En cualquier institución el cargo de vicepresidente es muy cómodo: sólo tiene que esperar que el Presidente muera, se enferme gravemente o se ausente para poder dirigirla; el vicepresidente es irresponsable políticamente mientras dure su mandato como tal. La institución de vicepresidente existe en los regímenes político-presidenciales y presidencialistas. En Argentina, por ejemplo, el vicepresidente es a la vez presidente del senado.
En el caso del vecino país, algunos vicepresidentes han superado, de lejos, su papel de compañero de lista y el rol decorativo que se les designa: el Checho Álvarez, al renunciar, dejó en la estacada al presidente Fernando de la Rúa que, al poco tiempo, fue derrocado, principalmente a causa del default – que actualmente parece una broma si se le compara con la crisis financiera norteamericana-. El actual vicepresidente Cobos dejó en mal pié a Cristina Fernández con su decisivo voto en la crisis del Agro.
En la Constitución de 1828, redactada por el pipiolo José Joaquín de Mora, la elección de vicepresidente se convirtió en la chispa que explotó en la guerra civil, que terminó con el triunfo pelucón y estanquero, en la batalla de Lircay. El vicepresidente José Tomas Ovalle se convirtió en el testaferro del tiránico ministro Diego Portales; el uno cubiletea (Portales) y el otro firma no más (Ovalle). A don Diego poco le importaban las leyes y la Constitución: dividía el país entre los buenos y los malos; los amigos del orden y los rebeldes (pelucones y pipiolos).
En el régimen presidencial norteamericano el candidato elegido debe nombrar a su compañero de fórmula que, generalmente, equilibra los puntos débiles del primero: El católico y liberal John Kennedy fue acompañado por el vaquero Lyndon B Johnson; Richard Nixon, por Gerald Ford. Ambos vicepresidentes debieron asumir el poder, el primero por asesinato y, el segundo, por la renuncia de Nixon, después del escándalo de Water Gate. Ambas vicepresidencias pasaron sin pena ni gloria.
Estos ejemplos demuestran que la institución de la vicepresidencia no puede ser considerada como un asunto baladí, pues en grandes crisis pueden determinar cambios históricos.
Las elecciones presidenciales y Representantes, en noviembre de 2008, se prevé que serán unas de las más dramáticas de la historia de ese país; incluso, con la aprobación del paquete de rescate, el 3 de octubre del año en curso, no cabe la menor duda de que, al menos, Estados Unidos, Japón y Europa vivirán una recesión o una depresión, cuya duración irá entre uno y dos años, si no más. Además, la guerra de Irak y los problemas en Afganistán no pueden menos que empeorar la situación. El nuevo presidente no tendrá, ni un solo día, de luna de miel, que caracteriza a todo nuevo gobierno.
Lo más posible es que gane Barak Obama, ya que cuenta con todos los elementos para serlo: un catastrófico gobierno de George W. Bush, el razonable odio de la ciudadanía contra los especuladores de Wall St. y el derrumbe del libre mercado del neoliberalismo, factores todos que favorecen el programa de Obama, que propone una mayor protección social e intervención del Estado. En el fondo, si analizamos bien el Tesoro, con sus billones de dólares, no sólo será prestamista de última instancia, sino también el único reactivador del mercado, cuya sangre crediticia ya no corre. Digan lo que digan, al final, el Estado tendrá que convertirse en propietario de las carteras infectadas de los Bancos y en prestamista de las grandes y pequeñas empresas afin de salvaguardar el sistema económico. Llámenlo como quieran, pero huele mucho a un capitalismo de Estado.
Barak Obama eligió como compañero de lista a Joe Biden, un senador experto en política internacional, con gran capacidad oratoria, pero que al parecer, a veces, se entusiasma con sus palabras y comete errores ante la Prensa. Mac Cain eligió a una desconocida gobernadora del estado de Alaska, (que ya no es el territorio de la Quimera del Oro, de Chaplin), que cuenta con importantes pozos petroleros; al parecer, a los republicanos les gusta mucho el oro negro.
Por primera vez, un foro entre candidatos a vicepresidente logra interesar a la opinión pública norteamericana, con más sintonía que el debate entre los candidatos a la Presidencia que, en tiempos normales, parecería ridículo. Los candidatos a vicepresidente deben ser un poco como Sancho Panza: defender a sus quijotes en la lucha contra los molinos de viento, pero puede ocurrir que, por distintos azares, estos modernos Sancho Panza tengan la oportunidad de gobernar una ínsula, mucho mayor que Alaska, o una comisión en el senado.
Los dos candidatos a vicepresidente estuvieron sometidos a largos entrenamientos para evitar que se equivocaran en público: una serie de letrados Sansones Carrasco fueron informando, sobre todo a la ignara gobernadora de Alaska, sobre las complicadas materias legales y económicas. Personalmente, pienso que la crisis actual es tan enredada que casi nadie puede entender. ¿Quién sabe el precio de los archivos infectados? ¿Quién lo puede determinar? Por ningún motivo el mercado, y sólo queda el Estado.
Si bien los entrenadores no superaron al entrenador de nuestra Selección, Marcelo Bielsa, al menos lograron que ninguno de los candidatos hiciera un autogol, que significaría la derrota de su Quijote. En un mach defensivo ganó el que estaba más preparado, el candidato a vicepresidente demócrata; sin embargo, con un lenguaje popular la señora Sarah Palin no salió, en absoluto, mal parada.
Los norteamericanos, como los chilenos seguidores de Eugenio Tironi, sólo se mueven en política por las encuestas y, en el país del Norte, hay prácticamente una ante cada acontecimiento, y se las cree como al dios mercado, que hoy está tan disgustado que repite números negros en cada rueda.
Concluido el foro de los vicepresidentes entraremos a la etapa decisiva de la elección presidencial, con un electorado cada día más exigente, respecto a soluciones precisas y reales para enfrentar la depresión, y con un cambio muy importante en las preocupaciones sociales, como el desalojo de los afectados por la crisis de la hipotecas, el seguro médico universal, la educación y la enorme brecha entre ricos y pobres, como también la desaparición de pequeñas y medianas empresas y, posiblemente, alguna que otra grande. Una tarea colosal como esta sólo la podría enfrentar si Barak Obama logra las alturas de Roosevelt. Es necesario pensar que el colapso del neoliberalismo, hoy evidente para cualquier persona de mediana cultura, no necesariamente lleva al socialismo, pues nos encontramos muy lejanos de los movimientos sociales, los únicos capaces de apresurar la muerte de un mundo viejo.
Es completamente falso achacar esta crisis a una desviación inmoral, pecaminosa y codiciosa del neoliberalismo: ella está en la esencia del sistema, por consiguiente, no es producto sólo de falta de regulaciones o del lucro ilimitado; si se elimina la codicia y el lucro, ya no hablamos más de neoliberalismo, sino de Estado benefactor.
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