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«Canto a las salitreras del norte» 

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Mitad silencio, mitad olvido,
en donde la muerte ha clavado su dentadura enmohecida
y los días infértiles arrojan el luto de sus espinas.
Aquí estoy, estatua despeñada,
he venido con mi corazón surcado de gaviotas
a golpear tus puertas frías,
buscando en cada una de tus habitaciones
algún gemido, alguna risa olvidada.
Dónde está la novia que miraba por esta ventana
la silueta de su amor?
Qué fue de aquel que besó y soñó
y abrazado a la negra noche se durmió
entre sábanas metálicas y almohadas fugitivas?
Qué insondable abismo se tragó el bullicio de los
niños a la hora de almuerzo?
(Que alguien, en este hondo silencio, me señale,
entonces, la filosa espada, la bala, la horca, el artefacto
letal con que se asesinó la magnitud de tu esplendor)
Ya no hay nada, sin embargo, ni nadie,
solo la acústica de mis pasos rebotando
en las paredes descascaradas, como péndulo
en una campana. 
Aquí estoy, caballo desplomado,
en tus calles, tendidas al sol
como vacío cadáver apuñalado,
mirando, atravesado de crepúsculos sombríos,
el sitio eriazo y mudo en que, una vez,
se levantó la casa que de niño habité.
Qué ajenas manos la desvistió
y se llevó hasta el último madero?
(Qué chacal o buitre furtivo
me despojó del ayer?)
Y quien puso en este lugar, precipicios,
más duros aún, que una lluvia de olvidos?
Ya no hay nada,
solo oscuras aves graznando en las chimeneas.
No hay nada, amor, nada de antaño.
Quien sabe quien lo devoró¡

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