El Chino, Alberto Fujimori, posee una sonrisa irónica y despectiva que, durante el largo juicio al que fue sometido, logró sacar de sus casillas al fiscal; es que el Chino desprecia a las instituciones democráticas después de haber corrompido, hasta los tuétanos, a Perú. Al descubrirse los famosos videos de Montesinos, el Chino se refugió en Japón, renunciando por fax a la presidencia de la república; después, por su propia voluntad, se vino a Chile burlando la policía de Investigaciones y al gobierno que, después de una larga estadía en nuestro país, fue extraditado y juzgado en su patria.
Si algo caracteriza la psicología del Fujimori es el desprecio a la democracia y, sobretodo, a los políticos de su país: primero, al presidente Toledo y, posteriormente, al obeso ex Aprista, Alán García. Durante la lectura de la sentencia condenatoria siempre mantuvo la vista en el lápiz y el cuaderno escribiendo, con letra menuda, sus apreciaciones; sólo dijo una palabra pidiendo la nulidad del juicio pues, su entender, se consideraba perfectamente inocente.
Como todos los tiranos y ladrones que, por desgracia se han dado por docenas en nuestra malhadada América Latina, Fujimori pretexto, en el juicio, haber combatido a quienes él llamaba terroristas pidiéndoles a los jueces que “se pusieran en sus zapatos”. Esta falaces justificaciones la vemos repetirse en todas las latitudes y épocas: Francisco Franco fue el jefe de una cruzada contra los “rojos”; los generales de las Juntas argentinas, contra los Montoneros; Augusto Pinochet, contra los Allendistas; es la misma cantinela para justificar los crímenes contra la humanidad.
En América Latina estamos acostumbrados a que la justicia sea la ramera del poder; no nos extraña que la Corte Suprema de Chile, por ejemplo, haya negado el amparo a miles de ciudadanos que, posteriormente, fueron asesinados por la Junta y, que para mantenerse impunes, argumenten que no podían oponerse al poder establecido. Lo valioso de la condenación a Fujimori a veinticinco años de prisión por crímenes comprobados en La Cantuta y Barrios Altos es que por primera vez, en la historia de América Latina, los tribunales de justicia han dejado de ser las rameras del poder.
Cuando se logra la independencia del Poder Judicial, que a mi entender sus miembros deben emanar siempre de la soberanía popular y revocado su mandato por los electores – tal cual ocurre en algunos estados de Estados Unidos- los matones, los ladrones y los asesinos comienzan a tomar miedo, pues saben muy bien que, una vez que dejen el poder, ya no serán impunes –como Franco, Pinochet, Videla, Galtieri y Menem, entre otros; al fin y al cabo habrá jueces incorruptibles que les exijan rendir cuenta de sus crímenes, robos y genocidios.
Por desgracia, en contraste con el caso de Fujimori, en Perú, Chile queda como el reinado de la impunidad y, lo que es más triste, con la colaboración de presidentes y ministros de la Concertación, elegidos por el pueblo que clamaba a gritos la verdad y la justicia. Pinochet murió, para la vergüenza de Chile, en su cama, acompañado por sus familiares, al igual que el mentor político de la derecha de la derecha chilena, Francisco Franco. A aquellos que, estúpidamente, propagan “las cenizas del olvido” – parodiando el título de un libro famoso- siempre es necesario recordarles que el ex presidente Frei Ruiz-Tagle presionó a los diputados demócrata cristianos para votaran en contra de la acusación contra el tirano Pinochet que utilizaba el cargo de senador vitalicio; además, usó la razón de Estado para anular el juicio por los llamados “pinocheques”. Frei y su ministro Insulza libraron al tirano de la justicia española asegurando que en Chile sería juzgado, lo que constituye, además de una falacia, una burla a los afanes de justicia demandada por el pueblo.
Es cierto que la derecha que todos los adherentes a Piñera armaron un tremendo escándalo para salvar a su líder, pero esto no resta que un sector de la Concertación se constituyera, efectivamente, en un cómplice que, en los hechos, permitió la impunidad. Ningún argumento del mal menor podrá silenciar estas verdades.
Es cierto que la justicia es un bien tan importante que cuando esta se corrompe la democracia pierde el sentido – algo de esto decía el viejo Sócrates cuando condenaba la corrupción de los tribunales atenienses – pero cuando la justicia la probidad y deja de ser sirviente de los ricos y poderosos, puede convertirse en un arma muy eficaz para combatir la corrupción política. Así ocurrió en Italia cuando los jueces que investigaron la relación de los políticos demócrata cristianos con la mafia.
Es posible que la pena de veinticinco años sea acortada a la mitad, también que el presidente Garcia cada vez más débil, ceda a la tentación de llamar a los fujimoristas al poder, o que la hija de Fujimori gane la presidencia en el 2011, amnistiando a su padre, sin embargo, al menos, ya se habrá dado un importante paso para que los verdaderos ladrones y tiranos vayan a dar con sus huesos a la cárcel, lo que constituye un disuasivo muy poderoso.
09/04/09
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