Parte de gratitud amorosa al periodista Hernán Barahona
por Andrés Figueroa Cornejo (Chile)
18 años atrás 3 min lectura
Que estamos fabricados de tiempo y agua, grano, incertidumbre, elección de sentido, determinación, época y relámpago.
Que Hernán Barahona, hombre y comunista, periodista y hombre y comunista, hombre, chileno y militante del pueblo, arriesgó desde temprano el pellejo y la salud para bien de los de abajo y maldición de los poderosos.
Que no sólo rescató las últimas palabras de Salvador Allende emitidas por Radio Magallanes en la madrugada del horror, a la hora del desastre anunciado. También resistió oculto en un entretecho, luego se atrincheró en la Checoslovaquia de los 70 del siglo pasado, y secretamente colaboró en la fundación radial clandestina del salvadoreño Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, antes del empate catastrófico, cuando allí la esperanza olía a pólvora popular.
Que Hernán era culpógeno, comía menos que un pájaro, que sus conversaciones no tenían fin, se alargaban por días, se trenzaban dialécticamente entre el sol y la luna y el sol.
Que dirigió con generosidad extraña la radio Nuevo Mundo, escribió en los panfletos del pueblo, acuñó su voz como un martillo limpio en el corazón de los pobres.
Que su Partido Comunista y su Allende y su Gladys Marín le coordinaban el relato, le atesoraban las ganas, le apuntalaban el empeño.
Que tuvo tantos dolores de muerte, tormentas y espuma sangrienta, pero siempre las mantuvo imperceptibles para los demás, ahogándolas apenas con el cigarrillo infame, compañía y desgracia.
Que Hernán pagó siempre las rondas y la última jamás existió, y así fue formador de luchadores, periodistas, hombres y mujeres para la comunicación de los de abajo y orientación de los desheredados.
Que fue tenaz, incesante, amigo impenitente y mano plena, y de este modo se abandonó y se extendió más allá de sí mismo, mil veces roto por apremios internos, mil veces desplomado y vuelto a construirse. Tanto partió de cero que el humor se le hizo fuerte y negro como el vino profundo.
Que aunque teníamos distancias políticas, críticas sin remedio, y silencios tácticos, nos encontramos en la unidad del pueblo y la izquierda. Y con esos abismos –que desde lejos son motas invisibles- me dejó decir a mí y a tantos libremente en la radio que dirigía, y que el editorial se fuera al carajo mientras campeara la inteligencia, la izquierda reunida, el enemigo bien puesto en la mira, es decir, el patrón, la burguesía y su imperio.
Que entre tantos ires y venires, ratos de noche y kilómetros de luz, tuvo la fortuna de tener a su lado una mujer y una hija y un hijo, justo en la esquina crucial de su enfermedad definitiva.
Que aprendí mucho más de periodismo y coherencia política cuando estuve abrigado por su sombra calurosa que en todas las salas muertas de la universidad, y ante la retórica grandilocuente y vacía de tanto titán invertido de la izquierda chilena y su precio conveniente en el reverso de las declaraciones.
Y que Hernán, entre las muchas advertencias y verdades profesionales que nos sopló durante tandas de pocos y pobres auspiciadores, una en especial afirmaba que en la radio hay que ser reiterativo porque la palabra dicha se esfuma con velocidad asombrosa. Nada más, entonces, ofrecerte las gracias, Hernán, y repetir contigo, venceremos, venceremos, venceremos.
Santiago de Chile, junio 15 de 2008
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