mejores familias plutocráticas; en la platea se instalaron los ministros, que duraban apenas cuatro meses en su cargo, los senadores, los diputados y uno que otro corredor de la Bolsa. En esta historia de premiación, con muy mal criterio, los ilustres caballeros de Chile enviaron a los jóvenes a la horqueta, o si ustedes quieren, al “gallinero”. Fue tal la indignación de los homenajeados que comenzaron a gritar consignas contra los señores; en esos tiempos se respetaba mucho a las personas mayores, imagínense el escándalo que este hecho provocó. Ese mismo día nació la Federación de Estudiantes de Chile, la FECH, cuyo valor simbólico es tan importante que Salvador Allende eligió su sede para pronunciar el discurso del triunfo, el 4 de septiembre de 1970.
Comprendo que mucha gente tenga vagos recuerdos de la generación juvenil de los años 20, bástenos saber que de este preclaro grupo salió el mejor poeta y premio Nóbel, Pablo Neruda, el novelista Manuel Rojas – a mi modo de ver, nuestro mejor narrador-, además de José Santos González Vera, un tímido y genial ácrata.
En 1905, los dos mejores críticos sociales del período, Luís Emilio Recabarren y Alejandro Venegas habían sufragado por Pedro Montt creyendo que el hijo de don Manuel iba a reformar, radicalmente, el régimen plutocrático parlamentario, pero fueron defraudados, pues el gobierno de Pedro Montt terminó en una masacre, en la Escuela Santa María de Iquique, y en los peculados de su ministro del Interior, Rafael Sotomayor.
La ideología de los jóvenes de 1920 era amplia y plural: había anarquistas- su mayoría- otros socialistas, algunos positivistas, además de estar marcados por un pacifismo anti militarista y confesarse anticlericales y un tanto voltairianos; no faltaban los tolstoyanos, como Fernando Santiván y Augusto D`Halmar; podríamos decir que era una izquierda libertaria y plural.
El héroe juvenil fue el poeta Domingo Gómez Rojas, que se suicidó en el siquiátrico, al ser injustamente mandado a prisión por un juez venal y corrompido, José Astortiza. Mario Góngora, en su ensayo histórico sobre “La noción de estado en Chile, en los siglos XIX y XX” es quien más ha aportado al conocimiento de esta brillante generación. El capítulo de donde he sacado las siguientes citas, se llama “La rebeldía juvenil universitaria y la generación del año 20”. El periódico de la generación llevaba el nombre de “Claridad”, periódico semanal de sociología, arte y actualidades. En el No.5, según Góngora, la Federación planteaba “la socialización de las fuerzas productivas y, consecuentemente, el reparto equitativo del producto del trabajo común, y por el reconocimiento efectivo del derecho de cada persona a vivir plenamente su vida intelectual y moral.
En el No.9, del 11 de diciembre de 1920, los jóvenes golpeaban a los conformistas con proféticas palabras: “Sea Ud un cobarde. Así, redondamente. Y no crea que se lo decimos para atraerle a este un cartel. No, simplemente: Ud está leyendo esto, sea quien fuere. ¿Te has fijado cómo vive?, ¿Qué hace todos los días? Calla cuando le conviene. Se arrima siempre al más fuerte. Opina como todo el mundo. ¿Cuándo ha levantado su voz ante la infamia escandalosa que lo rodea?” Góngora, 1986:117). No voy a extenderme más en las citas, pues las he utilizado en otros artículos.
En el No.11, del 10 de enero de 1921, esta juventud la emprende contra el Parlamento: “Nos referimos a los gestores administrativos y a los agricultores analfabetos, a los arribistas de la “clase media” y a los viñateros inmorales, a los aristócratas ignorantes y a los no menos incultos representantes de las clases populares. Debidamente representados en el Parlamento de Chile está –sin duda alguna- el 50% ó 60% de analfabetos de nuestra población. Pero no ocurre lo mismo con los inmorales: tienen una representación superior a la que honradamente les corresponde”. (Góngora, 1986:120). Los jóvenes también criticaban a Arturo Alessandri: “El gobierno del amor con el baldón de San Gregorio”.
