Finalmente también las iglesias se están movilizando para enfrentarse al calentamiento global. El secretario general de la ONU Ban Ki Moon visitó en marzo el Consejo Mundial de las Iglesias en Ginebra y dijo: «un problema global exige una respuesta global: necesitamos la ayuda de las Iglesias». Y ellas inmediatamente respondieron convocando a los millones de cristianos dispersos por todo el mundo con las palabras: «obrar rápido, obrar juntos porque no tenemos tiempo que perder». Bíblicamente, enfatizaron, Dios nos entregó la Tierra como herencia, para ser administrada, pues ese es el sentido hebraico de «dominad la Tierra», que no tiene que ver con lo que nosotros llamamos dominación. Asumen los dos imperativos propuestos por el Panel Intergubernamental del Cambo Climático (IPCC): la mitigación y la adaptación. La mitigación quiere identificar las causas productoras del calentamiento global, que es nuestro estilo dilapidador de producción y el consumo ilimitado e individualista. La adaptación considera los efectos perversos, especialmente en los países más vulnerables del sur del mundo que piden solidaridad, pues si no consiguen adaptarse, asistiremos, aterrados, al exterminio de muchas vidas humanas).
Las Iglesias asumen una función pedagógica: al evangelizar, deben proponer el ideal de una sobriedad voluntaria y de una austeridad jovial, y enseñar el respeto a todos los seres, pues todos salieron del corazón de Dios. Siendo dones del Creador, debemos compartirlos solidariamente con otros, empezando por los que más necesitan.
La Iglesia católica oficialmente aun no propuso nada significativo. Pero la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) en sus Campañas de la Fraternidad sobre el agua y sobre la Amazonia ayudó a despertar a la ecología. Los obispos canadienses publicaron recientemente una bella carta pastoral con el titulo: «la necesidad de una conversión». Atribuyen a la conversión un significado que transciende su sentido estrictamente religioso: implica «encontrar el sentido del limite, pues, un planeta limitado no puede responder a demandas ilimitadas». Necesitamos, dicen, liberarnos de la obsesión de consumir. «El egoísmo no es solamente inmoral, es suicida; esta vez no tenemos otra elección sino una nueva solidaridad y nuevas formas de compartir».
Hemos llegado a este punto –reconocen- porque hace siglos que ya no respetamos las leyes de la vida, olvidando la sabiduría antigua que enseñaba: «no dirigimos la naturaleza sino obedeciéndola». Es más fácil enviar personas a la luna y traerlas de regreso que hacer que los humanos respeten los ritmos de la naturaleza. Ahora estamos cogiendo los frutos envenenados de la desacralización de la vida provocada por el poder de la tecnociencia al servicio de la acumulación de unos pocos.
El judeocristianismo posee razones propias para fundamentar un comportamiento ecológicamente responsable y salvador. Esta religión parte de la creencia -semejante a la visión de la cosmología contemporánea- de que Dios transportó la creación del caos al cosmos, es decir, de un universo marcado por el desorden a uno en el que reina el orden y la belleza. Y dijo Dios: «esto es bueno». Colocó al ser humano en el jardín del Edén para que lo «cultivase y guardase». «Cultivar» es cuidar y favorecer el crecimiento, y «guardar» es proteger y asegurar la continuidad de los recursos; como diríamos hoy, garantizar un «desarrollo sostenible».
Importa rehacer la conexión rota con la naturaleza para que podamos de nuevo gozar de su belleza y de su «grandeur». Esta fe es el fundamento de esperanza de un futuro bueno para la creación, tan bien expresado en el libro de la Sabiduría: «Señor, tu amas a todos los seres y a todos los conservas porque te pertenecen, oh soberano amante de la vida» (11,24 y 26).
2008-06-06
* Fuente: Servicios Koinonia
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