A 40 años de su asesinato. La imagen inmortal del Che
por Víctor Montoya (Rebelión)
16 años atrás 5 min lectura
Recordado comandante:
El 8 de octubre de 1967, después de librar tu último combate en el
cañadón del Churo y caer a merced de tus enemigos, la pierna herida por
un tiro y la garganta desgarrada por el asma, tu diario de campaña y
otros documentos escritos con tu puño y letra, quedaron en poder de las
Fuerzas Armadas. Es decir, pasaron de tu mochila de cuero a una caja de
zapatos, que fue depositado como secreto de Estado en el Alto Mando
Militar Boliviano; tu reloj Rolex, que te quitó un soldado a poco de tu
captura, pasó a la muñeca del coronel Andrés Selich; tu fusil, ese fusil
que hubiera querido heredar para cargarlo al hombro como tú lo cargaste
a lo largo de la lucha, intentando encender la chispa de la revolución
latinoamericana, pasó a manos del coronel Centeno Anaya, quien lo tomó
sin sentir la misma emoción de felicidad que sintió el Inti cuando te
conoció en la Casa de Calamina, en Ñancahuazú, donde tú le estrechaste
la mano de compañero, mientras otro le entregaba su carabina M-2; tu
pipa, en la cual degustaste la última bocanada de humo, como quien está
dispuesto a esperar con serenidad la hora de la muerte, se la regalaste
al sargento Bernardino Huanca, quien se comportó amable contigo. Pero el
capitán Mario Terán se adelantó y gritó: ¡La quiero yo! ¡La quiero yo!
Entonces tú, mirándolo con infinito desprecio, encogiste el brazo y le
dijiste: No, a vos no.
En la Higuera permaneciste varias horas con vida. Te negaste a discutir
con tus captores y tuviste el coraje de escupirles a la cara. Mas los
mercenarios, dispuestos a cumplir las instrucciones de la CIA,
decidieron eliminarte en el acto, para luego inventar la versión de que
caíste en el combate del cañadón del Churo, y no que fuiste capturado
vivo y ejecutado entre las cuatro paredes de la escuela de La Higuera.
Tu asesino fue el mismo suboficial que quiso apoderarse de tu pipa,
quien, borracho y asaltado por el miedo, entró en el aula y ejecutó la
orden de eliminarte. Pero fue tan grande la impresión que le causaste,
que, requerido por la prensa, confesó: Ese fue el peor momento de mi
vida. Cuando llegué, el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo:
‘Usted ha venido a matarme’. Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin
responder. Entonces me preguntó: ‘¿Qué han dicho los otros’
(refiriéndose a los guerrilleros Willy y Chino). Le respondí que no
habían dicho nada, y él contestó: ‘¡Eran unos valientes!’. Yo no me
atreví a disparar, En ese momento vi al Che grande, muy grande, enorme.
Sus ojos brillaban intensamente. Sentía que se echaba encima y cuando me
miró fijamente, me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido el
Che podía quitarme el arma. ‘¡Póngase sereno –me dijo– y apunte bien!
¡Va a matar a un hombre!’. Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de
la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che, con las
piernas destrozadas, cayó al suelo, se contorsionó y empezó a regar
muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga que lo
alcanzó en un brazo, en el hombro y en el corazón. Ya estaba muerto.
Después te trasladaron amarrado al helicóptero, desde la escuela de La
Higuera hasta el hospital de Vallegrande. Te inyectaron formalina en las
venas y te presentaron ante las cámaras de la prensa sobre una mesa de
tablas, donde yacías como Cristo, el Nazareno, con el aspecto más de
vivo que de muerto; tenías el torso desnudo, los pantalones ajados, los
pies descalzos, la barba crecida hasta el pecho y la cabellera
precipitándose en cascadas. Aunque tu mirada estaba ausente, tus ojos
irradiaban una extraña inocencia, acentuada por tus labios
entreabiertos, casi sonrientes en el rictus de la muerte. Ese día,
quienes contemplaron tu hermoso rostro de combatiente, cuentan que,
incluso después de ser acribillado, tu cadáver rezumaba una aureola que
inspiraba admiración y respeto, quizá porque supiste someter tus ideales
a las pruebas del fuego, porque hacían lo que decías, porque vivías
como pensabas y pensabas como vivías.
En esta última fotografía, donde los curiosos se agolpan a tu alrededor,
la mirada fija y el aliento sostenido, parecen no salir de su asombro
al constatar que ese hombre tendido en la camilla es el guerrillero que
quiso crear dos, tres… muchos Vietnam en América Latina, mientras tus
captores, señalando las heridas de tu cuerpo, te exponen como un trofeo
de guerra, aunque no te mataron en combate sino de un modo cobarde.
Sin embargo, ésta no es tu fotografía más conocida, sino aquella otra de
1960, cuando el fotógrafo Alberto Korda, al recoger imágenes para la
prensa en La Habana, tras el incendio del barco francés que transportaba
un cargamento de armas y municiones para la defensa de la revolución,
fijó tu rostro en el visor de la cámara y, atraído por la fuerza y el
dramatismo de tu mirada tendida en la bahía, te tomó una fotografía que,
una vez revelada en la cámara oscura, dio la vuelta al mundo y se trocó
en un aluvión de afiches, banderas, camisetas, chapas, carteles, gorros
y estampas; más todavía, tu rostro se pintó en las paredes y se grabó
en la mente de quienes te mutilaron las manos y te desaparecieron,
intentando acallar tu voz, soterrar tus ideales y destruir tu imagen,
que, hoy como siempre, está presente entre nosotros, incitándonos a
repetir aquellas frases de la carta de despedida que les escribiste a
tus padres: Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante;
vuelvo al camino con la adarga al brazo… Muchos me dirán aventurero, y
lo soy; sólo que de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo
para demostrar sus verdades…
Así te recordamos, comandante, con la estrella en la boina y el porvenir en la mirada.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=57307
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