Es cierto que esta generación intelectual e inquieta fue minoritaria y, algunos de ellos, posteriormente, se convirtieron en burgueses, pero no siempre el número de adherentes tiene valor en la historia: estos jóvenes dejaron un legado de rebeldía, que puede ser revalorizado en nuestros días, pues a veces los valores simbólicos y los aportes en ideas suelen ser más asertivos que el solo hecho de una mayoría electoral.
“El balance patriótico”, de Vicente Huidobro, que cito en un artículo anterior, corresponde a agosto de 1925, cuando se había cumplido el derrumbe de la república plutocrática, a mi modo de ver, anunciado proféticamente por los críticos del Centenario. Vicente Huidobro fue candidato presidencial y contó con el apoyo de Marmaduke Grove, fundador del Partido Socialista; logró tan pocos que ni siquiera aparece en el recuento electoral de 1927. Es cierto que el “Balance patriótico es un poco ofensivo para los viejos, pero no se refiere a los viejos lindos y valiosas, que loa hubo por docenas en nuestra historia republicana, sino a la plutocracia que se negaba a soltar el poder – tal como ocurre hoy-. Este es el sentido de mi reseña del texto del gran poeta creacionista.
Personalmente no creo en las luchas entre generaciones: hay jóvenes muy avejentados y viejos muy jóvenes; tampoco creo en la vulgaridad que quien no es revolucionario cuando joven, no tiene corazón, y quien no es conservador cuando viejo, no tiene cabeza. Es cierto que, en el caso de nuestra historia, muchas de las generaciones revolucionarias han terminado siendo burguesas, pero siempre hay otros que actúan al revés: es el caso de mi abuelo y de mi padre, los dos Rafaeles, que pasaron, el primero de conservador a padre de La Falange Nacional y, el segundo, de falangista a cristiano por la liberación. Como dijo mi madre en su sepelio, “murió con su corazoncito en la izquierda”.
Lo que yo planteo, en el caso de mi abuelo y de mi padre, es que nosotros, los viejos, debemos dar el ejemplo de generosidad para acompañar a los jóvenes en una revolución no violenta, con el lápiz y la cédula electoral, que implante un nuevo régimen político y electoral, basado en una Constitución refrendada en un plebiscito, que contenga elementos de democracia directa y de un régimen representativo semipresidencial, que pueda liberar a la sociedad chilena del rapto perpetrado por el bipolio.
Hay muchos viejos valiosos, algunos de ellos fallecidos, que marcarán el camino de esta revolución no violenta. Pienso en Fernando Vives Solar, maestro de San Alberto Hurtado y de Clotario Blest; dos falangistas como Jaime Castillo Velasco y Bernardo Leigthon, socialistas como Clodomiro Almeida y Salvador Allende, y tantos otros. Pienso que citar a algunos es un tanto mezquino, pues es evidente que la república chilena, que murió el 11 de septiembre de 1973, aportó miles de políticos probos, que adornaron nuestro Parlamento.
Hay dos episodios, uno de mi abuelo y otro de mi padre, que podrían ser indicativos del acompañamiento y desprendimiento frente al poder que creo que nosotros, los viejos de ahora, podemos tener ante la revolución no violenta protagonizada, no sólo por la juventud, sino también por la sociedad civil. Mi abuelo, Rafael Luís Gumucio Vergara, en una de las tantas proclamaciones de la juventud conservadora, sufrió un ataque al corazón en medio de un encendido discurso, en el cual manifestó “que importa que este viejo corazón deje de latir cuando habrá miles de corazones jóvenes que continuarán latiendo; de mi padre recuerdo cuando enfrentó, en la Junta Nacional de Peñaflor, al presidente Eduardo Frei Montalva, de tú a tú, como correspondía a fundadores de la Falange, y fue sacada en andas por los jóvenes de la Democracia Cristiana.
Es posible que ambos movimientos, la DC y el Mapu, hayan terminado en el bipolio, sin embargo, lo que importa destacar es que la revolución no violenta que propongo, basada en la soberanía popular, tiene largos títulos de nobleza, que van desde la generación de los 20, a la fundación de la Falange Nacional, al triunfo de la Unidad Popular y al plebiscito de 1988. Recuerdo que Emmanuel Mounier escribió un libro “Rehacer el renacimiento”, lo que significaría, en nuestro caso, reencontrar tradición y revolución.
29/04/09
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